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  Teatro  Amparo Larrañaga: «Todo el mundo se siente con derecho a opinar, a insultar, a agredir; ¿pero qué está pasando?»
Teatro

Amparo Larrañaga: «Todo el mundo se siente con derecho a opinar, a insultar, a agredir; ¿pero qué está pasando?»

diciembre 30, 2025
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<p><strong>Pregunta.</strong> Qué gustazo tiene que dar tener cada tarde el teatro llenísimo…</p>

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 Todoterreno de la interpretación y miembro de una de las más queridas sagas de cómicos de nuestro país, el teatro es su vida. Protagoniza ‘Victoria’ en el Fígaro de Madrid, una comedia sobre padres e hijos, sobre lo que somos y lo que queremos ser  

Pregunta. Qué gustazo tiene que dar tener cada tarde el teatro llenísimo…

Respuesta. Sí, la verdad es que nos está yendo muy bien. Antes de estrenar, como hay un trasfondo de fútbol, aunque sólo sea una excusa, decíamos ‘¿esto gustará?’. Y resulta que a las señoras les encanta. Que nuestras señoras no nos fallen, por favor. Además, esta obra surgió de una manera muy chula porque es como una segunda parte, entre comillas, de otra obra que se llamaba Laponia, con el mismo reparto. Aunque se puede ver esta función sin saber nada de la anterior. Aquí abordamos cuestiones como si los padres dejamos o no a los hijos equivocarse, si nos proyectamos a través de ellos. La obra trata de presiones, ambiciones, frustraciones…

P. Creo que habrá matrimonios que habrán convivido menos que usted con Iñaki Miramón, con el que repite en la obra…

R. [Risas] Sí, con Iñaki son 40 años de amistad y 40 años trabajando juntos. La química es total. Para mí la amistad es muy importante en la vida. Y yo soy muy dura para la amistad, no te creas. En esta profesión hay miles de conocidos, pero amigos de verdad pocos, eso cuesta muchos años.

P. En mitad de la función, usted se luce con un monologazo de varios minutos que me han chivado que siempre despierta una ovación.

R. La gente se muere de la risa. Representa un poco a todas las mujeres que llevan la losa del mundo, en silencio. Lo que viene a decir es que, como nos dedicamos a cuidar de los demás, nos olvidamos de nosotras mismas. Pero con muchísimo humor. Es un monólogo que exige un gran esfuerzo técnico y un control de la respiración vital porque tengo que hablar muy rápido. Fíjate que a veces me aplauden en la mitad y me fastidia, ¿sabes? Porque me cortan el ritmo pautado. [Risas] Pero es uno de los momentos más gratificantes que yo he vivido en el teatro. Me ha costado mucho hacerlo, pero es uno de los grandes éxitos de la obra.

«Somos feligreses de las ideas, de las opiniones. Uno de los males de este tiempo es que todos opinamos de todo, todos sabemos de todo»

P. Victoria también va de algo muy en desuso últimamente, que es eso de que cada uno puede cambiar de opinión.

R. Total y absolutamente. Hay como una cerrazón en decir no, en pontificar que lo que uno piensa va a misa, incapaces de ceder. Somos feligreses de las ideas, de las opiniones. Uno de los males de este tiempo es que todos opinamos de todo, todos sabemos de todo, todo el mundo es súper narcisista. Pues a veces hay que saber decir ‘me he equivocado, he cambiado de opinión, tú tenías razón, no yo’.

P. Usted como madre, ¿se siente reflejada en su personaje?

R. Yo he sido madre muy joven, con 19, inmadura, claro, y luego con 35, que es cuando siento que he tenido una maternidad responsable y he sido a la vez absolutamente abierta en todo. Ahí tienes a mi hijo, que es el reflejo de la libertad de pensamiento, de ideas, de todo… He sido madre toda la vida porque cuando terminé la adolescencia de uno, empezaba con un bebé. He sido, creo, como fue mi madre conmigo, que era mucho más abierta que mi padre en la educación. Lo importante es vivir todo con naturalidad. A mí esas cosas de que un hijo se tenga que sentar en un momento dado con sus padres para decirles, por ejemplo, que es homosexual, no lo entiendo. Me parece una barbaridad.

P. Ha mencionado a sus padres, los enormes María Luisa Merlo y Carlos Larrañaga. ¿Cuánto pesa lo de formar parte de una gran saga?

R. Es verdad que cuando me pasa algo a mí, le pasa a toda una familia, y a la inversa. Al principio no eres muy consciente de eso, porque, además, yo empecé este trabajo sin vocación ninguna. Fue un empeño de mi abuelo [Ismael Merlo]. Yo lo que quería hacer era estudiar Medicina. Pero, de pronto, me subí a las tablas y sí que noté mucho rechazo por parte de algunos compañeros. Llegas a tener como cargo de conciencia, porque te hacen sentir mal. Hasta que dices ¿y cuántos hijos de abogados hay, y cuántos hijos de médicos que heredan las consultas, y tantas otras profesiones en las que los padres obligan a sus hijos a estudiar lo que sea para heredar sus movidas…? A mí me dieron la libertad de elegir. Y yo en silencio, en silencio… ya llevo 47 años trabajando. Lo de ser parte de una saga a ti no te pesa porque has nacido dentro y es todo natural, normal, cotidiano… Pero sí he vivido el peso del examen permanente, de la comparación constante.

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P. Así que la sociedad perdió una profesional de la sanidad.

R. Te morirías de la risa. Mi gran afición es leer análisis clínicos, prospectos… [Risas] Leo artículos médicos de todo tipo. Tengo muchísimos amigos médicos. Es mi gran frustración. Sigue fascinándome el mundo de la medicina. Cada vez que un amigo se hace un análisis me lo manda porque entiendo perfectamente todo. Fíjate si soy loca, que tengo mi operación grabada. Yo he visto mi corazón, latiendo y parado, y lo entiendo y cada vez me parece la cosa más bonita del mundo.

«Yo cuento mi operación con humor. Lo mío fue una operación programada, llegaron a tiempo y yo el corazón lo tengo bien»

P. Recordemos a los lectores que hace más de dos años le diagnosticaron una insuficiencia severa que requirió una compleja operación para cambiarle una válvula. Y usted, que da imagen de mujer fuerte, creo que sólo entonces se permitió un momento de debilidad…

R. Sí, soy una mujer fuerte. Pero la noche anterior a la intervención es verdad que mandé a todos los míos a casa. Les dije ‘necesito llorar, necesito dejar de hacerme la fuerte con vosotros’. Y me pegué una llorera… Yo terminé un domingo en el teatro Laponia y al día siguiente estaba ya ingresada. Todo aquello era un lío tremendo. Me acuerdo que me puse a comprar cosas online con el ordenador para después, prendas abiertas porque luego te tienen que poner la faja típica que te sujeta para que cuando toses no se te abra el esternón, y así. Que decía, a ver si estás comprando de todo y luego te mueres. Yo cuento mi intervención con humor porque la realidad es que hay patologías del corazón muy graves. Lo mío fue una operación programada, llegaron a tiempo y yo el corazón lo tengo bien. Pero, claro, cuando entras a una consulta y el médico te dice ‘te abrimos así, te paramos el corazón no sé cuántos minutos, y te metemos toda la circulación por una máquina’ que si la ves parece que la han cogido del contenedor, piensas, ‘hostia, ¿pero todo esto qué es?’. Cualquier otra persona se cae muerta en la silla. Pero como a mí todas esas cosas me gustan [risas]. Y al día siguiente, cuando el celador me llevaba en la camilla hacia el quirófano, yo iba muerta de la risa. Es que ahí estaba toda mi familia, mis hermanos, mi madre, todos, como si pasara un ataúd, firmes, en un cortejo fúnebre. Yo comparto una máxima con un amigo: ‘Si la cosa tiene arreglo, no te preocupes; si no lo tiene, pues no te preocupes’. Yo soy muy positiva. No pasé miedo porque tenía gran confianza en el equipo médico. Me lo explicaron muy bien. La que lo pasó muy mal fue mi familia.

P. Decía usted hace poco que su gran éxito es llevar 47 años sobre las tablas y no tener redes sociales.

R. Pues mira, te voy a decir una cosa, voy a acabar haciéndome una y que me la lleve alguien. No entiendo todo este rollo de las redes sociales y que la gente lo vea todo a través de una cámara y no disfrute en realidad. Yo tardé mucho en tener móvil. Y no me hice con uno hasta que una vez, trabajando con Maribel Verdú, nos perdimos yendo a Yecla y nos tuvo que llevar la Guardia Civil porque no llegábamos al teatro. Mi hermano, que estaba cabreadísimo, siempre me decía ‘pago más de teléfono de hotel, coño, cómprate ya un móvil’. Y luego eso de Instagram… Yo digo, pero por qué tengo que estar maquillándome todo el rato y depender de no sé qué números de seguidores… A mí lo que me hubiera gustado mucho hacer es tener un Instagram cuando hacíamos giras, los viajes a ninguna parte, para enseñarle a la gente lo que es esta profesión de gira, en las ferias, en cada rincón de España, que me la conozco como la palma de mi mano.

«Ahora mismo voy a mirar quién es María Pombo porque me da ya vergüenza por ella; a lo mejor ella tampoco sabe quién soy yo»

P. Amparo, la pregunta es obligada. ¿Sabe ya quién es María Pombo?

R. De verdad, ahora mismo sí que lo voy a mirar porque me da hasta vergüenza por ella, que yo no quiero ofenderla, por favor, ni muchísimo menos. A lo mejor ella tampoco me conoce a mí. Nadie tiene la obligación de conocerte.

P. Hoy despedimos el año. ¿Qué recuerda de aquellas funciones de Nochevieja de su familia sobre las tablas?

R. La verdad, eran un coñazo. [Risas] Cuando yo era pequeña, mis padres no paraban de hacer televisión, cine, teatro… Y, entonces, el día de Nochevieja había función. Y ahí teníamos que estar todos los hermanos, claro, nos vestían de terciopelo, todos con trajecito, a mí me ponían una faldita que odiaba, porque yo era una bruta. Fíjate que una vez me dieron puntos y yo me los arrancaba… Me acuerdo que mi hermano se caía de sueño y para mí era un infierno tener que esperar a las doce de la noche para tomarnos las uvas con el público, y salir al escenario a saludar, y todos ahí con las matasuegras, y los gorros, y las mierdas éstas de la Navidad [risas]. Luego ya seguía la función y a nosotros nos llevaban a casa. Era una pesadilla.

P. Poca gente se acordará de que usted en televisión empezó como presentadora de Aplauso.

R. Sí, y lo hacía fatal. [Risas] Hay dos cosas en la profesión que se me dieron muy mal. Una, presentar ese programa. Me fui a los dos meses porque Arturo Fernández me ofreció un papel protagonista en el teatro. Nadie entendía que dejara la tele por las tablas. Y lo otro, una revista con Addy Ventura, que fue un desastre, una obra terrorífica. Se me caían los gorros, casi me caigo yo… La función se llamaba La belleza del diablo y Haro Tecglen tituló su crónica tras el estreno Ni belleza, ni diablo, ni nada. Tal cual. Cantaba todo el rato y cantaba tan mal… «Amparito está muy mona, pero calladita estaría más mona todavía», decía la crítica. [Risas]

P. Aunque ha tenido trabajos de reconocimiento tan masivo como la serie Periodistas, alguna vez ha dicho que abrazó el teatro porque hay menos «gilipollas» que en televisión.

R. Es que con las mujeres hay una dictadura muy grande por la imagen, y más con la edad. Yo soy como me ves, no me he hecho nada de nada. Esto lo he visto con mis abuelas, con mi madre, cómo te van dejando, abandonando… No niego que es igual de difícil hacer bien teatro que televisión que cine. Es todo arte puro. Pero la dictadura de la edad y de la belleza no la tenemos en el teatro. Aquí los años te dan solera, te dan como prestigio, te dan otra cosa. Mira, la prueba es que yo en Laponia hacía la madre de un niño con 60 años. Y a mí no me lo cuestionó nadie. ¿Tú crees que eso yo lo hubiera podido hacer en el cine? Ni mucho menos. Coño, es que al final parecemos sacos de basura, ¿no? Si ya hasta las cremas para gente de 50 las anuncian chicas jovencitas, o los productos para la pérdida de orina. Yo en eso he ido muy a la contra y siempre he querido envejecer con la edad. Y en el teatro no hay complejos.

P. ¿Cómo ve el panorama sociopolítico, la polarización en la que estamos instalados?

R. Yo tengo una gran capacidad para abstraerme de todo eso, sin que tampoco es que caiga en la indiferencia. No puedo con ese exhibicionismo permanente de los políticos, de decir hoy una cosa y mañana la contraria pero pretender que siempre tienen la razón. Me duele cómo se han cargado la cultura. Tú vas a otros países como Francia y son súper chovinistas, envidio cómo ayudan por ejemplo al teatro con mecenazgos, etcétera. Aquí es como que no importa nada, parece que menos sepamos mejor. He redescubierto los periódicos ante el tono tremendista por ejemplo de las televisiones. La polarización es tal que se generan discusiones familiares durísimas, dificilísimas de llevar. ¿Por qué cuando una persona tiene una opinión distinta hay que agredirla en una red social o hay que insultarla? ¿Qué está pasando? Todo el mundo se siente con derecho a opinar, a insultar, a agredir. Yo aquí en el teatro soy feliz. No pido carnés a nadie de ningún partido político ni de lo que piensa o no piensa, ni de qué edad tienen o dejan de tener. El disfrute de compartir esto es un regalo.

Una vecina me preguntó ‘oye, ¿tu hermano es maricón? Porque hace tan bien de Mauri en ‘Aquí no hay quien viva’. ‘¿Maricón es un insulto?’, me salió responderle. Se quedó blanca. Yo soy muy rápida saliendo de las preguntas impertinentes; me han hecho demasiadas.

 Teatro

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