En su edición del 17 de diciembre de 1958, la revista Ercilla ofreció a sus lectores “30 preguntas a Manuel Rojas”. Reconocido un año antes con el Premio Nacional de Literatura, el autor de Hijo de ladrón es descrito como “el novelista N° 1 de Chile” por la periodista Lenka Franulic, que hacia el final de la nota le pregunta “cuáles cree que son en Chile los sitios ideales para escribir, amar, descansar y morir”. Cuando se es escritor, parte respondiendo Rojas (1896-1973), “se ama, se descansa o se muere a gusto [en] todos”.
La hija de Manuel Rojas, premio nacional de Literatura 1957 y autor de ‘Hijo de ladrón’, publica a los 94 años un libro de memorias que permite mirar con nuevos ojos a este clásico de las letras chilenas
En su edición del 17 de diciembre de 1958, la revista Ercilla ofreció a sus lectores “30 preguntas a Manuel Rojas”. Reconocido un año antes con el Premio Nacional de Literatura, el autor de Hijo de ladrón es descrito como “el novelista N° 1 de Chile” por la periodista Lenka Franulic, que hacia el final de la nota le pregunta “cuáles cree que son en Chile los sitios ideales para escribir, amar, descansar y morir”. Cuando se es escritor, parte respondiendo Rojas (1896-1973), “se ama, se descansa o se muere a gusto [en] todos”.
Sin embargo, agrega, hay uno “en especial” que cumple con tales requerimientos: el número 1212 de la calle Llewellyn Jones, casi en la esquina con Las Lilas, en la comuna de Providencia, al oriente de la capital chilena. Tempranamente viudo de María Baeza, mandó a construir en esa dirección la casa donde viviría junto a los tres hijos que tuvieron con la poeta y profesora.
La menor de los tres, María Paz Rojas Baeza (Santiago de Chile, 94 años), cuenta que se mudaron a fines de 1940 y que, poco después, los hermanos descubrieron en las proximidades un picadero de dueños alemanes al que llegaban mujeres “elegantemente vestidas” a montar sus caballos. La curiosidad y la impudicia infantiles llevaron a los hermanos, recuerda hoy la única que sobrevive de los tres, a ganarse la amistad del cuidador del picadero y de sus hijos. Y así, cuando los socios se iban, les permitían entrar. Trotaban y galopaban, dice hoy la médico neuropsiquiatra, y ellos mismos llevaban a los equinos a unas pesebreras, unas pocas cuadras al poniente.
No lo dice con esas mismas palabras esta destacada defensora de los derechos humanos durante la dictadura de Augusto Pinochet (es expresidenta de la Corporación de Defensa de los Derechos del Pueblo, Codepu), pero esos fueron momentos de felicidad. Y no los únicos.
Con una arquitectura que acusa las inclinaciones modernistas del arquitecto Guillermo Ulriksen, la vivienda sigue en pie, 85 años más tarde, aunque en calidad de casa-isla entre un edificio de departamentos y un sitio eriazo en el que una demolición dará lugar a otra edificación de altura. Ya no hay picaderos ni nada semejante en los alrededores, pero el interior resiste serenamente el paso de los años. Y abre varias puertas a la evocación y al recuerdo vivo de una mujer capaz de transmitirlos.
Ahí está, por ejemplo, el escritorio en el que trabajó el autor de Lanchas en la bahía y donde ahora Rojas Baeza se sienta a conversar con El PAÍS. Además de las ediciones internacionales de la bibliografía de su padre o de las mariposas que por años cazó este último con esmero, allí figura la propia ánfora que contiene sus cenizas, además de una multitud de otros ítems que esta médica va hurgando con la mirada. Tras ella asoman, flanquéndola casi, un retrato del padre y otro de la madre pintados por Roser Bru, una de las varias figuras de la cultura chilena que visitaron esa casa (así como Pablo Neruda, Violeta Parra, José Donoso y su colega y amigo del alma José Santos González Vera).
“Escribir para él era como respirar”, dice, para luego agregar: “Se encerraba acá a escribir en las mañanas, antes del almuerzo; en las tardes, después de una pequeña siesta, se volvía a sentar a escribir, y como a las 6 o 7 decía, ‘ya, ahora vamos a caminar’”. He ahí un ejercicio de la memoria que complementa otro, muy reciente, que se plasmó en un libro de 125 páginas en el que Paz Rojas repasa cuatro décadas de vínculo paterno-filial.
Manuel. Una vida con mi padre (Lom Ediciones, 2026) da cumplimiento a un “antiguo anhelo, lleno de amistad y afecto”, de una autora que se ve a sí misma “casi al final” de sus días: dar cuenta de una vida compartida a partir de “evocaciones nítidas, casi transparentes”.
“La vida con mi padre, más que un regalo, es un recuerdo resplandeciente. Algo muy lindo”. Llamada a repasar en voz alta su propia experiencia, Paz Rojas no cree haber recibido nunca besos ni otras expresiones vistosas de cariño por parte del aclamado escritor de El vaso de leche y otros cuentos, pero sí tiene presentes en la memoria imágenes imborrables: el papá llegando de su trabajo en la Universidad de Chile, tomándola de las manos y haciéndola poner sus zapatos sobre los de él para pasear juntos por la casa; o ella misma, con ocho años, hablándole golpeado -‘¡Usted no fuma más!’- tras lo cual el progenitor habría dejado para siempre el cigarrillo. O bien esos paseos a pie por el litoral central chileno, desde la casa de los Rojas en el balneario de El Quisco hasta la playa El Canelillo, a poco más de 4 kilómetros: todo el camino lo hacían juntos, los dos, en silencio. “Él esperaba a que yo nadara, y caminábamos después de vuelta; nunca lo interrumpí, creo que venía que escribiendo [en su cabeza]”.
En efecto, acaso parafraseando un perfil del escritor en El Mercurio –“sus palabras pesan menos que sus silencios”-, no era Rojas Sepúlveda de hablar mucho ni muy florido, pero era capaz, dice su hija, de transmitir el aprecio por la palabra escrita: “No estudiábamos nada [para el colegio], lo único que hacíamos era leer”, cuenta, tras lo cual rememora esos momentos en que papá llegaba y les decía, ‘miren lo que traigo’, y se ponía a leerles pasajes de la obra de Thomas Mann, lo que dejaba a sus vástagos más bien perplejos.
Nacido en Buenos Aires, el padre dejó la escuela a los 13 años, desempeñó multitud de oficios y vivió un sinfín de pellejerías antes de convertirse en escritor. En todo ese recorrido le tomó cariño a la naturaleza desnuda, así como a los distintos elementos que la conforman, y ese fue parte de su legado, cree su hija menor. “Mi padre nos enseñó desde chicos a observar y sentir las cosas”, dice a propósito de los recurrentes paseos a la cordillera, instancias útiles para identificar especies vegetales, animales y minerales. Para conocer sus nombres y, por esa vía, empaparse de ellas.
“Tuvo la capacidad de transmitirnos la fuerza de la naturaleza”, remata María Paz Rojas.
Y si faltaba evidencia para sostener que el suyo no era un papá como los demás, cuenta que “trataba a sus hijos como iguales”. Y que eso no era un decir. Por ejemplo, trae al presente esas ocasiones en que, recién pagado, sacaba billetes de los bolsillos de sus pantalones y les preguntaba a los hijos qué harían, en conjunto, con ese dinero. O ese día en que sometió a votación si se casaba con Valeria López Edwards, que se convertiría en su segunda esposa (su voto pesaba más que los del resto, comprendió entonces la pequeña María Paz): “A los hijos nos preguntaba todo, incluso si debía casarse”, remata.
“Mi papá era muy perseguido por las mujeres, nosotros se las corríamos”, confidencia más tarde a propósito de una vida sentimental que se cuela en las páginas del libro. En ese punto, las afirmaciones vertidas en un libro que se escribe después de los 90 años pueden ser severas al tiempo que comprensivas y compasivas. Por ejemplo, respecto de un hombre de 70 que dejó a su segunda esposa para casarse con una estadounidense de 19.
Porque no es un juicio al padre lo que se trae entre manos la autora, sino más bien la mantención de un legado al que aporta la Fundación Manuel Rojas, que en los hechos funciona en la misma casa donde tuvo lugar esta entrevista y que pretende crear allí la “Casa del Escritor”: un espacio público con café literario incluido. Paz Rojas Baeza, por lo pronto, parece esperanzada de que esto ocurra. Y contenta de estar aportando con lo suyo.
EL PAÍS
