Imaginar el futuro no es un ejercicio banal del que por fuerza se salga indemne. En verdad, toda representación de lo que vendrá no es más que un retrato del presente con la misma evidencia que una profecía, que, como todas, corre el riesgo de cumplirse por el simple hecho de ser formulada. En verdad, soñar con un mundo feliz (o menos) no solo es adictivo también deja secuelas. Y alguna de ellas grave. La última película de Hirokazu Kore-eda (que en verdad es la penúltima puesto que por medio le ha dado tiempo a rodar la adaptación del cómic Look Back) es consciente de todo ello. Habla de lo que pasará, pero en verdad de lo que trata es de lo de siempre: lo que nos pasa. Kakeru (Sheep in the Box) es así una reedición de todos los grandes temas (familia, infancia, soledad, duelo, perdón, culpa…) del aún más grande cineasta autor de obras esenciales como Still Walking (2008) o Un asunto de familia (2018). La novedad es el futuro y, de su mano, un ligera desubicación que coloca a la película en la parte baja o menos memorable de la obra del autor. Eso sí, se avisa al principio, por aquello de asustar un poco, que todo discurre en un futuro próximo quizá demasiado cerca del presente, pero futuro al fin.
Kore-eda readapta los temas clásicos de su cine a una particular manera de leer la ciencia-ficción tan afectada como desubicada
Imaginar el futuro no es un ejercicio banal del que por fuerza se salga indemne. En verdad, toda representación de lo que vendrá no es más que un retrato del presente con la misma evidencia que una profecía, que, como todas, corre el riesgo de cumplirse por el simple hecho de ser formulada. En verdad, soñar con un mundo feliz (o menos) no solo es adictivo también deja secuelas. Y alguna de ellas grave. La última película de Hirokazu Kore-eda (que en verdad es la penúltima puesto que por medio le ha dado tiempo a rodar la adaptación del cómic Look Back) es consciente de todo ello. Habla de lo que pasará, pero en verdad de lo que trata es de lo de siempre: lo que nos pasa. Kakeru (Sheep in the Box) es así una reedición de todos los grandes temas (familia, infancia, soledad, duelo, perdón, culpa…) del aún más grande cineasta autor de obras esenciales como Still Walking (2008) o Un asunto de familia (2018). La novedad es el futuro y, de su mano, un ligera desubicación que coloca a la película en la parte baja o menos memorable de la obra del autor. Eso sí, se avisa al principio, por aquello de asustar un poco, que todo discurre en un futuro próximo quizá demasiado cerca del presente, pero futuro al fin.
Desde ahí, Kore-eda dibuja una fábula en el que robots perfectos son utilizados para calmar el dolor de la ausencia, de la misma muerte. Una familia que ha perdido a su hijo en un accidente decide encargar uno y lo que parece indicar que va a ser un nuevo capítulo de Black Mirror acaba por ser lo contrario. Y la verdad, se agradece. Se agradece el riesgo de elegir un género como el de la ciencia-ficción tan ajeno presuntamente a la marca de la casa y se agradece no caer en el más triste de los tópicos contemporáneos: la distopía. No hay distopía que haga sombra a la propia distopía que la realidad es ya.
La película avanza en un estado extraño entre el drama desaforado y algo completamente nuevo. Y sorprende a la vez que intriga. El problema, que lo hay, es la tentación en la que pronto cae la película de no querer ser lo que es. Como si se avergonzara de su condición de cine de género, Kore-eda insiste en trascender cada plano; en llevar cada razonamiento a un terreno entre el misticismo y la filosofía improvisada. Y es ahí en la innumerable cantidad de rimas más o menos felices, más o menos sutiles, más o menos ingrávidas, donde Kakeru descorazona y acaba por perderse y perdernos. Lástima.
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Director: Hirokazu Koreeda. Intérpretes: Haruka Ayase, Rimu Kuwaki, Daigo. Duración: 126 minutos. Nacionalidad: Japón.
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