Un poco contagiado por la poética de la ficción de esta novela, creo que nace toda ella de una pasión secreta de Sergio del Molino por las formas íntimas y públicas de vivir en el pasado, sea el de la España que piensa y recorre campos interminables hasta llegar a vaciarse (La España vacía, claro) o sea el de la turbamulta de seres y desastres que se arremolinan a finales del siglo XVIII y principios del XIX, como sucede en esta La hija y en alguna medida sucedía también en Los alemanes (para otra época). Hay una pulsión de historiador social o de la vida cotidiana, las historias de vida que pueblan el pasado.
Un poco contagiado por la poética de la ficción de esta novela, creo que nace toda ella de una pasión secreta de Sergio del Molino por las formas íntimas y públicas de vivir en el pasado, sea el de la España que piensa y recorre campos interminables hasta llegar a vaciarse (La España vacía, claro) o sea el de la turbamulta de seres y desastres que se arremolinan a finales del siglo XVIII y principios del XIX, como sucede en esta La hija y en alguna medida sucedía también en Los alemanes (para otra época). Hay una pulsión de historiador social o de la vida cotidiana, las historias de vida que pueblan el pasado. Seguir leyendo
Un poco contagiado por la poética de la ficción de esta novela, creo que nace toda ella de una pasión secreta de Sergio del Molino por las formas íntimas y públicas de vivir en el pasado, sea el de la España que piensa y recorre campos interminables hasta llegar a vaciarse (La España vacía, claro) o sea el de la turbamulta de seres y desastres que se arremolinan a finales del siglo XVIII y principios del XIX, como sucede en esta La hija y en alguna medida sucedía también en Los alemanes(para otra época). Hay una pulsión de historiador social o de la vida cotidiana, las historias de vida que pueblan el pasado.
Sí, a simple vista parece que los protagonistas de la primera y la segunda parte de La hija —una en modo ficción y la otra en modo ensayo— sean la presumible hija de Goya con Leocadia Zorrilla, Rosario Weiss, y el propio Goya. Pero a simple vista también me parece que lo que arrebata al escritor de veras no es solo la especulación furtiva y conjetural sobre biografías sin documentación fiable, el juego apasionante de imaginar lo que no sabemos de las vidas reales, sino el relato minucioso, empapado, sensorial, olfativo y hasta urbanístico de las atmósferas, los barrios, las costumbres, las prácticas civiles de aquellos tiempos. Sergio del Molino no mide siempre bien la prolijidad de la información y de las discusiones que desmenuza, y eso ralentiza invenciblemente para los impacientes profesionales el avance del relato en ambas partes, pero se hace también contagiosa la pasión por contar lo que ha aprendido (“al liberar mi imaginación de literato romántico, me propuse no hacer trampas”).
“Al liberar mi imaginación de literato romántico, me propuse no hacer trampas”
Sergio del Molino
Imagino bien a Sergio del Molino con la mesa desbordada de libros, ensayos, estudios de arte, sociedad, política y guerras monstruosas —además de las obras del propio Goya y las pocas conservadas de la muy dotada Rosario Weiss—, y lo imagino mejor todavía secretamente convencido de haber encontrado la ruta para contar una sociedad entera, lo más amplia y detalladamente posible, a través del breve tiempo que compartieron vida una niña, Rosario, y su probable padre, Goya, instalado en la Quinta de Goya a las afueras de Madrid, o la Quinta del Sordo, como se llamaría tiempo después (en “un recodo al otro lado del río, junto al puente de Segovia y de cara a Madrid”), y más tarde en el exilio en Burdeos, donde muere cuatro años después, en 1828.
Mucha, mucha documentación veraz o fiable sobre esa etapa, esa niña, su madre y él mismo tampoco hay, y sin embargo se entiende muy bien la irreprimible tentación de imaginar al personaje que narra la primera parte —un antiguo enamorado de Rosario que hizo su única necrológica publicada— en clave autobiográfica y prosa que remeda el atildamiento de estilo de un hombre culto del XIX, y la tentación todavía más fervorosa de recrear con digresiones, excursiones, informaciones y facundia literaria una época, unos protagonistas y un ambiente, tanto si podemos como si no podemos contar cosas exactas y precisas sobre el Goya viejo, poderoso, hiperactivo y sordo.
La segunda parte es la revisión de lo que se sabe y no se sabe, de lo que pudo haber pasado, y en el fondo la reivindicación enamorada (la palabra es enamorada, literalmente) de la mujer autorretratada en La atención, de Rosario Weiss
Le sale mejor la segunda parte, así que el lector me parece que tendrá que aceptar la propuesta de entrar primero en la ficción de un testigo de la vida de la joven pintora y luego la propuesta de revisión de lo que se sabe y no se sabe, de lo que pudo haber pasado, y en el fondo la reivindicación enamorada (la palabra es enamorada, literalmente) de la mujer autorretratada en La atención, de Rosario Weiss, y un puñado de dibujos, sin mucho más donde arañar documentalmente (pero apuesta por la coautoría del último lienzo de Goya, La lechera de Burdeos). Eso mismo, el cuento de querer saber y atrapar algunas verdades firmes —Sergio del Molino cree con fe en que ha de ser necesariamente hija de Goya y su última ama de llaves, oh, perdón, su última mujer— porque la ficción permite explicarse sin tapujos o sin demasiado miedo, dado que no compite con el ámbito de lo real sino de lo posible. Se llama ficción, y hace bien Sergio del Molino en reivindicarla, incluso si eso a veces sobrecarga de idas y venidas especulativas el libro y entresueña o fabula cómo pudieron ser las relaciones verdaderas de Goya, Rosario y su entorno con Espronceda o Ramón de Campoamor o con leales como Leandro Fernández de Moratín, Gaspar Melchor de Jovellanos o aquellos de quienes sí tenemos abundante rastro epistolar, como Martín Zapater, hasta llegar a las recreaciones novelescas de Galdós.
Hay apuntes muy puestos en razón, como el recelo del escritor ante la versión más romantizada de Goya como rebelde antisistema, cuando fue un hombre del poder y sometido al poder de la Corte y la Corona toda su vida. Y si algo abre la aventura real es sentirse fuera de ese orden y explorar lo que Edward Said llamaba el estilo tardío: esa etapa final en la que nada impide ceder al atrevimiento, la heterodoxia o el desacato porque ya se ha hecho casi todo y nada importa demasiado, como supo maravillosamente otro viejo productivo, Cervantes, al emprender el primer Quijote y, sobre todo, el segundo, ya cerca de los 70 años. Lo hizo también Goya al final de su vida, con las pinturas negras de la Quinta o en su exilio en Burdeos, mientras la niña Weiss dibujaba y Goya retocaba las difíciles sombras o este o aquel perfil de la talentosa hija prematuramente fallecida a los 28 años, cuando él ya hacía una década larga que había muerto, seguro que tras alguna desapacible bronca más con Leocadia: la niña no llegaba a los 14.
EL PAÍS

