Bajo el rígido uniforme de un falso aristócrata del decadente Imperio Austrohúngaro, Erich von Stroheim desafió la imaginación y las leyes, industriales y morales, del vibrante Hollywood mudo. Pocos llegaron tan lejos como él y aún menos sufrieron tanto las consecuencias. Mártir y tirano, Stroheim representa al genio incomprendido y destruido por el poder más puritano y la inquina de los productores que no pudieron domesticarlo. La reina Kelly (1929), cuya nueva versión restaurada y reconstruida se estrena ahora en España, fue su tumba. Película inacabada, legendaria y maldita, es, para Dennis Doros, su restaurador junto a Amy Heller, la historia de una “trágica pérdida” que, casi un siglo después de su rodaje y pese a todos sus desastres, conserva “la capacidad de seguir fascinando al público”.
Se estrena la versión restaurada y reconstruida de la legendaria película que no pudo acabar el director de ‘Avaricia’ con Gloria Swanson como protagonista
Bajo el rígido uniforme de un falso aristócrata del decadente Imperio Austrohúngaro, Erich von Stroheim desafió la imaginación y las leyes, industriales y morales, del vibrante Hollywood mudo. Pocos llegaron tan lejos como él y aún menos sufrieron tanto las consecuencias. Mártir y tirano, Stroheim representa al genio incomprendido y destruido por el poder más puritano y la inquina de los productores que no pudieron domesticarlo. La reina Kelly(1929), cuya nueva versión restaurada y reconstruida se estrena ahora en España, fue su tumba. Película inacabada, legendaria y maldita, es, para Dennis Doros, su restaurador junto a Amy Heller, la historia de una “trágica pérdida” que, casi un siglo después de su rodaje y pese a todos sus desastres, conserva “la capacidad de seguir fascinando al público”.
Stroheim (Viena, 1885-Yvelines, Francia, 1957) llegó a Hollywood en la primera década del siglo XX. Con su monóculo colgando, se inventó un linaje de militar prusiano (en realidad era el hijo de un fabricante de sombreros judío) que le daba un aire de intimidante decadencia. Su vanguardismo y exactitud detrás de la cámara iban acompañados de todo tipo de excentricidades que sirvieron para alimentar la comidilla de los estudios. Ni reparaba en gastos a la hora de rodar ni le preocupaban mucho los códigos morales que empezaban a imponerse en un Hollywood cada vez más pacato. Según los rumores que alimentaron su mito, el champán, el caviar y la lujuria de sus películas eran tan reales como su monóculo.
Su némesis, el hombre que hizo todo lo posible para arruinar su carrera, fue el productor Irving Thalberg, con el que mantuvo un pulso constante que acabó desembocando en el enfrentamiento por su obra maestra, Avaricia (1924). Thalberg no solo mutiló las casi diez horas que duraba la versión original de la película, sino que, en un gesto mezquino, quemó el negativo cortado. En esa pira ardió mucho más que la obra de un genio del cine: el sistema de los estudios, la ley del dinero y del más fuerte ganó así la partida sobre el talento y la individualidad artística.

La reina Kelly se fraguó cuatro años después de aquel desastre. La idea era unir al director más grande (y controvertido) con Gloria Swanson, la actriz más grande (y poderosa), en la primera película producida por ella y su entonces amante, un financiero de Boston con ganas de abrirse paso en el mundo del cine, Joseph P. Kennedy, padre del futuro presidente asesinado y de toda una saga de influyentes políticos. Stroheim escribía sus películas y La reina Kelly era la historia de una pobre huérfana encerrada en un convento, Patricia Kitty Kelly (Swanson), enamorada de un príncipe libertino (Walter Byron) que la secuestra para casarse con ella. Pero Kelly, víctima de una reina mala y loca (maravillosa Seena Owen semidesnuda y despeluchada acariciando a su gato blanco), acaba huyendo a un horrible burdel en África, donde acaba coronada como la madame Queen Kelly. La producción preveía 30 rollos de negativo para una película de cinco horas de duración. Durante tres meses, Stroheim rodó con absoluta libertad hasta que Swanson y Kennedy empezaron a asustarse con el derroche por el obsesivo perfeccionismo de Stroheim y, sobre todo, con el erotismo de muchas secuencias. La censura del Código Hays acechaba ya los estudios.
La tercera fuente de desencanto con la producción fue que La reina Kelly era una película muda y la revolución del cine sonoro ya estaba en marcha. Las cuentas no salían y Stroheim fue despedido con apenas la mitad del metraje filmado. Swanson contrató a otro director, Richard Boleslawski, que acabó el trabajo. En 1932 la película se estrenó en Argentina, Francia y Bélgica para después caer en el olvido. Todo el material incluido en la versión que circulará ahora por algunos cines y filmotecas de España pertenece a la versión de 1929 de Stroheim.
“Cuando restauré La reina Kelly en la década de los ochenta, vivíamos en un mundo analógico”, recuerda en un correo electrónico Dennis Doros, que presentó esta nueva versión hace justo un año en el Festival de Venecia. “[Entonces] era una labor sumamente minuciosa. Todo debía planificarse previamente, tanto mentalmente como mediante fichas. Con la llegada de la era digital, el montaje resultó mucho más sencillo. Podía crear fundidos y encadenados en cuestión de segundos, experimentar con el montaje, localizar fragmentos de partes anteriores de la película que mejoraran el resultado de las bobinas finales… Esos procesos en 1985 habrían sido muy largos y costosos”.

La tecnología no fue el único avance importante: en los ochenta, los archivos eran muy celosos de sus fondos —“actuaban como guardianes que solo permitían el acceso a académicos cualificados con fines de investigación”, dice Doros—, pero con el nuevo siglo, eso cambió, y tanto la Biblioteca Kennedy como la del Congreso (que atesora los archivos africanos que se compraron para el tramo final de la película a los cineastas-exploradores Martin y Osa Johnson) y el Harry Ransom Center, que alberga en Austin los fondos de Gloria Swanson sobre la película, aportaron material inédito de trabajo. “Por último”, añade Doros, “la era digital nos ha permitido eliminar gran parte del polvo, las rayas y algunos de los daños propios del nitrato presentes en los materiales de archivo. La película luce mucho mejor que la versión de 1985”.
Para Doros, aunque el mito de Stroheim se sostiene sobre los “sórdidos” personajes de Avaricia, es “el extravagante romanticismo” de La reina Kelly el que casi un siglo después sigue “impactando a los espectadores”. La reputación de la película se sostiene, además, sobre algunas leyendas cuestionables, considera. “Según contaba el director de fotografía, Paul Ivano, tras cada larga jornada de rodaje, Stroheim conducía hasta el famoso burdel de Madame Frances en Los Ángeles y se quedaba allí hasta la mañana siguiente. Ivano llegó a decir que el staff de la madame aparecía en la secuencia inicial de la película, como las acompañantes del príncipe tras su noche de juerga. Sin embargo, según los registros de producción que consulté durante la segunda restauración, una de esas supuestas prostitutas ha sido identificada como la actriz Jean Doree”. Aparece en varios cortometrajes entre 1927 y 1929 y, según un artículo de Los Angeles Times de 1924, había sido bailarina destacada en la película Maytime (1923), de Louis J. Gasnier, y había estudiado ballet ruso bajo la tutela del gran Enrico Cecchetti. Puede que Ivano dijera la verdad, pero tras identificar a una de las actrices, me gusta contar esta otra historia”.

Expulsado de los estudios como un perro, Stroheim se reinventó en los años treinta y cuarenta como actor. Fue la admiración de un joven compatriota suyo exiliado por el nazismo, Billy Wilder, lo que le permitió inmortalizarse a sí mismo en la piel del director-mayordomo de El crepúsculo de los dioses(1950), incomparable noir sobre el cruel destino del Olimpo de Hollywood, que reunía a Stroheim con la mujer que le había dado la estocada final, Gloria Swanson, esta vez en la piel de una estrella del cine mudo en su ocaso.
En la película de Wilder hay una secuencia en la que Norma Desmond (Swanson) y su fiel sirviente proyectan en su decadente mansión de Sunset Boulevard un plano de La reina Kelly en la que ella, más bella que nunca, reza ante un altar mientras la luz de velas se confunde con el brillo de sus ojos. La sugerencia, como otras de la película, fue del propio Stroheim. La secuencia revivió el interés por aquella obra perdida de los estertores del cine mudo.
Wilder había contratado a Stroheim unos años antes para hacer del mariscal Rommel enCinco tumbas al Cairo (1943), y contaba que el día que lo conoció, para “vencer el apuro” que le daba contratar a un genio como él como actor, le dijo: “Con sus películas, usted se adelantó 10 años a su tiempo”. Entonces, Stroheim lo miró brevemente y le corrigió: “¡En 20!”. Sin duda, La reina Kelly, ahora restaurada, llegó demasiado pronto.
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