A partir del último cuarto del siglo XX en el campo de la disciplina histórica se desplegó una crítica sistemática a la noción de verdad histórica, entendiendo por ella la existencia -en el pasado- de hechos de naturaleza objetiva, cargados de significados también objetivos y constitutivos de experiencias singulares y colectivas reales. Esa crítica descansó en lo fundamental en la comprensión de que lo único posible de recuperar desde el pasado eran las interpretaciones que sobre él construían las y los agentes históricos; y que estas interpretaciones estaban determinadas a fin de cuentas por las herramientas culturales y lingüísticas disponibles para dichos agentes, que de ese modo ajustarían la realidad a sus propias percepciones, restando consistencia a cualquier noción de objetividad. El extremo -muy poco visitado por la historiografía profesional- de estas posiciones es el relativismo (a veces y con ánimo poco honesto confundido con el posmodernismo), de acuerdo al cual todas las interpretaciones sobre el pasado son igualmente legítimas, y la pretensión no solo de objetividad, sino que de verdad, es una ilusión trasnochada.
Carlo Ginzburg fue un asiduo visitante de Chile, donde de forma generosa compartió su saber y su consejo de investigador experto
A partir del último cuarto del siglo XX en el campo de la disciplina histórica se desplegó una crítica sistemática a la noción de verdad histórica, entendiendo por ella la existencia -en el pasado- de hechos de naturaleza objetiva, cargados de significados también objetivos y constitutivos de experiencias singulares y colectivas reales. Esa crítica descansó en lo fundamental en la comprensión de que lo único posible de recuperar desde el pasado eran las interpretaciones que sobre él construían las y los agentes históricos; y que estas interpretaciones estaban determinadas a fin de cuentas por las herramientas culturales y lingüísticas disponibles para dichos agentes, que de ese modo ajustarían la realidad a sus propias percepciones, restando consistencia a cualquier noción de objetividad. El extremo -muy poco visitado por la historiografía profesional- de estas posiciones es el relativismo (a veces y con ánimo poco honesto confundido con el posmodernismo), de acuerdo al cual todas las interpretaciones sobre el pasado son igualmente legítimas, y la pretensión no solo de objetividad, sino que de verdad, es una ilusión trasnochada.
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