Gisèle Pelicot no se considera un icono, pero sabe que su historia ya no es solo suya. Al final de su libro, Un himno a la vida, expresa a todas las mujeres que la apoyaron: “He oído cómo convertían el dolor de un juicio en cantos liberadores en la escalera del juzgado, he oído la alegría y la rabia venciendo al silencio, así que estoy encantada de ofrecer mi historia como ejemplo y mi nombre como estandarte”. Parte de esas mujeres a las que estremeció su caso en distintos países del mundo se han reunido este lunes para conocerla y acercarle su cariño en el Instituto Francés, en Madrid. Las 300 localidades se agotaron en 10 minutos.
300 personas llenan el Instituto Francés de Madrid para escuchar a la mujer que logró que la vergüenza cambie de bando en los juicios por violencia sexual
Gisèle Pelicot no se considera un icono, pero sabe que su historia ya no es solo suya. Al final de su libro, Un himno a la vida, expresa a todas las mujeres que la apoyaron: “He oído cómo convertían el dolor de un juicio en cantos liberadores en la escalera del juzgado, he oído la alegría y la rabia venciendo al silencio, así que estoy encantada de ofrecer mi historia como ejemplo y mi nombre como estandarte”. Parte de esas mujeres a las que estremeció su caso en distintos países del mundo se han reunido este lunes para conocerla y acercarle su cariño en el Instituto Francés, en Madrid. Las 300 localidades se agotaron en 10 minutos.
La francesa de 73 años, superviviente de una década de violaciones bajo sumisión química por parte de su marido y otros 80 hombres, y la protagonista de un juicio inquietante del que se publicó cada detalle, presenta sus vivencias, redactadas junto a la periodista Judith Perignon. El texto fue editado por Lumen y publicado en 22 países.
Fuera crecía la fila de quienes no tenían entrada, pero sí la esperanza de verla. Entre ellas estaba Laura Urbina, toledana que aseguraba: “Para mí es un personaje histórico. O lo será con el tiempo. Hay un antes y un después de ella, es una persona muy valiente”. A su lado, Carmen Lucía Torre, granadina de 34 años, esperaba también su oportunidad con libro en mano. Le marcó mucho la historia de Gisele. “Estoy en un periodo en el que tengo cero confianza en los hombres y espero que haya buena gente en el mundo, pero me cuesta. Necesitamos más gente como ella”, comenta y dice que le parece “increíblemente fuerte” y un ejemplo a seguir. María Espinosa, de 78 años, repite su mantra con otras palabras: “Es hora de avergonzar a los verdugos y no a las víctimas”.
“Me parece un honor poder verla en persona, porque es una mujer de una valentía absolutamente ejemplar y yo creo que todas le debemos algo”, comenta Natalia Morrozovo, profesora de francés en la Universidad Complutense. De acuerdo con ella, Bárbara Malda ingresa al auditorio con una sonrisa inmensa, siguió el caso de cerca y destaca: “Lo más asombroso me parece la capacidad de regeneración y de recuperación que ha tenido, es una fuerza de la naturaleza, en cuanto a actitud vital y a forma de enfrentar las cosas.
“Tengo que venir”, pensó Natalia Pérez, de 33 años, al enterarse de que Pelicot vendría a España. “Me resulta muy frustrante la situación, a qué puntos ha llegado la violencia contra la mujer para que haya que presentar este tipo de libros, pero al mismo tiempo hay que reconocerla porque, por desgracia, gracias a este caso, se están viendo otros parecidos a escala internacional”, explica. Pérez agrega: “Muchas veces tienes miedo de ir sola por la noche y llegas a tu casa y el monstruo lo tienes dentro”. A Andrea Reiz le inspira mucho y la emociona. “Preservar la dignidad y señalar a quien tiene que ser señalado, esta cosa de levantar la cabeza y de que suficiente tenemos que soportar las mujeres en la vida como para tener que avergonzarnos por actos que no comentemos”, sentencia.
Entre sus páginas, Gisele reflexiona: “Aquí estoy, a mis 70 años, una mujer mártir, símbolo de una nueva ola feminista de la que sé poco”. Pero, sabe que sentó un precedente en los juicios por violencia sexual, que tradicionalmente se celebran a puerta cerrada, mientras que ella eligió abrirla para que los acusados se enfrenten a las miradas y “que la vergüenza cambie de bando”.
También sabe que, gracias a su valentía, otras se han atrevido a denunciar a sus agresores o a terminar relaciones dañinas. Lo sabe porque la han acompañado en su entrada y salida de los juzgados de Aviñón con aplausos, desde el primer día oculta tras unas gafas, hasta el último en el que se despidió junto a su familia. También porque le envían cartas y le agradecen al reconocerla por la calle. “Me alegra mucho saber que una mujer que se despierte sin recordar lo que sucedió el día anterior pensará en lo que me sucedió”, afirma en sus memorias.
Cuando ingresó al auditorio, toda la sala la ovacionó de pie. Con su sonrisa modesta, su flequillo pelirrojo y la elegancia que la ha caracterizado todo el proceso. “He necesitado cuatro años para tomar la decisión, pero he pensado en todas estas mujeres víctimas de violencia sexual, es importante luchar por lo colectivo, por eso he pensado que tenía que atravesar este obstáculo a pesar del sufrimiento”, contaba sobre hacer el juicio a puertas abiertas. “Tenemos muchos recursos dentro de nosotras y hay que ir a por ellos, eso es lo que quiero transmitir”, afirmaba con claridad. Sobre el libro, ha comentado: “Quería que fuera sincero y auténtico y accesible a todas las generaciones. Es verdad que me ha servido de terapia, ha sido una introspección”.
En el público estaba Isabel Hernández, que es de París pero vive en Huelva hace 19 años, desde donde siguió el caso con detalle. Para ella, Pelicot “es un icono feminista muy a su pesar, por dsgracia”. “Era una mujer mayor que trabajaba en logística, jamás hubiera pensado estar en primera línea mediática. Me gusta por no guardar rencor y creo que lo está haciendo muy bien”, afirma Hernández.
Llevaba casi 50 años casada con Dominique Pelicot, en los que habían criado a tres hijos y se habían retirado en una casa al sur de Francia, cuando en 2020 lo detuvieron por grabar por debajo de la falda a unas chicas en un supermercado. Lo dejaron ir, pero se incautaron de su móvil y de su ordenador, que dentro contenían vídeos y fotos de cómo él la había drogado, violado e invitado a desconocidos a hacerlo a su propia casa a través de una plataforma de internet.
Fue citada junto a su marido a declarar a la policía pensando que se trataba de lo primero, y salió con la brutal noticia de lo que había sufrido estando inconsciente. El juicio a él y a los 50 violadores identificados fue público, gracias a su convicción de que no era ella quien debía avergonzarse. Terminó con la condena a 20 años de cárcel para su exmarido y entre 3 y 15 años para el resto. Hombres de 27 a 74 años y de distintas profesiones, muchos de ellos vecinos.
No es una activista ni una celebridad, pero ha tocado una fibra especial entre quienes han visto cómo su vida se desmoronaba y cómo la ha vuelto a construir. Repite que ha decidido ser feliz, tiene una pareja y vive en la isla de Ré, donde continúa saliendo a caminar sola como durante sus meses más oscuros. Ha decidido mantener el apellido Pelicot, porque es el de sus hijos y nietos. Al señor Pelicot, como ahora lo llama, ha dicho que quiere ir a visitarlo a prisión para hacerle preguntas. “Quiero hablar con él porque ahora soy una mujer fuerte, me he reconstruido y no seré las misma persona frente a él, y espero que tendrá la honestidad de poderme contestar”. Una señora común que no deja de asombrar por su claridad y su entereza.
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