<p>En el bosque de representaciones artísticas de la tragedia de la Europa del siglo XX, la obra de <strong>Vladimir Velickovic (1935- 2019)</strong> constituye una isla de poderosa resonancia. El artista serbio conoció en su infancia los horrores del nazismo e hizo de aquella experiencia una fuente de inspiración que, tristemente, se fue renovando con periodicidad. El dolor, el desgarro y el inexorable escrutinio de la muerte fueron sus principales motivos, expresados en cuerpos descoyuntados, reventados, crucificados o etiquetados como cadáveres para un improbable reconocimiento. La consigna por la que la Historia tiende a repetir sus peores pesadillas ha garantizado la vigencia de la obra de Velickovic, si bien la atención que España ha prestado al artista ha sido hasta ahora cuanto menos discreta.<strong> El nuevo MEET de Málaga, espacio expositivo habilitado junto al Museo Ruso</strong> (y dependiente, como éste, de la Agencia Municipal de Museos de la ciudad), acoge la retrospectiva <i>Vladimir Velickovic. Huida, vértigo y caída </i>como carta de presentación del artista en nuestro país.</p>
El MEET de Málaga redescubre a Vladimir Velickovic, el gran artista de Serbia, en una magna retrospectiva de sus cuerpos humanos retorcidos y llevados al extremo
En el bosque de representaciones artísticas de la tragedia de la Europa del siglo XX, la obra de Vladimir Velickovic (1935- 2019) constituye una isla de poderosa resonancia. El artista serbio conoció en su infancia los horrores del nazismo e hizo de aquella experiencia una fuente de inspiración que, tristemente, se fue renovando con periodicidad. El dolor, el desgarro y el inexorable escrutinio de la muerte fueron sus principales motivos, expresados en cuerpos descoyuntados, reventados, crucificados o etiquetados como cadáveres para un improbable reconocimiento. La consigna por la que la Historia tiende a repetir sus peores pesadillas ha garantizado la vigencia de la obra de Velickovic, si bien la atención que España ha prestado al artista ha sido hasta ahora cuanto menos discreta. El nuevo MEET de Málaga, espacio expositivo habilitado junto al Museo Ruso (y dependiente, como éste, de la Agencia Municipal de Museos de la ciudad), acoge la retrospectiva Vladimir Velickovic. Huida, vértigo y caída como carta de presentación del artista en nuestro país.
La muestra reúne unas sesenta obras, procedentes de una colección particular, entre grabados, litografías y serigrafías con el cuerpo humano como protagonista esencial. «Velickovic reciclaba prácticamente todo lo que hacía, con lo que encontró en el trabajo en serie un medio muy fiable para prolongar su estudio del cuerpo humano como en un proceso interminable», apunta el comisario Carlos Ferrer. Algunas de estas series están dedicadas a personajes como los oradores, «telepredicadores de consignas vacías representados con cabezas que implosionan», en palabras de Ferrer; o los espantapájaros, «antecedentes directos de las series de crucifixiones con las que Velickovic logró un gran impacto internacional y en la que hizo bien visible la influencia de Bacon, de Grünewald y de las fotografías de Eadweard Muybridge». Otras series están dedicadas al estudio del cuerpo humano en movimiento (salto, carrera, huida, caída) para una interpretación histórica: lo que aparenta una mera diversidad anatómica encierra una aproximación directa al dolor y sus límites desde una encrucijada existencial.
El de Vladimir Velickovic es un caso interesante de obsesión temática en la historia reciente del arte: empezó su particular estudio del cuerpo humano ya en su primera exposición individual, celebrada en Zagreb en 1963 después de que terminara sus estudios de Arquitectura en su Belgrado natal, y lo prolongó hasta su último trazo, pocos días antes de su fallecimiento, en 2019. En 1965, Velickovic ganó el primer premio de la Bienal de París como representante de Yugoslavia y, paradójicamente, este reconocimiento le permitió abandonar el asfixiante país gobernado por Tito y emprender el camino del exilio, siguiendo los pasos de otros muchos artistas y buena parte de su familia. Gracias a una beca pudo trasladarse a la capital francesa, donde residió hasta su muerte (el desenlace de su biografía, eso sí, tuvo lugar en la ciudad cracoviana de Split, donde solía veranear). Francia acogió a Velickovic como uno de los suyos: el artista fue profesor en la Escuela Nacional de Bellas Artes de París entre 1983 y 2000 y académico de Bellas Artes en la sección de Pintura desde 2005. En una Serbia ya democrática, comisarió el pabellón en la Bienal de Venecia en 2007 y fue miembro de la Academia Ciencias y Artes de Belgrado. Eso sí, hasta bien entrado el siglo XXI su obra estuvo vetada en los países de la antigua Yugoslavia por su implacable crudeza.
Sus primeros trabajos, creados a comienzos de los años 60, se relacionaban con «una tendencia fantástico-surrealista muy frecuente en la Yugoslavia de la época, deudora de El Bosco y Brueghel, pero fue derivando poco a poco en una depuración del dibujo y del color sin perder su particular fuerza expresiva», señala Ferrer. En aquellas primeras tentativas, Velickovic orbitó alrededor de Mediala, un colectivo de artistas creado en Belgrado en los años 50 a modo de resistencia contra el realismo socialista impuesto por los comisarios de Tito. Sus miembros «compartían una visión fantástica de la pintura, aunque se basaban en la realidad»; y aunque el joven Velickovic nunca formó parte del grupo, «se dio a conocer ya en sus exposiciones clandestinas como un artista prometedor».
La resistencia artística y política adquirió la dimensión exacta del cuerpo de las víctimas, arrasado y descompuesto, sin mediación de fantasía alguna, «lo que le permitió representar el dolor con la mayor fidelidad y generar en el observador la reacción más importante: la empatía». Todavía esos cuerpos, dentro y fuera de la obra, siguen impactando a quien mira.
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