Hay que agradecer a Michael Winterbottom, director de 24 Hour Party People (2002), que huyera de los clichés que hacen de las películas que retratan tribus musicales hagiografías insufribles. Porque aunque la película estrenada esté titulada por la canción del mismo nombre de Happy Mondays y se venda como la caótica historia de Factory, aquella discográfica británica que marcó la música de los años ochenta con grupos como New Order, el director convierte el filme en la biografía camuflada de uno de sus cuatro fundadores, Tony Wilson.
Hay que agradecer a Michael Winterbottom, director de 24 Hour Party People (2002), que huyera de los clichés que hacen de las películas que retratan tribus musicales hagiografías insufribles. Porque aunque la película estrenada esté titulada por la canción del mismo nombre de Happy Mondays y se venda como la caótica historia de Factory, aquella discográfica británica que marcó la música de los años ochenta con grupos como New Order, el director convierte el filme en la biografía camuflada de uno de sus cuatro fundadores, Tony Wilson. Seguir leyendo
Hay que agradecer a Michael Winterbottom, director de 24 Hour Party People (2002), que huyera de los clichés que hacen de las películas que retratan tribus musicales hagiografías insufribles. Porque aunque la película estrenada esté titulada por la canción del mismo nombre de Happy Mondays y se venda como la caótica historia de Factory, aquella discográfica británica que marcó la música de los años ochenta con grupos como New Order, el director convierte el filme en la biografía camuflada de uno de sus cuatro fundadores, Tony Wilson.
Un personaje que bien merece diez películas. El Wilson interpretado por Steve Coogan es presentado como un charlatán encantador, un esnob educado en Cambridge que se mueve cómodo entre el lumpen de Mánchester. Un adictivo embaucador y un pésimo hombre de negocios, pero, a pesar de todo, un tipo íntegro. Es tan admirable su voluntad de conseguir la inmortalidad como su inmenso ego. En un momento de la película, alguien le pregunta: “¿Y tú a qué te dedicas?”. A lo que él, presentador de programas de variedades en una televisión regional del norte de Inglaterra, contesta, asombrado: “Soy Tony Wilson”.
Tony Wilson, ese pedante y simpático pijo metido a hippy, entendió el punk después de ver a los Sex Pistols en su primer concierto en Mánchester, al que apenas acudió público. En la película eso da lugar a otra gran frase: “Fue histórico”, dice Wilson, con su habitual histrionismo. “¿Cómo pudo ser histórico si había 42 personas?”, le preguntan. Y él contesta sin vacilar: “¿Y eso qué importa? ¿Cuánta gente hubo en la Última Cena?”.

Hoy, una era en la que la relevancia de un artista se mide en campos de fútbol, dan ganas de tatuarse aquella frase en el pecho para recordarla cada mañana al salir de la ducha. Wilson, el Wilson de la película, tiene claro que lo importante no es el dinero, que él derrocha absurdamente, sino la trascendencia de las obras. Es curioso que la ominosa frase de José María Aznar –“el que pueda hacer, que haga”– pudiera haber sido en su momento un lema punk. ¿Quieres hacer música? Hazla. ¿Diseñar flyers? Diseña. ¿Producir canciones? Produce. ¿Montar un sello sin contratos guiándote solo por tu instinto? Adelante.
Lo realmente mágico de 24 Hour Party People es que demuestra cómo la fórmula que encontraron en Mánchester para ser eternos fue vivir día a día, como si no hubiera un mañana. Gracias a esa actitud nacieron Joy Division, New Order, The Durutti Column, Happy Mondays o el histórico club The Haçienda, una auténtica máquina de generar actuaciones míticas y perder dinero mientras tanto.
Quizás por eso este año se ha celebrado el 24 aniversario del filme como un pequeño gran suceso. El 6 de octubre abrió el festival Beyond The Music en Mánchester con una charla y sesión de preguntas al director, Michael Winterbottom, al actor Steve Coogan y al productor, Andrew Eaton. El 9 se estrenó en cientos de cines independientes de Reino Unido la versión restaurada en 4K, que ha salido a la venta días después en Blu-Ray.
Se trata de hacer justicia a una comedia ácida y brillante a la que The Guardian describió como “una película inmensamente divertida, con un montón de grandes frases listas para ser robadas”, cuando la incluyó entre los 50 mejores largometrajes del siglo XXI. Quizás sea un poco exagerado, aunque cuesta encontrar un filme con tan pocas pretensiones que haya sido tan unánimemente alabado. Como tituló The New York Times en su momento: La megalomanía como forma de arte.

Winterbottom convirtió a los otros tres fundadores de Factory en personajes menores. Una injusticia que sin embargo ayuda a no desviar el foco de la historia, que en ningún momento oculta que es parcial, subjetiva y, en algunos casos, falsa. Tony Wilson jamás escondió su pasión por las derrotas épicas ni la miseria moral de algunas de sus elecciones personales. No fue precisamente un marido ejemplar. Fallecido de un infarto en 2007, con 57 años, en una entrevista sobre la película definió su pensamiento en una frase: “Haz las cosas y ya luego descubrirás por qué las haces. En nuestro caso lo hicimos por puro amor a la música”.
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