<p><strong>Bárbara Lennie (Madrid, 1984)</strong> es Pedro Almodóvar. Dicho así desconcierta y, a poco que uno se acerque a ver <i>Amarga Navidad, </i>el último trabajo del manchego, el desconcierto se mezcla con la sorpresa hasta alcanzar el grado de simple misterio. Quizá milagro. En efecto, su personaje, con sus dolores de cabeza y sus crisis de pánico, no es otro que el de una directora de cine tan perfectamente Pedro Almodóvar que se diría él mismo. José Sacristán la definió como la Ava Gardner del cine español y suya es una filmografía que va de Asghar Farhadi a Rodrigo Sorogoyen pasando por Alberto Rodríguez, Jaime Rosales o Nely Reguera. Ahora, junto a Aitana Sánchez-Gijón, Victoria Luengo y Milena Smit expone su rostro en la más cruda exhibición de primeros planos del cine reciente. Y llora. Pocas actrices lloran tanto y tan bien como Bárbara Lennie.</p>
La actriz, que protagoniza Amarga Navidad, la última película de Pedro Almodóvar, reflexiona sobre la responsabilidad y el privilegio de trabajar con el director, sobre el llanto, sobre la maternidad y sobre el presente de la Argentina de la que es originaria
Bárbara Lennie (Madrid, 1984) es Pedro Almodóvar. Dicho así desconcierta y, a poco que uno se acerque a ver Amarga Navidad, el último trabajo del manchego, el desconcierto se mezcla con la sorpresa hasta alcanzar el grado de simple misterio. Quizá milagro. En efecto, su personaje, con sus dolores de cabeza y sus crisis de pánico, no es otro que el de una directora de cine tan perfectamente Pedro Almodóvar que se diría él mismo. José Sacristán la definió como la Ava Gardner del cine español y suya es una filmografía que va de Asghar Farhadi a Rodrigo Sorogoyen pasando por Alberto Rodríguez, Jaime Rosales o Nely Reguera. Ahora, junto a Aitana Sánchez-Gijón, Victoria Luengo y Milena Smit expone su rostro en la más cruda exhibición de primeros planos del cine reciente. Y llora. Pocas actrices lloran tanto y tan bien como Bárbara Lennie.
- Trabajó con Almodóvar en La piel que habito, ahora, dos pasos adelante, da vida a un personaje que es él mismo, Bárbara Lennie es Almodóvar. ¿Cómo se lleva esta transfiguración?
- Impone y es extraño porque en ningún momento él me dice que yo fuera él de algún modo. Es todo un juego de sobreentendidos o malos entendidos. Pero sí, fue un poco shock. Recibo el guion, lo leo y, ¡perdona!, ¡voy a hacer un trasunto femenino de Pedro Almodóvar! Pero también es cierto que esto es lo más divertido. Mi personaje no es una mujer a la que le duele muchísimo la cabeza, que tiene una crisis creativa y que no sabe si va a volver a escribir. No, es más que eso, es el propio Pedro que, de alguna manera, te explica cómo entiende las relaciones personales y creativas.
- ¿Y qué conclusión sacó de cómo entiende el mundo Pedro Almodóvar?
- No me atrevería a sentar cátedra. Me muevo mucho por la intuición y sí que hay algo de personalidad arrolladora, ambivalente y que va y viene entre la luz y la sombra. Por otro lado, lo que he descubierto es que le gusta mucho hacer reír. Es un gran cómico en lo íntimo. Eso es lo que más me ha gustado de todo este viaje: que me reí mucho. Es decir, es un gran cómico que, por otro lado, arrastra una gran pesadumbre.
- ¿Cuánto pesa la responsabilidad de estar donde quieren estar tantas actores y actrices? ¿Se ve en el papel de chica Almodóvar?
- Lo más difícil de trabajar en un proyecto con Pedro es olvidarte que estás en un proyecto con Pedro en el sentido, digamos, más frívolo. Tienes que hacer un esfuerzo por desnudar al mito Almodóvar y concentrarte en que simplemente estás con un creador que está ahí para hacer su película igual que tú como actriz. Hace diez años cuando hice La piel que habito ni siquiera recuerdo cómo fue ese rodaje de lo nerviosa que estaba. Pero, claro, Pedro era otra persona.
«Lloro todo lo que puedo. Llorar está muy bien, tiene que ver con la empatía con la escucha del otro»
- ¿Mejor o peor?
- Yo diría que ahora es más feliz, está más tranquilo y mucho más disfrutón. Ahora está mucho más expuesto y, sin embargo, se le ve mejor. Diría que el encuentro con él ha sido muy orgánico. Él me sigue desde hace mucho, incluido todo lo que he hecho para teatro. Piensas en tantas historias que te han contado con actores y actrices míticas y siempre da un poco de vértigo, pero al final hemos sido un matrimonio bien avenido. Nos hemos cuidado mucho, nos hemos respetado mucho y también hemos mantenido cierta distancia saludable. Cuando te cruzas con un director tan valorado, siempre intentas ser un poco su enamorada. En este oficio todo el rato se habla de la seducción, constantemente se establecen vínculos de admiración y de dependencia. Y yo creo que eso está bien, pero también puede ser paralizante. Y en ese sentido creo que hemos encontrado un lugar agradable para los dos.
- En la película se llora mucho. ¿Cómo se llora en el cine?
- Esa es una pregunta que no se puede hacer. Cada uno llora como puede. A mí personalmente no me resulta difícil. Para mí es una cuestión de tranquilidad, de concentración y de respiración.
- ¿No piensa en cosas terribles?
- No, ni me pellizco ni nada de eso.
- ¿En su vida llora a menudo?
- Lloro todo lo que puedo. Creo que es muy saludable. Los hombres lloráis menos y es un error. Es una cuestión de educación. Pero insisto, llorar está muy bien. Hay algo de mostrarse blando en un mundo tan duro que creo que es esperanzador. Llorar tiene que ver con la empatía, con la escucha del otro… Es bueno para los otros, no solo para uno mismo. Lloro y me río sin parar. Creo que una cosa va unida con la otra.
- Hace poco el argumento de las entrevistas era su vuelta al trabajo tras una pausa de un año por la maternidad. Además aparecía como personaje real en el libro La llamada de Leila Guerriero, basado en parte en el sufrimiento de su familia más directa durante la dictadura argentina [su tía, Cristina, la hermana mayor de su padre, murió tras ingerir una cápsula de cianuro cuando era perseguida por el tristemente célebre Alfredo Ignacio Astiz, y otra de sus tías, Sandra, fue torturada en presencia de sus abuelos]. ¿En qué momento diría que está ahora?
- Diría que en un momento importante. Trabajar con Pedro tiene mucha importancia y no pienso quitarle un gramo de ella. Durante mucho tiempo he sido excesivamente modesta y no pienso serlo más. Si Pedro te elige para su película es relevante. De repente, lo quieras o no, formas parte de la historia del cine, formas parte de un grupo de mujeres a las que he admirado y admiro mucho. Vayas donde vayas, ya te ubican por esa película y eso pasa muy pocas veces. Me di cuenta de ello la primera vez que fui a Cannes o cuando fui a los Premios del Cine Europeo. Y en eso estoy ahora y, además, me viene en un momento en el que puedo disfrutar mucho. Tengo más ganas de trabajar que nunca.
- ¿Deduzco que ha pasado algún momento malo?
- Claro. Pero sobre todo lo que ha pasado es que ser madre te resitúa en el mundo, te conecta con lo que te importa de verdad. Pero sí, recuerdo un periodo en el que trabajé mucho con Farhadi, Rosales, Sorogoyen… y luego me desinflé, me desengañé. Y ahora es cuando noto que digo: «Ah qué bien, esto me gustaba por esto». Echo la vista atrás y tengo la impresión de haber trabajado con directores muy exigentes, muy obsesivos. Pero no me quejo, es el pacto. Aunque eso tiene consecuencias y sales anémica.
- ¿Y vale la pena?
- Cuando vas cumpliendo años, lo relativizas. Ahora no haría lo que hice entonces. Pero entonces, claro que valió la pena. Yo necesitaba hacer lo que hice. Tenía la sensación de que lo que siempre soñé hacer se estaba realizando. Y además estoy muy contenta de esos títulos. Y eso es importante.
- Hay quien mantiene que solo el dolor inspira…
- El drama lo cambia todo. No sé si del dolor, pero la inspiración surge de la insatisfacción. Eso sí. Inspira sentirse insatisfecha. De la satisfacción es complicado sacar nada. Todo lo interesante viene de buscar otra cosa de lo que tienes y de donde estás.
«Siempre da un poco de vértigo el mito de Almodóvar, pero, al final, hemos sido un matrimonio bien avenido»
- ¿Eso que comenta es solo suyo o más bien generacional?
- Es cierto que todos estamos rodeados de gente muy insatisfecha con sus vidas, muy angustiadas. Somos una generación de angustiados y angustiadas y los que vienen detrás, también. Y sospecho que para ellos es peor porque además están expuestos mucho más que nosotros a las redes y a la inmediatez. Pero quiero ser optimista y quiero creer que nos daremos cuenta en algún momento.
- ¿Cuánto le preocupa a una actriz formar parte de la historia del cine que ha dicho antes?
- Bueno, no es que me preocupe, pero lo encuentro muy divertido por la sencilla razón de que el cine me gusta mucho. Siempre me ha gustado más el cine que interpretar. Durante la mayor parte de mi vida he sido más espectadora que actriz. Las películas son cartas al futuro y pienso que todo lo que hago en algún momento se lo voy a enseñar a mi hija que está creciendo. Y me hace bastante ilusión. Ella fue al rodaje vestida de Wonder Woman y algún día verá la película.
- Lo de la maternidad como experiencia que resitúa suena, si me lo permite, a lugar común. ¿Qué me dice de su lado más oscuro, de su faceta exigente?
- Sí, sí, no lo oculto. Ha sido un primer año como madre infernal que lo he pasado aterrorizada, paralizada, fuera del mundo, sintiendo que no podía volver. Y a la vez fascinada. Es profundamente ambivalente para mí. Lo abracé desde el minuto uno porque sentí que lo tenía que hacer. Si me lo hubiera planteado de manera racional, creo que no habría dicho que no. Lo pasé muy mal, tuve un posparto infernal. Tardé un año en volver a rodar.
- ¿Es obsesiva?
- Un poco. Es un lío, hago excels para ver cómo me organizo, con quién viajo, con quién no viajo. Es un jaleo de flipar. Cuando llega un propuesta, lo primero ahora es: ¿dónde? ¿Cuánto tiempo?
«Argentina arregló sus cuentas con el pasado mejor que España y elige un presidente que ningunea a los que sufrieron»
- Luego está eso tan feo del sentimiento de culpabilidad.
- Sí, es algo cultural. Las francesas, por ejemplo, son mucho más killers que nosotras. Pero a nosotras todo esto nos cuesta mucho dinero de terapia. Imagino que tiene que ver que el propio trabajo de actriz lleva consigo un nivel de incertidumbre enorme. Nunca tienes la impresión de haber llegado a un momento de tranquilidad. Ahora mismo, por ejemplo, no tengo nada en perspectiva.
- ¿Volverá a su proyecto sobre su familia en el que trabaja desde hace tiempo?
- De momento, lo he aparcado porque genera muchas más preguntas y me remueve mucho por dentro. No es el momento. Tengo que cumplir unos años más de felicidad antes de embarcarme en algo tan duro.
- ¿Y cómo ve lo que sucede en Argentina? El presidente actual niega la dictadura que acabó con parte de su familia.
- Es tremendo. Es un país que arregló las cuentas con su pasado mucho mejor que España incluso y, de repente, la sociedad elige a un presidente que revisa todo y ningunea a los que sufrieron tanto. No sé hacer un análisis de lo que está sucediendo en Argentina. Hablo con mi familia y tampoco saben qué decirme. Es tan fuerte que están bloqueados. Y lo más tremendo es que mucha gente que no esperarías nunca que estuviera a favor, de repente está a favor de Milei. Argentina nunca deja de sorprenderte.
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