<p>Alguien decidió, siguiendo «un plan de señalética», mancillar con unas grandes letras de bronce el frontispicio de las tres portadas del noble y elegantísimo edificio de Juan de Villanueva, el más bello de Madrid y baluarte de nuestra idiosincrasia («Roca española», lo llamó Ramón Gaya). Se lee ahora, pues, <strong>»</strong><a href=»https://www.elmundo.es/cultura/museo-del-prado.html» target=»_blank»><strong>Museo del Prado</strong></a><strong>»</strong> (como si fuese un vulgar Ministerio). Como no podía ser de otro modo <strong>los espacios entre letras, puestas a bulto, hacen del rótulo tipográficamente un torpe ejercicio de cajista</strong>. Pedro Monleón, arquitecto y un gran experto en Villanueva, llevó el asunto a la Academia de San Fernando, a la que pertenece, y allí se acordó»que dicha actuación resulta innecesaria», y así consta en un acta en la que tanto como «innecesaria», parece leerse entre líneas «penosa», a juzgar por su comprensible indignación.</p>
Alguien decidió mancillar con unas grandes letras de bronce las portadas del Museo del Prado. Acción «innecesaria», a juicio de la Academia de San Fernando, en cuya acta del asunto parece leerse entre líneas «penosa»
Alguien decidió, siguiendo «un plan de señalética», mancillar con unas grandes letras de bronce el frontispicio de las tres portadas del noble y elegantísimo edificio de Juan de Villanueva, el más bello de Madrid y baluarte de nuestra idiosincrasia («Roca española», lo llamó Ramón Gaya). Se lee ahora, pues, «Museo del Prado« (como si fuese un vulgar Ministerio). Como no podía ser de otro modo los espacios entre letras, puestas a bulto, hacen del rótulo tipográficamente un torpe ejercicio de cajista. Pedro Monleón, arquitecto y un gran experto en Villanueva, llevó el asunto a la Academia de San Fernando, a la que pertenece, y allí se acordó»que dicha actuación resulta innecesaria», y así consta en un acta en la que tanto como «innecesaria», parece leerse entre líneas «penosa», a juzgar por su comprensible indignación.
También en estos días puede verse en ese museo una exposición de unos trabajos de Juan Muñoz, escultor muerto hace un cuarto de siglo. Más allá de la consideración que se tenga de esas obras (guardan para mí con la escultura la misma problemática relación que Warhol pudiera mantener con Goya), nos invita a preguntarnos, igualmente, a dónde conduce nuestra sociedad del espectáculo. O dicho de otro modo: ¿a qué obedece que se expongan las esculturas de Juan Muñoz en el Prado?
Ya sabemos que detrás de esas decisiones se hallará toda una batería de propósitos (seducir a los más jóvenes con «propuestas atractivas», establecer diálogos entre el clasicismo y la modernidad, «actos divertidos»), de modo que periódicamente, con más o menos acierto o demagogia, se ensayan exposiciones «novedosas», a la manera de esos gourmets que, con el gusto estragado, dan en maridajes audaces («gambas con chocolate a la pimienta») llamados a excitar unos paladares exhaustos (y a este respecto, recordar la desdichada exposición que mostró juntos, «dialogando», unos cuadros de Manet con otros de Velázquez: imagino a Manet revolviéndose en su tumba y maldiciendo a quien, poniéndole al lado de un gigante, le hacía parecer el ganapán de un taller de pintura).
Si los últimos directores del Reina Sofía han trabajado con denuedo estos años por batir sus propios récords de visitantes, del director del Prado se conocían unas declaraciones sensatísimas en el sentido contrario: limitar los aforos para evitar que ese museo acabe masificado como el Louvre. Pero la exposición de Muñoz parece enviar no solo un mensaje contradictorio, tentando a un público ajeno a la pintura clásica, sino establecer un diálogo de Muñoz con Velázquez (acaso también innecesario).
Se ve que en este país todo el mundo quiere dialogar, algo, en arte, muy sobrevalorado: lo extraño es que nadie se haya preguntado si Velázquez quiere dialogar con Muñoz en el sancta sanctorum del Prado, frente a Las Meninas; ahí precisamente han colocado la obra del escultor: una mesa de billar y acodada en ella una enana calva, toda ella pintada de blanco, ropa incluida, y subida a unos zapatos de tacón oscuros. A quien se tropiece con esa instalación, se le impone la mediación de ver la Mari Bárbola a través de esa figura (más allá de esta asociación acondroplásica, se me escapa el «mensaje» del conjunto).
El arte convertido en parodia (si no puedes pintar la Mona Lisa, siempre estás a tiempo de plantarle unos bigotes) circula en una sola dirección: es el arte «moderno» el que intenta parasitar al clásico (su fama, su prestigio, sus precios), y raramente los cuadros del Prado viajan al Reina Sofía, sencillamente porque no lo necesitan. Dicho de otro modo: puede maliciarse que Las Meninas empeoran a Muñoz (como sucedió con Manet); de lo que no hay duda es de que Muñoz a Las Meninas les añade poco.
«Sustos baratos» llamaba Gaya a esta clase de «propuestas». Eso fue hace cincuenta años; hoy, ni sustos ni baratos (al contrario, carísimos porque los pagamos todos, y a miles, porque se ven en todas partes). Quizá por ello hayan querido poner ese «Museo del Prado», pensando en quienes no reconozcan que esa fue la verdadera roca española. Saltaba a la vista que durante doscientos años fue, sin necesidad de que la rotularan, un lugar a salvo de paridas, abusos y atropellos, patria de cuantos solitarios buscaban allí la gran Pintura.
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