<p>Tiene 83 años y la mirada de una chiquilla. Se mueve con agilidad por su casa, un intrincado ático en el centro de Madrid, una buhardilla de las de antes, llena de altillos, cuartitos y recovecos en la cuarta planta de un edificio sin ascensor. «La compré en los 70 por cuatro duros, ahora estoy buscando algo más cómodo. <strong>Estoy un poco vieja</strong>».</p>
Protagonizó páginas de periódico y reportajes en el NO-DO en los 70, vendió caro en los 80, pero en los 90 se esfumó. En el ocaso de su vida, busca de nuevo la luz: «Pasar a la historia me importa un pepino»
Tiene 83 años y la mirada de una chiquilla. Se mueve con agilidad por su casa, un intrincado ático en el centro de Madrid, una buhardilla de las de antes, llena de altillos, cuartitos y recovecos en la cuarta planta de un edificio sin ascensor. «La compré en los 70 por cuatro duros, ahora estoy buscando algo más cómodo. Estoy un poco vieja».
Entrar en el universo de Ángela abruma, primero; fascina, después. No queda un centímetro libre, ni en las paredes ni en el suelo. Todo, hasta donde abarca la vista, emana arte. Todo está pulcramente ordenado y limpio, limpísimo. Hay esculturas, claro. Las hay muy grandes y muy chiquititas. Hay dibujos compuestos de sencillos trazos negro sobre blanco. Hay lienzos colgados y papeles coloreados en montones alineados sobre cada mesa. Cuando las manos le dolieron demasiado tras toda una vida empapadas en barro, se pasó al pincel. Hay animales y hay cuerpos desnudos. También, imágenes religiosas, aunque no gustarían a la ortodoxia.
Penetrar en la guarida de Ángela es asomarse a un universo teñido de morado como sus cejas, como la cinta que ha enredado en una de las trenzas que le enmarcan la cara, como los motivos mexicanos de su vestido. Es coqueta, consigo misma y con su arte, que le emerge de dentro como un géiser incontrolable sin boceto previo, sin réplica posible, sin título, al fin. Como ella. «Sólo Ángela, por favor, sin apellidos. Ángela la escultora».
«Ángela es una muchacha infatigable en el trabajo y una enamorada de su arte. Nada deja al azar ni al cuidado de otras manos, desde el amasado hasta el acabado de cada pieza», recita la característica voz nasal del NO-DO, que aquel 11 de enero de 1971 visitaba en blanco y negro el primer estudio de nuestra protagonista en Madrid. Ángela la escultora era, entonces, un nombre habitual en el ambiente artístico madrileño, una asidua del Café Gijón que compartía mesa y tertulia con el pintor «Antoñito» López, con los arquitectos Fernando Higueras y César Manrique, «con artistas, poetas y tal», resuelve ella rápido el recuerdo.
Vendía su arte para vivir, y no vivía mal. «Cobraba por un busto un millón de pesetas de entonces», asegura. Su memoria se acumula en un centenar de artículos de prensa recortados y escaneados por orden cronológico, algunos ya apenas legibles por el paso del tiempo. Arrancan a principios de los 70, son muchos y muy variados en el siguiente cambio de década, se vuelven casi anecdóticos en los 90 y se apagan en 1999.
Ángela la escultora desapareció.
Fue voluntario, dice, se cansó de la fama y de la exigencia artística del prestigio. Pero el ocaso de su vida le ha hecho nacer un deseo: volver a ser, perdurar a través de su arte.
Ángela busca museos que quieran albergar su obra. No quiere vender nada, sólo donarla a quien sepa apreciar y mimar ese imaginario en barro y bronce del que vive rodeada.
La cámara sigue a una joven de 28 años de larga melena lisa y oscura, flequillo hasta bien entradas las cejas y camisa abullonada remangada por debajo del codo. Enfoca sus manos, pequeñas y ágiles, cuando sus dedos, enmarañados de anillos, se hunden en el barro. «Mientras cada pieza adquiere en el horno el tono y dureza definitivos, la joven artista fuma tranquilamente su pipa y da rienda suelta a su fantasía soñando con la nueva tanda de obras que pronto han de seguir a esta última hornada», corona la narración el reportaje. «Era muy bohemia», suspira ahora mientras abre la puertecita de su estudio, en lo alto de una escalerilla de caracol que trepa con extremo cuidado. La edad le ha despertado nuevos miedos. «Baja delante de mí, por si acaso», solicita. En la linde que separa la vivienda del espacio de trabajo, un pequeño cartel de cerámica floreado indica «Angela’s room». La misma insignia coronaba la entrada a su estudio cuando vino a grabarla la televisión.
«Me harté de la fama, obligaba a mucho trabajo y la escultura es muy, muy dura, pero no me arrepiento. Ya había vivido la gloria y quería estar tranquila»
55 años después, otra cámara recorre las entrañas artísticas de una mujer diferente a todas las demás. El periodista Julen Hernández relata la historia desconocida de la artista famosa que se esfumó sin dar explicaciones en un documental, Donar su obra antes de morir. De Ángela la escultora a Ángela la divina, que se puede ver en su canal de YouTube. «Estaba investigando para un libro sobre Madrid y di con su reportaje en el NO-DO. Se me hizo espectacular que en ese contexto político hubiese una ceramista mujer a la que diesen tanto bombo y de una manera tan curiosa. Era una diva maravillosa», relata.
A Ángela la pulsión artística le llegó casi por casualidad. Recién inaugurada la veintena se fue a Londres con un trabajito de au pair y el objetivo de aprender inglés. «Era una cría. Como soy zurda y disléxica, en realidad, nunca lo hablé bien», cuenta. La experiencia londinense, sin embargo, le gustó tanto que buscó una beca de estudios para no tener que volver. «Me matriculé en una escuela de arte, dibujando, y el profesor se enamoró de mí. Decía que yo tenía mucho talento y colgaba todo lo que yo pintaba en las paredes», rememora.
Y entonces, llegó la cerámica, y aquella pulsión artística todavía tímida explotó. Había nacido Ángela la escultora. «Al principio hacía piececitas pequeñas, también colgantes que vendía por los mercados. ¿Tú sabes ese parque tan grande en Londres donde la gente vende su arte? Pues allí estaba yo siempre. Me decían Ángela la hippie». Allí la vio un galerista, y luego otro, y los colgantes fueron creciendo hasta convertirse en tallas considerables, y llegaron las exposiciones y al borde de la treintena decidió volver a España, ya convertida en artista.
«Fue toda una aventura», relata, y se le encienden todavía más los ojos vivarachos. «Me trajo un tipo un poco raro en una furgoneta, con todas mis esculturas metidas en baúles, y en lugar de en Madrid, me dejó en Barcelona». Cuando encontró la manera de llegar a la capital con todo aquel equipaje, alquiló un pequeño estudio. Enseguida llegó la primera exposición, en la Galería Círculo 2, que se extinguió en 1981 pero entonces era de primer nivel. «Puse un horno en mi estudio y empecé a trabajar, a exponer, a dar entrevistas, también a emborracharme y a salir, era muy bohemia».
Ángela la escultora era muy conocida pero ganaba lo justo para poder seguir creando. «Mi obra no era vendible al gran público. Era erótica, y aquí eran muy religiosos. Me compraban, sobre todo, otros artistas», dice. Ese erotismo le brotaba de las manos sin planear nada, cogía un trozo de barro y le salían cuerpos enredados, desnudos, siempre sin cabeza ni extremidades. A veces les añadía cabezas de animales, más en consonancia con su naturaleza, sobre el cuello o entre las piernas. «Yo nunca he sido práctica en la vida. Los brazos sirven para hacer cosas, como la cabeza. El intelecto no es interesante en un artista. Solo me interesan los torsos. ¿Y qué cosa hay más bella que un torso desnudo?».
Fue, sin embargo, la practicidad más absoluta la que le hizo pasarse, cuando tuvo los medios, del barro al bronce. «El barro se rompe», alega. Modelaba a la cera perdida, para que cada pieza fuera única. Y hacía bustos por encargo y torsos por gusto. «El retrato requería mucho tiempo. Si el modelo no podía quedarse tanto, le tiraba 30 o 40 fotos y le hacía venir cinco o seis veces para rematar. Me pedían muchísimos», cuenta. Cuando el metal se enfriaba, le aplicaba la pátina, con su brocha y su soplete y el acabado se tornaba más verde, más rojizo, más dorado. «Amé el bronce y la cera tanto como el barro», reconoce.
Decían de ella que era «fatalmente escultora» y ella habla de la tierra, de cómo le gustaba sentirla con las manos. «El amor es materia», resume. Ángela necesitaba sacar de dentro las imágenes que le nacían dentro. Era una necesidad física. Si no lo hacía, su cuerpo le castigaba con sueños terribles. «Cada escultura era un impulso que salía de mí. La escultura espantaba mis pesadillas. Si no, no podía vivir. Soñaba que una escultura enorme y monstruosa venía hacia mí y me ahogaba», describe. Nunca bautizó su obra, es imposible poner palabras a un sentimiento.
«No quiero deshacerme de mis esculturas en vida porque disfruto viéndolas, pero llegará un momento en que no pueda mantenerlas. Estoy un poco vieja»
Aquella llamada sobrenatural la acompañó hasta que las manos dijeron basta, pero en los albores del nuevo milenio eligió retirarse de la primera línea. «Me harté», asegura. «Exponer obligaba a trabajar muchísimo y la escultura es muy, muy pesada, así que preferí que mi arte quedara para mí y para los míos. Y nunca me arrepentí, ya había vivido la gloria y prefería estar tranquila».
La muerte de su gran amor, el arquitecto José Enrique Ruiz-Castillo, hace una década, le despertó la necesidad de pensar en el después, de sacar su obra a la luz y devolvérsela al público. De vivir para siempre en su legado. «Me di cuenta de que no me quedaba mucho. Yo no quiero deshacerme de mis esculturas en vida porque disfruto viéndolas, pero llegará un momento en que no pueda seguir conviviendo con ellas aquí, en esta casa tan complicada para una mujer mayor. Y me gustaría darles el hogar que merecen», dice.
Ángela la escultora quiere regalar su arte a los museos. Ya está en conversaciones con algunos, pero su herencia artística tiene tal magnitud que hace un llamamiento a quien quiera escuchar. ¿Cómo querría Ángela que recordaran su obra? ¿Cómo querría pasar a la historia del arte? «El ser humano siempre me ha interesado», responde. «Me fascina, sobre todo, su capacidad de sentir. Pasar a la historia me importa un pepino. Lo que me importa es lo que despierta en los demás cuando miren una de mis creaciones».
Y se dirige a la periodista: «Me importa que escribas lo que has sentido aquí, en mi estudio, con todas mis esculturas y mis dibujos. Que lo cuentes». Espero, Ángela, haber sabido transmitir la oleada de amor y sensualidad de tu buhardilla, impecablemente caótica.
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