En su libro La seta del fin del mundo (Capitán Swing), la antropóloga estadounidense Anna Tsing se fija en uno de los hongos más codiciados en la cocina para explicar lo que ella denomina «supervivencia colaborativa». Ninguna especie sobrevive por sí misma o, lo que es lo mismo, toda especie sobrevive gracias a la interacción con su entorno. La seta matsutake es un ejemplo paradigmático de cómo la vida va de relacionarse. Al crecer solo en las raíces de ciertos árboles, establece una relación de interdependencia con el organismo que le da cobijo, y que a su vez se nutre del hongo.
El IVAM explora las representaciones artísticas del humedal con un Sorolla inédito, un grabado de Doré y fotografías de Humberto Rivas, Joan Fontcuberta o Bleda y Rosa
En su libro La seta del fin del mundo (Capitán Swing), la antropóloga estadounidense Anna Tsing se fija en uno de los hongos más codiciados en la cocina para explicar lo que ella denomina «supervivencia colaborativa». Ninguna especie sobrevive por sí misma o, lo que es lo mismo, toda especie sobrevive gracias a la interacción con su entorno. La seta matsutake es un ejemplo paradigmático de cómo la vida va de relacionarse. Al crecer solo en las raíces de ciertos árboles, establece una relación de interdependencia con el organismo que le da cobijo, y que a su vez se nutre del hongo.
Es esta simbiosis la que sirve al IVAM para tirar del hilo y comenzar a desmontar todas y cada una de las capas que han ayudado a construir un entorno único como la Albufera de Valencia, uno de los principales humedales costeros del Mediterráneo y lugar icónico que se vende al turismo como el origen de la paella. En la exposición La Albufera, el museo aborda todas las tensiones y equilibrios internos que sostienen -y han sostenido- un hábitat tan frágil como interconectado. Porque, como dice la comisaria de la muestra, Sandra Moros, «la Albufera es como una trama que está compuesta por un montón de seres, humanos y no humanos, comunidades…». Todos hacen y viven del lago.
La Albufera no es solo un espacio físico. La Albufera es historia, es cultura, es tradición. Pero es también turistificación y territorio de confrontación entre la naturaleza y el ser humano. La exposición, que toma como excusa el 40 aniversario de la declaración de la Albufera como Parque Natural, se articula en torno a un recorrido por sus distintas representaciones desde mediados del siglo XIX hasta la actualidad. Algo así como una excavación de todas esas capas superpuestas que han ido conformando el ecosistema de la laguna.
Si hay algo que se espera de toda excavación arqueológica es que depare alguna sorpresa. Y el IVAM la tiene: un Sorolla inédito y otro casi desconocido que únicamente se expuso al público en 1906. «Muchos historiadores creen que Sorolla nunca pintó la Albufera, pero no es cierto», apunta la comisaria, que destaca la presencia en la muestra de dos obras del pintor valenciano cedidas para la ocasión por el Museo Sorolla de Madrid.
Cómo vio -e imaginó- Sorolla la Albufera es solo una de las representaciones del lago presentes en la muestra. El IVAM, de hecho, aprovecha para revisitar el proyecto La Albufera. Visión tangencial (1985) que se encargó en su día a una serie de fotógrafos con el único propósito de que disparasen sus cámaras donde les apeteciese. Las fotos de Derek Bennett, Diana Blok, Gabriel Cualladó, Vicente del Amo, Joan Fontcuberta, John Goto, Andreas Müller-Pohle, Rafael Navarro, Paulo Nozolino, Humberto Rivas, Philippe Salaün y Manuel Úbeda dialogarán con proyectos artísticos creados específicamente para esta exposición. Aquí están los nombres de Bleda y Rosa, Paula García-Masedo, Lucía Loren, Teresa Marín, Jorge Ribalta y Jorge Yeregui, cuyos trabajos miran la Albufera desde el prisma escultórico o el uso de materiales industriales y naturales.
«La exposición busca reconstruir y replantear el imaginario de la Albufera, cómo ha ido cambiando, cómo han ido surgiendo nuevas imágenes según las circunstancias históricas», explica Moros. ¿Alguien se acuerda de que junto a la Albufera había en los años 70 un hipódromo? O que ha sido espacio de cruising, que por ella ha cruzado la ruta del bakalao… Imágenes, en todo caso, que nada tienen que ver con esa primera representación de la Albufera como un paraíso rural idealizado, que servía para exaltar y mitificar la vida campesina. Uno de los primeros grabados sobre el lago, el que realizó Gustave Doré en 1863, forma parte del hilo conductor de la muestra.
Los años 50 fueron los del auge del turismo como movimiento de masas. La Albufera no escapó a la nueva ola, como tampoco fue ajena a la conciencia medioambiental que comenzó a emerger en la década de los 70, y que fue clave para la visibilización de los primeros conflictos. Pero la Albufera como experiencia emocional la describió Vicente Blasco Ibáñez en Cañas y barro: «Él no encontraba mejor placer que contemplar la hermosura de la Albufera. Otros adoraban el dinero y él lloraba algunas veces admirando una puesta de sol».
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