Los veranos de mi infancia sonaban a gaita. Empezaban con una toma aérea de una playa rocosa y una divinidad surgiendo de las aguas del Mediterráneo. Sabían a gelato de café en una copa de plástico, y olían a cuero y acero, como el que llevaban puesto los héroes de mis mañanas televisivas. Era suficiente con escuchar “en la era de los antiguos dioses, de los señores de la guerra” para viajar en el espacio y en el tiempo. De Bitonto en los años dos mil a la antigua Grecia, en una extraña mezcla de eras: desde la caída de Troya a los entrenamientos con Quirón, pasando por la regencia de Julio César y los vikingos.
La temporada sin cole arrancaba con las reposiciones matinales de ‘Xena: la princesa guerrera’ y ‘Hércules: sus viajes legendarios’
Los veranos de mi infancia sonaban a gaita. Empezaban con una toma aérea de una playa rocosa y una divinidad surgiendo de las aguas del Mediterráneo. Sabían a gelato de café en una copa de plástico, y olían a cuero y acero, como el que llevaban puesto los héroes de mis mañanas televisivas. Era suficiente con escuchar “en la era de los antiguos dioses, de los señores de la guerra” para viajar en el espacio y en el tiempo. De Bitonto en los años dos mil a la antigua Grecia, en una extraña mezcla de eras: desde la caída de Troya a los entrenamientos con Quirón, pasando por la regencia de Julio César y los vikingos.
La televisión italiana mantuvo durante años una tríada perfecta para entretener a los más jóvenes mientras sus padres trabajaban. Una tarea fundamental para sustentar el tejido laboral, porque nuestros veranos eran infinitos: empezaban alrededor del 10 de junio y terminaban exactamente tres meses después. Una pesadilla para los padres, un sueño para los niños. Sin embargo, el verano arrancaba de verdad cuando Italia1, el canal de Mediaset con la programación más gamberra pensada para jóvenes y adultos con pocas ganas de pensar, empezaba a anunciar la escaleta de la mañana: Xena: la princesa guerrera, Hércules: sus viajes legendarios y Young Hercules, con un jovencísimo Ryan Gosling recién salido de Disney Channel.
Mis padres siempre fueron muy estrictos con lo que podíamos o no podíamos ver en la tele, aunque su barómetro de calidad era bastante peculiar. Los Pokémon estaban vetados porque mi madre los consideraba violentos. Pero Digimon estaba permitido, porque lo ponían en la televisión pública, que según ella era garantía de calidad. Buffy, cazavampiros quedó vetada después de ese terrible episodio en que se quedaron todos sin voz, que no me dejó dormir durante una semana. Mi hermana mayor se llevó una bronca tremenda y tuvimos que grabar nuestras voces en un casete —¿os acordáis de los casetes?— para que yo me convenciera de que podíamos vencer a los vampiros.
Xena y Hércules, sin embargo, jugaban en otra liga. Primero, porque mis padres no tenían idea de lo que hacíamos durante el verano mientras ellos estaban trabajando. Segundo, porque entraban en los contenidos considerados “formativos”. Si contaban algo de historia, no podía ser televisión basura. Por la misma lógica, me dejaban ver Lady Oscar, el anime sobre la Revolución Francesa donde hay un asesinato por episodio. Honestamente, hace tiempo que dejé de ver Xena, así que no sabría decir si estas series estaban verdaderamente bien o mal. De hecho, si no hubiera sido por la última temporada de Hacks (ca-po-la-vo-ro), donde uno de los personajes conoce a Renée O’Connor y le propone hacer un podcast nostálgico sobre la serie, ni siquiera me habría parado a pensar en esa piedra angular de mi infancia.
Algunas cosas estaban claramente fuera de lugar para una niña de siete años. La violencia, aunque no particularmente gráfica, era gratuita. El sexo también, aunque nunca tuvieron la valentía suficiente para que Xena y Gabrielle, su compañera de viaje, estuvieran juntas. Pero también lo es la mitología griega, que en el colegio empezamos a aprender desde muy pequeños en Italia, de una forma u otra. Claramente, nada de lo que pasaba en Xena o Hércules tenía el más mínimo rigor histórico o literario. Un ejemplo entre muchos: Gabrielle es hija de Hécuba, reina de Troya, y del historiador Heródoto, que vivió más de 500 años después de la famosa guerra. Pero ese no era el punto.

El punto era que, antes de que existiera el binge-watching (ahora todos los episodios de Xena se pueden ver en YouTube), había que esperar nueve meses. Saber que todas las mañanas, a partir de las nueve, Xena, Gabrielle, Hércules e Yolao estaban allí. Que pasara lo que pasara, la programación no iba a cambiar. Y tampoco iba a parar, así que los días que mi abuela nos llevaba a la playa eran días sin historias mitológicas. A riesgo de darle cringe a mi otra hermana, la nacida en 2005, voy a reconocer que quizás fuera esto lo que más especial hacía nuestros veranos. La necesidad de encender la tele a una hora determinada para no perderte el episodio de tu serie favorita. Conocerse de memoria todos los anuncios de teletienda que intercalaban entre un capítulo y otro. Tener que esperar a que terminara el cole para poder viajar “a la era de los antiguos dioses”.
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