<p>El Museo Reina Sofía expone por primera vez algunos de los 27 grabados de la <i>Suite Vollard</i> de Picasso que <strong>un grupúsculo de los Guerrilleros de Cristo Rey vandalizó en la Galería Theo de Madrid</strong>. Alguna vez me lo contó al detalle la mítica galerista Elvira González, que interpuso la primera demanda en España contra la ultraderecha. Varios sujetos irrumpieron en la galería, amenazaron con una navaja a la asistente de Elvira, zarandearon a un joven arquitecto que visitaba la exposición y después martillearon las piezas, les arrojaron ácido y pintura roja, y dejaron de remite unas octavillas ridículas en las que acusaban a Picasso de <strong>»marxista, militante del partido comunista, antipatriota, proxeneta, homosexual, pornógrafo e hijo ilegítimo»</strong>. Era 1971. Desde entonces, las piezas atacadas esperaron en una carpeta. Casi nadie las había visto hasta ahora.</p>
España ha superado ratos peores que estos de hoy. Días feísimos en que algunos confundían el siniestro franquismo con una suave dictadura inestable
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El Museo Reina Sofía expone por primera vez algunos de los 27 grabados de la Suite Vollard de Picasso que un grupúsculo de los Guerrilleros de Cristo Rey vandalizó en la Galería Theo de Madrid. Alguna vez me lo contó al detalle la mítica galerista Elvira González, que interpuso la primera demanda en España contra la ultraderecha. Varios sujetos irrumpieron en la galería, amenazaron con una navaja a la asistente de Elvira, zarandearon a un joven arquitecto que visitaba la exposición y después martillearon las piezas, les arrojaron ácido y pintura roja, y dejaron de remite unas octavillas ridículas en las que acusaban a Picasso de «marxista, militante del partido comunista, antipatriota, proxeneta, homosexual, pornógrafo e hijo ilegítimo». Era 1971. Desde entonces, las piezas atacadas esperaron en una carpeta. Casi nadie las había visto hasta ahora.
Lo interesante de recuperarlas ahora es que sea ahora. La fibrilación de la extrema derecha en Europa recuerda algunos tics del pasado. No digo, en absoluto, que ahora salga alguien a darle martillazos de nuevo a los picassos, pero que hay un espíritu pendenciero subido de decibelios sí que es algo creíble. Cierto que las únicas yemas que en los últimos años han perpetrado acciones contra las obras expuestas en museos son comeflores ridículos apuntados y apuntadas a colectivos de salvación de las ranas de San Juan en los pantanos u otros asuntos de interés subnormal. Mujeres y hombres que se untan la mano de Loctite y se pegan a la pared después de echar pintura roja a algunas telas. Esto es así. Pero más allá de esos inspirados, nadie. Por eso ver de una vez lo que en otro tiempo hacían los ultras con los aguafuertes de Picasso advierte de cómo éramos y a qué poco estamos de aquel tiempo ultramontano (si es que no lo hemos adelantado ya).
Apalizar los aguafuertes nos degradó un poco más ante una Europa que caminaba más recta que nosotros en derechos, en libertades, en verdades. Aquellos ultras tenían claro que acusar y destrozar era preferible a comprender. A esto me refiero. España ha superado ratos peores que estos de hoy. Días feísimos en que algunos confundían el siniestro franquismo con una suave dictadura inestable. Ahora que Vox crece a lo loco en las encuestas conviene recordar aquel tiempo fosco vencido al final por un afán de luz. Ahora pinta feísimo, pero como no existe regeneración sin trauma habrá que trabajarse poco a poco la regeneración. Contra los reaccionarios de siempre.
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