Polaco, genio, romántico, tuberculoso. No necesariamente en este orden. La arrebatada personalidad del pianista y compositor del siglo XIX Frédéric Chopin quedó seguramente marcada por estas cuatro particularidades asociadas a su ser interior y a su estar exterior. Sin embargo, resulta llamativo cómo las sucesivas películas que se han acercado a su fascinante existencia, en diferentes épocas y con estilos radicalmente opuestos, han ido poniendo el acento en una o varias de sus singularidades (o en las distintas etapas de su vida), dejando en cambio de lado parte de las otras. Chopin, superproducción polaca de 16 millones de euros de presupuesto, dirigida por el inédito en los cines españoles Michal Kwiecinski, soslaya en cierta medida el empuje nacionalista de su personalidad, en favor de sus rabiosas ganas de disfrutar pese a su grave enfermedad.
Esta superproducción polaca soslaya en cierta medida el empuje nacionalista de su personalidad en favor de sus rabiosas ganas de disfrutar pese a su grave enfermedad
Polaco, genio, romántico, tuberculoso. No necesariamente en este orden. La arrebatada personalidad del pianista y compositor del siglo XIX Frédéric Chopin quedó seguramente marcada por estas cuatro particularidades asociadas a su ser interior y a su estar exterior. Sin embargo, resulta llamativo cómo las sucesivas películas que se han acercado a su fascinante existencia, en diferentes épocas y con estilos radicalmente opuestos, han ido poniendo el acento en una o varias de sus singularidades (o en las distintas etapas de su vida), dejando en cambio de lado parte de las otras. Chopin, superproducción polaca de 16 millones de euros de presupuesto, dirigida por el inédito en los cines españoles Michal Kwiecinski, soslaya en cierta medida el empuje nacionalista de su personalidad, en favor de sus rabiosas ganas de disfrutar pese a su grave enfermedad.
Unas impetuosas formas de pasar por el mundo, siempre unidas a su genio musical, en las que estuvo acompañado por otros personajes célebres de la época, con la escritora y amante George Sand y su amigo y compañero de juergas Franz Liszt como principales exponentes. Y que, en su biografía cinematográfica, con guion de Bartosz Janiszewski, el director ha preferido acotar a la etapa entre 1835, cuatro años después de su llegada a París, y 1849, apenas unos meses antes de su muerte, a los 39 años de edad.
Kwiecinski aprovecha bien el estupendo diseño de producción y la ambientación parisina en palacios y calles, a pesar de que en determinados planos la corta profundidad de campo emborrone un tanto el lujo. Y lo hace con cámara ágil, espectaculares travellings con grúa por los palacios (hay uno que parece sacado del portento hitchcockiano de Inocencia y juventud, acabando en un primer plano partiendo desde las alturas), y dinámicas tomas con el protagonista de espaldas, siguiéndolo por calles y pasillos casi como en una improbable película de época de los hermanos Dardenne.

Ahora bien, lo esencial en Chopin, mucho más que la cámara, es la música, las relaciones del artista y su constante combate vital. La música, no solo clásica y de piano, pues el director acompaña su relato con una anacrónica banda sonora del alemán Robot Koch, cercana en algunos pasajes a la electrónica inmersiva, chocante aunque en modo alguno desdeñable. Las noches de jarana junto a Liszt, un nexo que ya trató cinematográficamente el británico Ken Russell en una de sus habituales alegorías sexuales: Lisztomania (1975), con Roger Daltrey de protagonista y música de Rick Wakeman, en la que Liszt (y de paso, Chopin, aunque ridiculizado) era tratado como la primera estrella del rock de la historia. Y, por supuesto, sus amores prohibidos con Sand (seudónimo de Aurore Lucile Dupin de Dudevant) y sus trágicas vacaciones en España (de donde los echaron por creer que su enfermedad era contagiosa), que dieron lugar a la novela autobiográfica Un invierno en Mallorca, en la que la escritora nunca cita a Chopin por su nombre, llamándole casi despectivamente “el enfermo”. Una etapa que también tuvo su traslación al cine: la singular película homónima de Jaime Camino, de 1969, con Lucía Bosé como Sand.
A la escritora, de compleja personalidad, esta nueva versión para cine la trata con mayor afecto que otras. O, al menos, lejos de La nota azul (1991), de Andrzej Zulawski (como la de Russell, un arrebato formal constante), ambientada tras la ruptura de sus relaciones sentimentales. Y, sobre todo, en las antípodas del retrato de arpía compuesto por la más clásica de las películas sobre Chopin: la acartonada pero interesante Canción inolvidable (1945), de Charles Vidor, la versión que más incidía en el nacionalismo del compositor (volcado en sus Polonesas), donde Merle Oberon se hacía odiosa.
Un nacionalismo, aquí bastante difuminado (de hecho, la historia prefiere culminar con la revolución francesa de 1848), en pos de lo mejor de esta Chopin: la sonrisa casi perenne de un genio que sabe que sus días están contados, y una parte final de la película más conceptual y menos narrativa, que deja un regusto gratificante.
Chopin
Dirección: Michal Kwiecinski.
Intérpretes: Eryk Kulm, Joséphine de La Baume, Victor Meutelet, Lambert Wilson.
Género: drama. Polonia, 2025.
Duración: 110 minutos.
Estreno: 16 de octubre.
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