<p>Se abre el telón del <strong>Teatro de La Abadía </strong>y la primera en aparecer es María, una de las protagonistas de la función. Las luces, la escenografía y el sonido ensordecedor de los aplausos consumen todo el auditorio, repleto de espectadores. En la primera fila, muy atento a lo que sucede, está <strong>Juan Carlos Fisher</strong> (Lima, 1981), el director de Las gratitudes, una obra basada en la novela de la autora francesa <a href=»https://www.elmundo.es/la-lectura/2022/11/29/6384e9db21efa082148b45d5.html» target=»_blank»>Delphine de Vigan</a>. Desde su asiento mira hacia todos los lados, pensando en los pequeños cambios que hará para la siguiente función. «<strong>Es lo maravilloso del teatro, que podemos seguir trabajando en el proyecto una vez estrenado</strong>», menciona. Pero, antes de seguir, es necesario rebobinar hasta seis años atrás.</p>
La obra ‘Las gratitudes’, basada en la novela de Delphine de Vigan, explora el viaje de sus protagonistas al lidiar con la culpa, mientras se toma el lenguaje como eje central
Se abre el telón del Teatro de La Abadía y la primera en aparecer es María, una de las protagonistas de la función. Las luces, la escenografía y el sonido ensordecedor de los aplausos consumen todo el auditorio, repleto de espectadores. En la primera fila, muy atento a lo que sucede, está Juan Carlos Fisher (Lima, 1981), el director de Las gratitudes, una obra basada en la novela de la autora francesa Delphine de Vigan. Desde su asiento mira hacia todos los lados, pensando en los pequeños cambios que hará para la siguiente función. «Es lo maravilloso del teatro, que podemos seguir trabajando en el proyecto una vez estrenado», menciona. Pero, antes de seguir, es necesario rebobinar hasta seis años atrás.
El covid estaba llegando a todos los rincones del mundo, también a Perú, donde la industria del teatro empezó a caer en picado, y los escenarios permanecieron cerrados durante más de dos años. En esa encrucijada se encontraba Fisher en 2020, mientras leía Las gratitudes, y se maravillaba de lo que la novela transmitía. «Lo primero que pensé fue: ‘Tengo que ser más consciente de decir las cosas que siento’ y me impactó muchísimo», menciona. Y añade: «Es un libro que marca. Tú te paseas por todas las librerías de Madrid y lo vas a ver ahí. Es como La península de las casas vacías de David Uclés».
Si se adelanta un poco más la metafórica cinta de vídeo, se puede ver a Fisher tomando un café con Delphine de Vigan mientras este le propone convertir su novela en una obra de teatro. «Quisiera decir que soy el primero en hacerlo, pero la realidad es que la producción se ha estrenado en varios países». Aun así, algo pareció convencer a la escritora francesa y desde entonces todo un equipo de profesionales ha trabajado para sacar adelante una historia que debutará el próximo 9 de abril en Madrid.
La narrativa se centra en Micka, una filóloga diagnosticada con principio de afasia durante su vejez, y cuya última voluntad es agradecer su labor a la familia que la rescató durante la ocupación nazi. Su deseo converge con el de María y Jerôme, que también lidian con la culpabilidad y el deseo de agradecer. «Es una historia que habla del lenguaje, de dar las gracias».
Fisher dibuja la trama de la novela con un hiperrealismo sin precedentes. Él mismo reconoce que no se han tomado libertades creativas porque la novela en sí ya tiene todos los elementos que necesita para conmover al público. «Hemos tratado de ser lo más fieles porque creemos que la novela es redonda», señala.
«Cuando las palabras se esconden, solo queda la memoria»
El director -de esta y de otras 50 obras más- extrapola el mensaje de la obra y lo transporta a la realidad actual. Una a la que, según explica, le falta tacto y sensibilidad. «Si ciertas personas que están en el poder en España fueran un poco más cuidadosas en la forma en la que hablan de otras personas habría menos agresividad en la calle», sentencia. Fisher incide en la violencia como mecanismo predeterminado de la sociedad actual: «El temor hacia lo diferente nos asusta y nos borra el precepto más simple: todos somos iguales». Él no le tiene miedo a afirmar que la amabilidad es la base de cualquier país y que «los atentados, las bombas y las guerras» nunca fueron la solución a los desacuerdos dialogados.
La obra, además, plantea un interrogante que día a día se convierte en la realidad de casi 400.000 personas en España: ¿Qué queda de una persona cuando las palabras desaparecen? «¿Tú que crees?», responde Fisher al hacerle la pregunta. Él parece tenerlo claro. «Cuando las palabras se esconden», comienza, usando el argot que caracteriza a Micka, «solo queda la memoria, la de los momentos compartidos y la que se ve a través de las miradas, de los gestos. La memoria de la persona que pierde las palabras y la del que le acompaña», señala. Pero no es lo único.
Cuando el lenguaje no trasciende, sí lo hace la gratitud. Sobran las palabras cuando uno habla con sus seres queridos, pero se vuelven necesarias a la hora de agradecer. «Uno no está en el lugar en el que está por mérito propio». No se podría terminar de otra forma si no es agradeciendo. Fisher menciona a su familia y compañeros de trabajo, mientras expande la moraleja de que todo diálogo debería comenzar con un simple «gracias».
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