<p>Ya lo he dicho antes por aquí: cuanto más se alarga una obra, más inevitable es que el tema de fondo acabe siendo el propio autor. Es uno de esos resquemores que se activan cuando te ofrecen una columna. Cuando adoptas la profesión de tener la razón por entregas tienes que aceptar que en una semana se te ven los intereses; en diez, el plumero; y en 50, las vergüenzas. </p>
No puedo evitar desear que todos los libros de Rubén Lardín vayan llegando con el mismo lomo y sin dibujo en la portada, como aquellas obras completas que les vendían a nuestros padres y que uno no sabía por dónde empezar
Ya lo he dicho antes por aquí: cuanto más se alarga una obra, más inevitable es que el tema de fondo acabe siendo el propio autor. Es uno de esos resquemores que se activan cuando te ofrecen una columna. Cuando adoptas la profesión de tener la razón por entregas tienes que aceptar que en una semana se te ven los intereses; en diez, el plumero; y en 50, las vergüenzas.
Existe un tipo de escritor que se escapa de todo esto, alguien del que ya sabes todo lo que hay que saber con tan solo leerle cuatro líneas. Esto es así porque no se dedica a tener la razón (el que nos ocupa sólo la tiene de Pascuas a Ramos) sino a contar la verdad.
Rubén Lardín acaba de publicar su nuevo libro, Maldito Éclair, a la venta en el exquisito puesto online de Libritos Jenkins. Por fuera no parece lo mismo. Esta vez la maquetación imita la clásica de la editorial Gallimard, igual para semejarse a esos libros usados que parecen haber nacido en el montón donde los encuentras, y que, al comprarlos ya viejos, no envejecen jamás. Lo más probable es que la intención sea rimar con el tema que se anuncia, las idas y vueltas de Lardín a París, a sus cines y a lo que pilla cerca. Que, en realidad, es una excusa para encuadernar otro trozo de la misma sustancia que nos lleva donando desde hace tantos años.
No puedo evitar desear que todos los libros de Rubén Lardín vayan llegando con el mismo lomo y sin dibujo en la portada, como aquellas obras completas que les vendían a nuestros padres y que uno no sabía por dónde empezar. Pero la Enciclopedia Lardín tiene el aspecto de las caóticas estanterías de la librería de segunda mano que os decía antes. Es mejor así, claro. Aunque sus libros apuntan en la misma dirección, uno nunca sabe por dónde vienen los tiros.
Aquí, por ejemplo, empieza clavando la experiencia de leer tebeos japoneses «como despachar una tajada de sandía a la buena sombra» y, más adelante, resume la biografía de Burroughs en dieciséis palabras «fue a muchos sitios y logró volver de casi todos, si bien nunca lo hizo intacto». Muchas de las frases de Lardín podrían tener una carrera en solitario, pero es importante encontrarlas como los pistachos en una ensalada improvisada. Entre paseos, miradas y preocupaciones que parecen no saber que las estamos leyendo.
No hace falta que añada que conozco a Lardín, todo se acaba sabiendo. Hablamos poco, y las últimas veces que le he llamado ha sido para contarle las cosas que se me tuercen, pero somos muchos los que le tenemos tan presente como el tejado de enfrente. Sus libros responden al derecho que todo el mundo tiene de tener la misma suerte.
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