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  Libros  Benjamin Moser: “Muchos países se opusieron al nazismo. ¿Quién se opone a Netanyahu? Solo Pedro Sánchez”
Libros

Benjamin Moser: “Muchos países se opusieron al nazismo. ¿Quién se opone a Netanyahu? Solo Pedro Sánchez”

agosto 22, 2026
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L a casa de Benjamin Moser (Houston, 49 años), cerca de las cuevas de Lascaux, está literalmente perdida en el Périgord francés. Desde hace 20 años, él y su pareja pasan meses rodeados de glicinias, olivos, pinos, adelfas, una piscina y el canto raveliano de las cigarras. Moser, que hizo el bachillerato en Francia, es cuatrilingüe. “Previene la demencia”, bromea. Hablando castellano parece venezolano. Vivió allí con 18 años. “Venezuela era como si hoy Dubái quedara paralizada y regresaras 30 años después. Los norteamericanos creemos en el progreso de la historia, no como el resto del mundo que sabe que es cíclica. Por eso nos va a destrozar lo que está pasando”.

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 L a casa de Benjamin Moser (Houston, 49 años), cerca de las cuevas de Lascaux, está literalmente perdida en el Périgord francés. Desde hace 20 años, él y su pareja pasan meses rodeados de glicinias, olivos, pinos, adelfas, una piscina y el canto raveliano de las cigarras. Moser, que hizo el bachillerato en Francia, es cuatrilingüe. “Previene la demencia”, bromea. Hablando castellano parece venezolano. Vivió allí con 18 años. “Venezuela era como si hoy Dubái quedara paralizada y regresaras 30 años después. Los norteamericanos creemos en el progreso de la historia, no como el resto del mundo que sabe que es cíclica. Por eso nos va a destrozar lo que está pasando”. Seguir leyendo  

L a casa de Benjamin Moser (Houston, 49 años), cerca de las cuevas de Lascaux, está literalmente perdida en el Périgord francés. Desde hace 20 años, él y su pareja pasan meses rodeados de glicinias, olivos, pinos, adelfas, una piscina y el canto raveliano de las cigarras. Moser, que hizo el bachillerato en Francia, es cuatrilingüe. “Previene la demencia”, bromea. Hablando castellano parece venezolano. Vivió allí con 18 años. “Venezuela era como si hoy Dubái quedara paralizada y regresaras 30 años después. Los norteamericanos creemos en el progreso de la historia, no como el resto del mundo que sabe que es cíclica. Por eso nos va a destrozar lo que está pasando”.

Empezó El mundo del revés(Anagrama) cuando se mudó a Holanda. ¿Qué le dio la vuelta a su mundo?

Conocer a mi pareja. Con 23 años trabajaba en una editorial de Nueva York. Mi jefe no sabía de qué hablar con un autor y me pidió que los acompañara a comer… La base de mi carrera es esa: sé cómo hablar con la gente. La noche antes de conocer a Arthur leí su novela El negro que tenía un corazón blanco. Los libros reflejan cómo somos. Me fascinó.

Tenía 23 años y él 43.

Pensé: es un anciano y… ¿por qué no?

¿Es apasionado en todo?

No se puede escribir sin pasión. Se puede sin transmitir, lo hace la inteligencia artificial. Pero el objetivo del arte es transmitir. Quieres que los lectores vean lo que tú ves. Era mi tipo de persona.

¿Qué nos atrae de alguien?

Una cualidad del alma. De eso va El mundo del revés, de lo que un pintor muestra de sí mismo en su pintura.

Su libro acerca, y cuestiona, a los grandes pintores del Siglo de Oro holandés.

Cuestionar tiene que ver con mi origen americano. Crecí rodeado de ideas que parecen estables hasta que aprendes a no dar nada por hecho. Escribiéndolo aprendí, por ejemplo, quién fue el primer pintor en representar sentimientos humanos en un rostro. Hasta que Arístides de Tebas lo hizo en 340 antes de Cristo, ¡nadie había dibujado a una persona sonriendo, es decir, mostrando sus sentimientos!

Le costó 20 años escribir El mundo del revés.

Sentía que no sabía lo suficiente.

En ese tiempo, escribió las biografías de Clarice Lispector y Susan Sontag. ¿Por qué ellas?

En la Universidad intenté aprender chino. Decían, con razón, que era el idioma del futuro. Fracasé. Pensé que, sabiendo español y francés, el portugués sería más fácil. Leí La hora de la estrella, de Lispector, era lo mejor que había leído en mi vida. Me obsesioné, fui a Brasil y quise hacerla famosa.

¿Quiere salvar a la gente?

Es un rasgo de carácter que conduce a la depresión cuando no puedes hacer más. Con ella lo logré. Dediqué cinco años al libro. Cobré 8.000 euros. Si eso no es pasión…

¿De qué vivía?

De traducir o escribir sobre un restaurante por 1.000 dólares…

Lispector supo, con siete años, que sería escritora. ¿Le sucedió?

Tardé más. Luego Clarice me dio una carrera. Me sirvió para que, con 25 años, me encargaran la biografía de Sontag.

Otra escritora judía. En Recife, donde creció Lispector, confundían a los judíos con Judas.

No sabían lo que eran. Brasil es un país muy nacionalista. No es que quieran invadir Uruguay, es que, como les sucede a los grandes países —EE UU o Rusia—, no ven más allá de sí mismos: no les interesa lo diferente. A los norteamericanos les gustan los orígenes extranjeros. Todos tienen uno más o menos falso. Hay quien lleva allí 300 años y te dice que es irlandés. Vale. ¿Puedes ubicar Irlanda en un mapa?

Lispector nació en Ucrania.

Escribía en portugués de una manera que ningún brasileño osaría hacerlo. No tiene que ver con que fuera extranjera, sino con lo que buscaba con las palabras, con la manera casi violenta con la que rompía clichés.

Escribió sobre la nostalgia de no haber nacido animal.

Para ella su perro Ulises era la persona más pura. Los animales siempre son puros.

Temía más no amar que no ser amada.

Tenía razón. Siempre tiene razón. Pero todo la afectaba demasiado. Tenía los problemas de tener un alma buena. Le importaba más la vida real que la académica.

Markel Redondo

¿Le sucede lo mismo?

Sí. Agradezco las investigaciones que proporcionan datos, pero lo más interesante del arte es lo que te toca emocionalmente. Lispector no leía filosofía, pero era filósofa porque, como todas las personas originales, pensaba por sí misma.

Al escribir biografías, ¿cómo decide qué incluir y qué no?

Al retratar a alguien haces, también, un retrato de lo que te importa. Vas a hacerlo tú con esta entrevista: elegirás lo que te parezca más interesante. Un problema del periodismo es no ser honesto con el punto de vista. Si alguien escribe sobre Israel, por ser judío o palestino, se considera descalificador. Debería ser lo contrario. Es más honesto entender desde donde habla uno. Todos tenemos una perspectiva. Muchos biógrafos creen que contar una vida es acumular datos. “El jueves comió huevos…”. Eso mata la biografía. Una vida no son datos.

Ha escrito que Lispector y Sontag tenían carisma.

El carisma es una mezcla de vitalidad, verdad, encanto, amabilidad, pasión, misterio y belleza. Pero es políticamente incorrecto escribir sobre la belleza de una escritora. Para mí la belleza es una obsesión. Siempre es más. He conocido a gente atractiva a cinco metros y completamente aburrida cuando habla. Y lo contrario. Al hablar aflora la inteligencia, el talento o la bondad.

¿Lo más difícil de encontrar?

La bondad es inalcanzable porque controlar la maldad exige paciencia, autoconocimiento y sentido del humor. Clarice decía: “Tengo varias caras, una es casi bonita. Otra casi fea”. Nuestro rostro cambia con los años y en los instantes.

Tras la biografía de Lispector, le encargaron la de Sontag.

Sontag era una persona eléctrica: ponías el dedo encima y te daba un calambre. Pero… sabía que era mi oportunidad para escribir sobre mi propia cultura.

Ganó el Pulitzer.

Fui el biógrafo autorizado. Con acceso a documentos y familia. Pero la biografía no era autorizada. La distinción es importante: estuvimos un año negociando el contrato. Todos quieren —y yo lo querría si alguien escribiera la biografía de Arthur— leerla y poder cambiar errores.

Errores.

Exacto. Nadie se ofende por cambiar un dato. Pero… ¿qué cree que ofende a la gente?

¿No parecer honesto?

El sexo y el dinero. Es decir, la literatura francesa, Balzac.

¿Con quién te acostaste?

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Con quién y por qué lado… No se puede predecir lo que va a ofender a la gente, pero se debe saber, al escribir una biografía, que se van a ofender seguro.

Escribió que Freud, la mente del moralista la había escrito Sontag, no coescrito con su marido, Philip Rieff…

Un ejemplo de lo que no puedes prever si ofenderá o no. No era un secreto. Susan se lo dijo a quien quiso escucharla durante 50 años. Su marido la declaró coautora al final de su vida.

¿Por qué no lo solucionó?

Porque cuando se divorció, él la amenazó con quitarle a su hijo. Cambió a su hijo por un libro. Las mentiras siempre apuntan a una verdad más profunda. Y… la gente siempre miente.

¿Sobre qué miente usted?

Mi abuela decía que todo el mundo miente sobre su edad de forma equivocada. Ella se sumaba siete años. “De esa manera estoy mucho mejor”.

Lispector mentía sobre su edad.

Era brutalmente sincera, pero creo que intentaba reescribir la trágica historia de su madre [murió cuando la escritora tenía nueve años de la sífilis que contrajo tras ser violada por soldados rusos]. Escribió que era más fácil ser santa que persona. No se equivocaba nunca.

¿Sontag tampoco?

Se equivocaba. Pero Sontag siempre es interesante. No deja de pensar. Estudiándola, veías una mente atravesando la vida.

¿Era dura con la gente?

Muy generosa. Pero cuando la gente abusaba —que sucede y más con el éxito— se cerraba. Cuando te interesa mucho la gente, que era su caso y es el mío, las personas te defraudan. Y tú las defraudas también.

¿Sobre qué cree que mintió?

Sobre su sexualidad. Obvio. Y cuando mientes sobre eso…

¿Era bisexual?

No. Era gay. Cuando mientes sobre eso no solo te engañas, eres deshonesta con tus parejas. Sontag se movió por la historia reflejando lo que pasaba en cada momento. Era una lesbiana alfa, un símbolo poderoso. Tras su lucha estaba la de miles de personas. Pero para ella fue una fuente de dolor.

Benjamin Moser, escritor e historiador estadounidense, en su casa de Les Eyzies, Francia. Markel Redondo

¿Por qué es importante que hablemos de su sexualidad?

Porque mucho de lo que nos hace pensar proviene de personas gais. Tienen la perspectiva de los outsiders. Lo que te hace lo que eres es lo que vives.

¿Usted tuvo problemas con su sexualidad?

El año que terminé el bachillerato, 1994, viví el milagro del tratamiento para el sida. Me sentí afortunado. No tuve problemas porque para mi familia no era un problema. Y… soy alto: los abusones no se meten con los altos.

¿Cuál fue la gran contribución de Sontag?

Simbolizó la contracultura. Me gustaría que la gente la leyera. Estudiándola, me di cuenta de que pocos lo han hecho. Cada frase es una idea.

¿Por qué necesitamos el arte?

Es lo que hace la vida tolerable. Pensar en una vida sin música, libros, danza o teatro… deprime. Para algunos el arte es algo frívolo, irrelevante. Puede dar miedo si no te interesa indagar.

¿El arte debe ser original?

Ahora lo pensamos. Pero no siempre fue así. En el Renacimiento, la ambición era parecer clásico. Hoy artistas jóvenes quieren ser originales sin conocer el origen, y la originalidad no llega de la ignorancia. Sería como llegar en coche al final de un maratón y considerarse ganador.

En el siglo XIX, en Holanda, si un lienzo era bueno era atribuido a Rembrandt. ¿Lo han corregido?

En las últimas generaciones de historiadores del arte circula un aire más democrático e inclusivo. Pero hay poco interés en corregir algunas cuestiones. Rembrandt tiene una obra muy amplia, unos 600 cuadros. Sabemos que hay cientos de lienzos que sí pintó. Pero alrededor de esa certeza, hay zonas grises.

Pintó 80 autorretratos.

También se cuestionan algunos. Fue muy famoso durante su vida. Y la gente lo copiaba. No se aclaran más falsas autorías porque vendiendo un rembrandt se obtiene más dinero que vendiendo un cuadro de la escuela de Rembrandt.

“En Rembrandt el mal es más importante que lo oscuro”.

Es como Shakespeare. Entras en un museo y ves retratos, martirios y, de repente, un criminal al que un grupo de científicos le saca las tripas. No te das cuenta de lo raro que es que alguien pinte eso hasta que te paras a pensar que nadie más retrata a tantos muertos, asesinos, violadores…

¿Por qué nos gusta tanto Rembrandt?

Por algo parecido a por qué nos gusta Sontag: no nos enamoramos de los santos. Rembrandt tiene todas las posibilidades de la humanidad, del santo al monstruo. Es como Goya. Las pinturas negras de su Quinta del Sordo… ¿Es eso lo que quieres que te rodee? Ahí hay alguien dispuesto a enfrentarse a sus miedos y emociones.

Al mirar un cuadro, ¿qué cambia si sabes demasiado o demasiado poco?

Sabiendo poco puedes fascinarte. He viajado a Egipto recientemente. Sabía que un dios tenía cabeza de gato. Poco más. Pero el arte era fabuloso. Es fascinante descubrir que te gusta algo que no entiendes. El conocimiento puede hacer desaparecer el encanto, pero es el que abre la puerta a la profundidad.

¿Vemos autores o pinturas?

Crees que ves escenas, estilos…, pero buscas a la persona. Muchos académicos defienden que una cosa es la vida y otra la obra. Defiendo lo contrario: lo que hacemos es lo que somos. Si haces algo en lo que no estás, no llegas. Cuando te entregas a lo que haces, llegas, y quienes lo miran quieren saber quién eres.

De eso va El mundo del revés. Incluso del talento que se vuelve contra uno.

Cuando eres joven te atraen autores que intentas imitar. Eso es peligroso. Naipaul lo advierte: no puedes llegar a ser quien eres cuando eres tan bueno que puedes ser cualquiera. Muchos de los más talentosos no logran aprender disciplina. Ni autocrítica.

Benjamin Moser con su perro, del que no se separa, llamado ‘Basso’.Markel Redondo

Vermeer tuvo que vivir con su suegra por falta de dinero.

Y Jean Stern tuvo que abrir una taberna. Y dedicarse a hacer pintura cómica, que es lo más serio que hay. Lo vemos en Shakespeare: no hay nada más difícil que hacer reír porque la comedia, si está bien hecha, es profunda. Una de las características del mejor arte es que esconde su dificultad. Piense en la danza. En la ligereza que consiguen retando la gravedad…

Fabritius está en la historia del arte por un jilguero.

¿Cómo consigues que la gente hable de ti 400 años después por pintar un pájaro? Eso es el carisma. Es como la belleza. No se puede comprar. Se puede pagar maquillaje, operaciones…, pero no belleza.

En su último libro, Anti-Zionism: A Jewish History, habla de pensadores judíos opuestos al sionismo. ¿Es su caso?

Crecí cegado, como tanta gente. No solo judíos: los norteamericanos crecen convencidos de que su país hace el bien por el mundo. Pero no les interesa el mundo. Mi pareja, Arthur, es holandés. En un país pequeño uno aprende la lengua de los vecinos. Eso es ver desde otro punto de vista. En Norteamérica no forma parte de la cultura conocer al otro y sí mantenerse ignorante. La inseguridad es un gran regalo. Si la aceptas, puedes llegar lejos. Si la ocultas, te conviertes en un arrogante. Lo mismo ocurre con la ignorancia. Es una oportunidad. Yo no sabía nada de arte holandés…

¿Cuestiona su americanismo a la vez que su sionismo?

Todavía soy estadounidense. Ya no soy sionista.

Los defensores del sionismo argumentan que renunciar al Estado de Israel es quedarse sin lugar en el mundo.

¿Los judíos en España no tienen donde vivir si pueden pagar una casa? ¿Los de París? ¿Hablamos de ahora o del siglo XV? Uno no puede hacer suyo el victimismo de la gente de hace cinco siglos. Los judíos en Francia tienen todos los derechos y están protegidos por el Estado de derecho. Pueden tener miedo, pero… también los musulmanes lo tienen, y los negros, y los inmigrantes. Y las mujeres. Y nadie monopoliza el victimismo. Utilizar el victimismo como vía hacia el poder nace del sionismo porque, sin un holocausto, los judíos no hubieran podido clamar por una tierra propia escudándose en ser la más víctima entre las víctimas. Creo que ha llegado el momento de crecer. Muchos países se opusieron al nazismo. ¿Quién se opone a Netanyahu? Solo Pedro Sánchez. El resto de la supuesta civilización, ¿qué hace?

Osama Bin Laden pensaba que solo América tenía el poder de destruir América.

Puede aplicarse a Israel. Es tan obvio que cuesta de ver. Es un principio de jiu-jitsu: dejar que tu oponente use su fuerza contra sí mismo.

 EL PAÍS

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