Abro Linkedin. No soy usuaria activa, ni siquiera voyeur. No me interesa. Pero hace unos meses me despidieron y lo usé para buscar trabajo. Encontré un nuevo puesto pronto por suerte pero, desde entonces, a veces entro para dejarme sorprender por un nuevo post narcisista de los que dan vergüenza ajena, o por un gurú con carrera meteórica experto en ofrecer consejos. No hay peor pesadilla que gente presuntuosa hablando de su trabajo como si fuera algo importante. Esa necesidad de compartir lo laboral que tienen algunas personas me quita las ganas. Pero no las de trabajar, sino las de formar parte de este mercado de los trabajos que necesitan Linkedin para prosperar. Porque donde todo es celebrable, meritorio y reseñable, nada lo es. Solo es cansado, más que el propio trabajo. Ahora entrar en Linkedin me da paz. Porque sé que solo trabajo para vivir con tranquilidad económica, que cumplo con mis obligaciones y que mi jornada siempre termina. Un día vi un meme que decía “Toda esa gente de Linkedin ¿sabe que va a morir?”. Si lo saben, el día de su muerte se darán cuenta del absurdo.
Abro Linkedin. No soy usuaria activa, ni siquiera voyeur. No me interesa. Pero hace unos meses me despidieron y lo usé para buscar trabajo. Encontré un nuevo puesto pronto por suerte pero, desde entonces, a veces entro para dejarme sorprender por un nuevo post narcisista de los que dan vergüenza ajena, o por un gurú con carrera meteórica experto en ofrecer consejos. No hay peor pesadilla que gente presuntuosa hablando de su trabajo como si fuera algo importante. Esa necesidad de compartir lo laboral que tienen algunas personas me quita las ganas. Pero no las de trabajar, sino las de formar parte de este mercado de los trabajos que necesitan Linkedin para prosperar. Porque donde todo es celebrable, meritorio y reseñable, nada lo es. Solo es cansado, más que el propio trabajo. Ahora entrar en Linkedin me da paz. Porque sé que solo trabajo para vivir con tranquilidad económica, que cumplo con mis obligaciones y que mi jornada siempre termina. Un día vi un meme que decía “Toda esa gente de Linkedin ¿sabe que va a morir?”. Si lo saben, el día de su muerte se darán cuenta del absurdo. Seguir leyendo
Opinión de un lector sobre una información publicada por el diario o un hecho noticioso. Dirigidas al director del diario y seleccionadas y editadas por el equipo de opinión
Las lectoras y los lectores escriben sobre las redes sociales especializadas en la búsqueda de empleo, César Chávez, las palabras de Felipe VI sobre los abusos de la Conquista, y la alfombra roja de los Oscar

Abro Linkedin. No soy usuaria activa, ni siquiera voyeur. No me interesa. Pero hace unos meses me despidieron y lo usé para buscar trabajo. Encontré un nuevo puesto pronto por suerte pero, desde entonces, a veces entro para dejarme sorprender por un nuevo post narcisista de los que dan vergüenza ajena, o por un gurú con carrera meteórica experto en ofrecer consejos. No hay peor pesadilla que gente presuntuosa hablando de su trabajo como si fuera algo importante. Esa necesidad de compartir lo laboral que tienen algunas personas me quita las ganas. Pero no las de trabajar, sino las de formar parte de este mercado de los trabajos que necesitan Linkedin para prosperar. Porque donde todo es celebrable, meritorio y reseñable, nada lo es. Solo es cansado, más que el propio trabajo. Ahora entrar en Linkedin me da paz. Porque sé que solo trabajo para vivir con tranquilidad económica, que cumplo con mis obligaciones y que mi jornada siempre termina. Un día vi un meme que decía “Toda esa gente de Linkedin ¿sabe que va a morir?”. Si lo saben, el día de su muerte se darán cuenta del absurdo.
Pepa Fernández. Sant Cugat del Valles (Barcelona)
La caída de un mito
César Chávez fue un campeón de los derechos de los trabajadores del campo estadounidense. El Martin Luther King de los más desfavorecidos. Dolores Huerta, actualmente de 95 años, actuó como su infatigable compañera de lucha, la segunda en el mando y ahora se declara, junto a otras dos mujeres, víctima de agresiones sexuales que llevaron a dos embarazos por parte del líder de las libertades civiles. Las acusaciones son gravísimas y a pesar del tiempo transcurrido merecedoras de una pena ejemplar. Al haber muerto, lo único que queda por hacer es contar quién era de verdad en los libros de historia o retirar su nombre de parques y avenidas. La talla comunitaria nunca puede ser aprovechada para perpetrar crímenes horrendos contra las mujeres.
Luis Peraza Parga. San Diego (EE UU)
Abusos en la conquista
Quizás por miedo a Federico Jiménez Losantos, quizás por ignorancia supina, o por lo que sea, nuestra derecha nada moderada se ha echado las manos a la cabeza porque el rey Felipe VI ha hecho referencia a los “abusos” en la Conquista de América. Pero estos ya se reconocieron en las Leyes de Burgos de 1512, firmadas por Fernando el Católico, las Leyes Nuevas de 1542, firmadas por Carlos I, y, desde luego, en el gran debate de la Junta de Valladolid de 1550 entre Juan Ginés de Sepúlveda y Fray Bartolomé de las Casas, motivado por las dudas morales del emperador ante lo que estaba ocurriendo en América. Supongo que todos los citados serían considerados hoy unos wokes sanchistas, y de ahí para abajo hasta el infierno.
Antonio Cazorla-Sánchez. Peterborough (Canadá)
Basta
Nos pensamos que lo habíamos superado: no hablar de cuerpos ajenos, no dejar de comer, no matarnos en la operación bikini… Sin embargo llegan los Oscar y en las redes sociales nos abofetean con clavículas, Ozempic, y reels de cómo perder 10 kilos en menos de un mes. Ya hablaba Silvia Federici de cómo el sistema necesita controlar y “cercar” el cuerpo de las mujeres, tratándolo como una fuente de capital. Y al igual que comenta la directora Chloé Wallace ¿por qué no dice nadie nada? “No es estética, es política”. Basta.
Marta Pérez de las Bacas Sánchez. Murcia
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