<p>Esculturas como<i> El Gato </i>de <strong>Fernando Botero,</strong> en la Rambla del Raval, no suelen despertar entusiasmo en ciertos sectores del arte y la cultura, que miran con desconfianza lo más popular. La pieza pasó además por varios emplazamientos antes de acabar en ese barrio, como si nadie la quisiera. «Fíjate que<strong> ahora es el símbolo del Raval,</strong> qué aleatorio, ¿verdad?», suelta<strong> David Bestué</strong>. «De repente, esa escultura se ha convertido en un centro de la colectividad».</p>
En su ensayo ‘Samuel’, el escultor despliega una reflexión sobre los monumentos y su capacidad para responder al dolor colectivo tras el asesinato en la vía pública del joven Samuel Ruiz por motivos homófobos
Esculturas como El Gato de Fernando Botero, en la Rambla del Raval, no suelen despertar entusiasmo en ciertos sectores del arte y la cultura, que miran con desconfianza lo más popular. La pieza pasó además por varios emplazamientos antes de acabar en ese barrio, como si nadie la quisiera. «Fíjate que ahora es el símbolo del Raval, qué aleatorio, ¿verdad?», suelta David Bestué. «De repente, esa escultura se ha convertido en un centro de la colectividad».
El arte en el espacio público sigue generando polémicas encendidas, aunque esa atención social apenas se traduce en un diálogo productivo. La tensión suele escalar hasta la crisis y ha contribuido, según David Bestué (Barcelona, 1981), a que los artistas hayan dejado de hacer monumentos. «Se nos ha dejado de tener en cuenta para el espacio público. Quizá porque se ha convertido en un lugar más de conflicto que de consenso», afirma. Su último libro, Samuel, publicado por la editorial Caniche, recoge una batería de reflexiones teóricas sobre la escultura pública nacidas de un trauma colectivo: la muerte de Samuel Luiz, asesinado hace cinco años tras una brutal paliza de motivación homófoba.
«En un principio iba a centrarme más en Samuel, en lo ocurrido en La Coruña. Fui allí varias veces, hablé con gente que lo había conocido y pensé que el libro podía tomar la forma de una crónica de aquel suceso», explica Bestué. «Incluso tenía intención de asistir al juicio y seguir todo ese proceso. Luego me di cuenta de que no era mi papel, de que yo no era periodista y de que, además, eso podía derivar en un sensacionalismo que no me interesaba. Lo que debía hacer era abordar ese suceso desde mi propia práctica», reconoce.
Desde ese impulso inicial, Samuel, concebido como un homenaje, acaba abriéndose hacia una indagación más amplia sobre la noción de monumento público, especialmente en sus versiones más precarias o improvisadas. Bestué despliega en sus páginas una catalogación muy extensa de esculturas populares, fruto de un recorrido por toda España en el que ha ido fotografiando aquellos elementos que la gente levanta espontáneamente para recordar de manera efímera a seres queridos o a personas importantes para una comunidad. También se fija en ciertos lugares que, al ser reconocidos y apropiados por los ciudadanos, adquieren una dimensión simbólica.
Hay un interés particular por los ejemplos políticos, tanto oficiales como oficiosos, levantados en memoria de víctimas de violencia por orientación sexual o identidad de género. Los textos incorporan una clave de denuncia, aunque Bestué no diluye a Samuel en ese marco conceptual. Al contrario, forma parte de una serie de obras que viene realizando desde 2021. Una de ellas se instaló sin autorización administrativa en el mismo lugar en el que murió el joven. «Duró solo unas horas, hasta que los servicios del ayuntamiento la retiraron». Aquella pieza tenía forma de hueso humano, «algo que ha caído y busca levantarse», recuerda el escultor.
Durante buena parte de su trayectoria, Bestué trabajó a partir de la recuperación de elementos arquitectónicos y objetos cotidianos que luego reproducía con una fidelidad casi literal: un tejadillo ondulado de apariencia industrial, una silla de plástico, cuencos, ornamentos arquitectónicos. La réplica le servía para hacer convivir tiempos distintos, activar la memoria y poner en circulación formas ya sedimentadas. Hacia 2021, esa línea de trabajo experimenta un giro cerrado.
Ese año obtiene una beca en la Academia de España en Roma y el cuerpo -las formas orgánicas abstractas- irrumpe en su vocabulario plástico, estimulado por la escultura clásica italiana, aunque traducido a materiales naturales y perecederos, como los pétalos de flor. El arte povera de Mario Merz o Giuseppe Penone también influyen en su manera de abordar el presente, lo que sucede ahora y debe ser revelado con urgencia: lo polñitico. Algo que para Bestué se antoja tremendamente complicado. «Lo irresoluble del monumento es eso: demasiado sembrado de tópicos como para representar algo y, al mismo tiempo, demasiado cerca de lo insoportable para mostrarlo tal cual», escribe en el libro.
Esa dificultad, explica Bestué, intenta superarla mediante la poesía, aludiendo a la escritora Olvido García Valdés. Frente a lo insoportable, surge la belleza como un bálsamo necesario «porque si no todo es una pesadilla», dice. «Yo creo que ese equilibrio un poco inestable es el que he intentado reproducir. Por eso incorporo imágenes como de escultura de jardín, los Apolos, las Venus. Estas esculturas que no representan más que un deseo, una alegría». Un espacio de limpieza dentro de aquello que resulta más difícil de mirar.
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