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  Cultura  Bernardo Atxaga: «Siempre me ha dado pavor volverme loco»
Cultura

Bernardo Atxaga: «Siempre me ha dado pavor volverme loco»

abril 12, 2026
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<p>El <a href=»https://www.elmundo.es/cultura/literatura/2019/11/11/5dc9470bfc6c8318528b461d.html» target=»_blank»>Premio Nacional de las Letras Españolas</a><strong>Bernardo Atxaga</strong> cuenta que <i><strong>Golondrinas</strong></i>, su nueva novela (Alfaguara), es la más libre de las que ha escrito en 50 años de carrera y que eso es gracias a la voz de su narrador, un ángel zumbón y bromista que saluda a los lectores en el día la muerte de <strong>José Manuel Urtain, aizkolari, levantador de piedras, boxeador, campeón de Europa y suicida en Madrid</strong>. Después, ese ángel viaja hasta la muerte del enemigo del campeón, el hijo encanallado de una amante de Urtain, y al entierro de un artista que habitó los lugares de los dos antagonistas.</p>

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 El Premio Nacional de la Letras Españolas construye con su novela Golondrinas, un relato libre guiado por la voz de un ángel zumbón y bromista que saluda a los lectores en el día de la muerte de la figura del boxeo José Manuel Urtain  

El Premio Nacional de las Letras EspañolasBernardo Atxaga cuenta que Golondrinas, su nueva novela (Alfaguara), es la más libre de las que ha escrito en 50 años de carrera y que eso es gracias a la voz de su narrador, un ángel zumbón y bromista que saluda a los lectores en el día la muerte de José Manuel Urtain, aizkolari, levantador de piedras, boxeador, campeón de Europa y suicida en Madrid. Después, ese ángel viaja hasta la muerte del enemigo del campeón, el hijo encanallado de una amante de Urtain, y al entierro de un artista que habitó los lugares de los dos antagonistas.

Otro dato previo. Si a Atxaga se le pregunta: «¿Cómo está, Bernardo?», él contesta: «En mi órbita».

¿Qué significa «en mi órbita»?
La órbita es… No sé qué órbita es porque no es la de los 20 años ni la de los 40. Pero es esta órbita mía y los planetas los veo alrededor. Veo otros planetas por ahí más peligrosos que el mío.
¿Le atormenta mucho el mundo? ¿O está queriendo decir que ya está en otro sitio?
No, en otro sitio no. Pero ahora que lo dice, me acuerdo, de una cosa que dijo la mujer de César Vallejo. Decía que el peruano sufría por el mundo. Decía que era muy duro vivir con él porque era como si todas las desgracias cayeran sobre él. Que era como los peces abisales que chupan los metales pesados. Inevitablemente, a mí el mundo me pesa. Me acuerdo del poema El peso del mundo. Ahora pesa mucho el mundo, mucho más que antes. También porque sabemos más.
Muchas de sus novelas han estado un poco fuera del mundo. ¿Esta también?
Bueno, estoy fuera de unos mundos y dentro de otros. En esta novela, por ejemplo, entro en el mundo, para mí básico, de los desamparados. El de los que no están en su lugar, el de los que vivían en un espacio y han tenido que marchar. Es un tema tremendo para mí, y no es el gran mundo, el mundo de los reportajes, o el de la historia. Parto de un desamparado, para mí eso fue Urtain. Fue un hombre que se marchó al espacio exterior como los astronautas y se perdió. Parto de ahí y luego en cada línea, o al menos yo intento que en cada línea, dejo llamadas al lector. Ese punto de: «Acuérdate».
Me acuerdo de que Leonardo Padura decía que el mundo está lleno de escritores cubanos que se fueron de Cuba y perdieron el don de la literatura. ¿Está hablando de un desarraigo de lugar?
A lo mejor la forma más breve de responder a eso es referirme al desarraigo del mundo de mis poemas. Es decir, los temas a los que vuelvo son los que están en mis no muchos libros de poemas. La locura, el absurdo…
¿Algunas de sus novelas ignoraron ese núcleo?
Tuve que salir de ese mundo en las llamadas novelas políticas. Escribí El hombre solo, El hijo de la acordeonista, todas estas novelas en las que salí de mí mismo, Bueno, el mundo te reclama, el mundo está en la escalera, está llamando y tienes que responder. No porque el tema esté en los periódicos, a tu alrededor, sino porque conoces casos, te ocurre el mundo y sales a él. Poco a poco voy volviendo a mi otro mundo, al mío.
Usted ha vivido en Barcelona. ¿En qué más sitios que no sean de habla euskera?
He vivido en Estados Unidos. He vivido en Francia. En Extremadura.
¿Y qué tal te sentaba como escritor? ¿Qué tal te sentaba como escritor no tener a nadie con quien hablar en euskera?
No fue un problema. Los escritores hablamos con el cuaderno, hablamos con las lecturas. Nunca sentí esa falta. Notaba mucho no entender a la gente a mi alrededor porque mi inglés era precario. A esa extrañeza de la lengua sí que le di muchas vueltas. Pero en cualquier sitio en el que se habla castellano o francés estoy con naturalidad. Yo creo que conocer bien una lengua es casi lo mismo que conocer bien un paisaje. Si usted ahora me pidiera que le dibujara el mapa de los lugares de mi infancia, lo haría. Y milimétrico. Y si me pregunta por el matiz de tal expresión en lengua vasca comparada con tal otra, lo mismo.

«Urtain era un hombre bueno en el mejor sentido de la palabra. No midió su salto. Aceptó el riesgo y perdió»

Hablo de oídas, pero alguna vez me contaron que el mundo de los deportes vascos era muy autodestructivo. Que las apuestas en los frontones eran tremendas, que había historias de fortunas que se perdían…
En los frontones también pasaba, pero no tanto. La pelota es un mundo más moderno, más alegre que el mundo rural de los levantadores de piedras. El mundo de los levantadores de piedras y de los aizkolaris es mucho más dramático, mucho más duro. Ahí era donde se perdían fortunas de manera absurda. También hay casos en el mundo de la pelota. O leyendas. Había un caso de un fanfarrón que apostó un millón por un pelotari que tenía su partido ganado. Entonces, el rumor de que alguien había apostado un millón le llegó al pelotari, se puso nervioso y perdió. Y el fanfarrón no pagó su apuesta porque por ley no estaba obligado, pero se convirtió en un paria, alguien que no podía comprar un boleto en el frontón… Hay casos así, pintureros, pero es en el mundo rural de la piedra y del hacha donde las apuestas han sido más dramáticas. Nosotros creemos que el mundo es uno en todas partes, pero hay matices. Cada 20 kilómetros hay un mundo. Ese mundo lo he conocido yo y podía haber hablado de él en el libro. Bueno, tangencialmente lo hago. Pero me interesa más el tema poético del desarraigo.
¿En su juventud había mucha gente dirigida a la autodestrucción de una manera obvia?
Claro. Donde más, en los cuarteles, en el servicio militar de año y medio que hice. Pero lo vemos todos constantemente. Mire, le doy una pequeña vuelta a la pregunta: no es el hecho de que haya locos lo que me interesa. Es cómo su locura se mete en la vida de los que estamos a su alrededor y creemos que no estamos locos porque hemos conservado un trabajo y una familia. La locura es como ese verso: Nadie que paseó bajo las palmeras volvió indemne. Siempre me ha dado pavor volverme loco, porque vi volverse loca a una amiga que era médico y que se pasaba todo el día riendo hasta que se tiró del balcón.
¿Urtain estaba loco?
No, no. Urtain dio un salto. Creció en un mundo en el que era un rey. En el mundo rural. Urtain era con 20 años un personaje legendario. Se decía de él que era capaz de tomar carrerilla y ¡pum! saltar por encima de un coche. Era legendaria su fuerza y la fuerza en aquel universo tenía mucha importancia. Entonces, Urtain aceptó dar otro salto, del mundo rural en euskera al mundo del boxeo, donde las fuerzas que giran son completamente diferentes. El dinero era otra cosa, las tentaciones, la corrupción… Piense en la relación que han tenido siempre los dictadores con el boxeo.
Era una persona simpática, tenía habilidad para encajar.
Yo tengo en el recuerdo muy buena opinión de él. Yo creo que era un hombre bueno en el mejor sentido de la palabra. Así lo creo. Ocurre que no midió su salto. Su desarraigo, ¿de dónde viene? Pues fundamentalmente de que una vez que salió de su zona, ya no pudo volver. Se ve la película de Manuel Summers [Urtain, el rey de la selva… o así, 1969].
¿Está bien esa película?
Está bien. Si se sabe euskera se entienden más cosas, porque, a veces, Urtain habla con su mujer en euskera y dice cosas que… Tela. Bueno, lo que quiero decir es que se ve que el pueblo lo rechazó. Urtain no calculó bien el salto que estaba dando. O quizá sí, aceptó el riesgo y perdió. Tuvo los millones, las mujeres, la fama, pero cometió el error de hacer que su vida fuera pública de una manera que en su zona, en su universo era inaceptable.

«Ahora pesa mucho el mundo, mucho más que antes. También es porque sabemos mucho más de él»

Y al volver a casa lo rechazaron.
Claro. Yo en el libro copio un poema de mi hermano. Las veces que Urtain vuelve a casa, salen unos hombres con hachas y le dicen que no vas a pasar. Y no pasa. Y nos puede pasar a todos nosotros, que perdamos el centro, que seamos como peonzas que se quedan sin su punta. La punta puede ser un territorio, o un trabajo, o un amor, o… lo que sea, pero es un punto de apoyo para girar y para vivir.
El narrador angelical de esta novela parece cosa de una comedia de Shakespeare.
Por completo. A ver, sería un poco tontería que me pusiera a ponderar a Shakespeare, como si lo necesitara, pero sí, es una referencia aquí. Me atrae muchísimo cómo hila discursos tan diferentes. Del sermo gravis al tono barriobajero, y de ahí, al infantil. La escena que más me emociona suya es una en Romero y Julieta, cuando Mercucio está herido de muerte y va recitando un soliloquio elevadísimo sobre la reina. ¡Y en Shakespeare están los fantasmas!
¿Cómo le suena eso de que España sea el país preferido de la izquierda europea?
En un mundo que está en los presagios del desastre, me parece bien cualquier declaración que vaya en contra de esa dirección. Incluso si es una declaración retórica.

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