<p><strong>María José Llergo</strong> (Pozoblanco, 1994) se baja del coche envuelta en un peludísimo abrigo rojo que la cubre casi por completo. Uno de esos que todas las folclóricas de este país han paseado por las portadas de las revistas en tonos arena con opulentos anillos y collares dorados de complemento. En este caso, es el rojo intenso el que destaca sobre la sobriedad negra que viste la cantante. «Me lo he comprado en el mercadillo de Tepito en México. Es precioso, ¿no?», despacha la artista cordobesa por saludo antes de estampar dos besos a todos los presentes.</p>
La artista cordobesa arranca una nueva etapa en su carrera con la canción ‘Mala mía’ tras sufrir la pérdida de su abuelo, el gran referente de su vida, y tras enfrentarse a una ruptura sentimental: «Después de esta música, siento que puedo vivir y morir tranquila»
María José Llergo (Pozoblanco, 1994) se baja del coche envuelta en un peludísimo abrigo rojo que la cubre casi por completo. Uno de esos que todas las folclóricas de este país han paseado por las portadas de las revistas en tonos arena con opulentos anillos y collares dorados de complemento. En este caso, es el rojo intenso el que destaca sobre la sobriedad negra que viste la cantante. «Me lo he comprado en el mercadillo de Tepito en México. Es precioso, ¿no?», despacha la artista cordobesa por saludo antes de estampar dos besos a todos los presentes.
Aunque de forma involuntaria, y más allá del abrigo, la cordobesa supura algo de ese aura de folclórica clásica. Quizás es la influencia que ha dejado su escucha obsesiva a Lola Flores o La niña de los Peines a la que ha entregado su vida. Quizás, la innata vena flamenca que le impregnaron su familia y su Pozoblanco natal. O simplemente que, tras esa primera imagen de muchacha dulce e inocente, lo que en verdad subyace es una mujer libre hasta la desmesura.
«Creo que ahora mismo estamos ante una María José más libre que nunca, que se habla mejor que nunca, que se quiere más que nunca, que acepta las pequeñas arruguitas que aparecen por su cara, que no se preocupa por no gustarle tanto a los demás, que aprende de la esencia más que de la tendencia… Después de esta música, siento que puedo vivir tranquila y morir tranquila«, afirma la artista. Y, al decir esta música, se refiere a Mala mía, el single que marca el inicio de una nueva etapa en su carrera tras la larga gira de Ultrabelleza (2023) que la ha llevado por España, Europa y Latinoamérica.
En mitad de esa gira, la cantante paró para estar cerca de su abuelo, su gran referente vital, en sus últimos días de vida. En ese periodo, la cordobesa también sufrió un desengaño amoroso. Y ambos hechos acabaron marcando una canción nacida de la expresión que su manager colombiana, Mariana, usaba cada vez que cogían un Uber equivocado o había un error en el horario. María José Llergo ha hecho, por primera vez, los arreglos de violín. Sin renunciar a su carácter flamenco, pero con una base electrónica más marcada.
«A veces hablo del desamor desde un punto de vista trágico, pero otras lo hago desde la parodia. A mí la música me permite llorar sin vergüenza y sin sentir culpa. También hace que yo pueda hacer un chiste de un drama personal o quitarle un poco de peso porque si solo nos centramos en lo malo es imposible vivir», arranca la artista. Y vuelve sobre la idea: «Aquí he dejado todo el dolor para convertirlo en algo bello, como hacía Antonio Machado. Me gusta poetizar, convertir en bello, algo que te puede hacer gris o una mala persona«.
- ¿Qué importancia tiene la música en usted para salir de ese gris?
- La música y el arte son transversales a muchas limitaciones que tenemos como seres humanos. En las canciones, esas limitaciones desaparecen. Si tú eliges la oscuridad absoluta y la visceralidad animal, puedes. Y si quieres curarte, la música también te lo permite. Todos mis referentes son personas que no deberían haber triunfado en la vida y, sin embargo, son los más grandes: Lola Flores, Camarón, La niña de los peines. Nacieron en una época donde no se podía ser cómo ellos eran y, sin embargo, con la música y el arte, esquivaron las limitaciones que la vida les impuso y brillaron.
- ¿Así siente que ha sucedido con usted también?
- Yo me siento muy chiquitita al lado de esas figuras. Sobre todo en mi Andalucía con todo el arte que hay. Pero sí, me ayudan a creer en mí y a pensar que si ellos pudieron con lo difícil que lo tenían, por qué no voy a poder yo. Todo lo que me venga yo lo voy a afrontar con la máxima excelencia, con alegría de vivir y con la luz de mi Andalucía dentro. Me parece importante ser una misma, aceptarte con tus defectos y virtudes y sacar lo mejor de ellos para estar conforme con lo que tú sientes. Y yo siento que ahora soy más yo que nunca.
- En ese camino siempre ha estado acompañada por el flamenco y por esa etiqueta de transformadora del género.
- Yo no quiero transformar el flamenco, ya es perfecto en sí mismo y se transforma solo. Cuando alguien lo ama tanto y lo siente de una forma profunda, no hay vuelta atrás. El flamenco es mi raíz, es algo intrínseco a mi forma de ver el mundo. Por mucho que haya estudiado violín, cante moderno y haya descubierto el góspel o la salsa, la raíz se abre paso en cada canción.
- ¿Cómo se maneja para que esa raíz no se pierda en mitad de la experimentación y la mezcla con otros géneros?
- Regándola. Esta mañana he estado viendo vídeos de mi abuelo cantando por peteneras y por seguidillas. Y he llorado porque he conectado con mi tierra. Es una cosa que no puedo explicar con palabras. Por eso no me gusta que me digan que transformo el flamenco porque no es mi intención. Forma parte de mi ADN por mis vivencias y no quiero perderlo nunca. Mi abuelo cantaba sus penas y las convertía en alegrías. Le recuerdo cantando eso de Toda la vida trabajando, trabajando para guardar / Pero cuando yo me muera no me voy a llevar ná. Esa es su historia y a mí eso me ayuda a transmutar la mía y escribir desde el amor. La canción que le he hecho es un adiós y una forma de devolverme un trocito de él [se refiere a Abuelo una canción que sacó cuando éste falleció].
- Siempre remarca que él es una figura muy importante para usted. En esa canción hay un verso muy bonito que dice: ‘Pa’ recordarme que tengo que reírme así y llorar menos’. ¿La muerte de su abuelo ha cambiado su forma de afrontar la vida y la muerte?
- Mi música es una extensión más de lo que soy como persona, la faceta en la que más se me ve. No siento que mi abuelo haya sembrado solo en mí el cante desde que yo era chiquita, sino que ha sembrado una filosofía de vida, una forma de reírme ante lo malo y aprender de la vida. Su muerte ha sido muy difícil, pero lo he hecho tan bien… Decidir parar la gira de Europa para acompañar a mi abuelo hasta su último aliento es la mejor decisión que he tomado en mi vida. Y eso se me queda para siempre como un tesoro. Es verdad que mi equipo también me lo ha puesto muy fácil.
- Ese priorizar lo personal es algo que cada vez más artistas muestran: Valeria Castro, Rozalén, Pablo Alborán…
- Yo cuando empecé en esto estaba atormentada, insegura, temerosa. No hacía la música desde el amor porque no me quería a mí misma. Cuando aprendí que la MJ artista y la persona están integradas la una en la otra, lo entendí todo. Tenía que reforzar la coherencia entre lo que hago, lo que digo, lo que canto y lo que creo. Yo soy de campo, tengo un burro en Pozoblanco y he crecido cantando a los animales. Es una obligación que yo conserve eso.
- ¿Se vio en riesgo, en esos inicios, de perder esa coherencia y ese origen?
- El riesgo de perder la coherencia y el origen en esta profesión está garantizado, es una profesión donde hay factores externos como la fama, el dinero, las agendas locas que se comen tu vida personal… Acabas teniendo la sensación de que vives como una Barbie, metida en una caja, a la que desenfundan solo para subirse a un escenario. Llegamos a unos extremos de trabajo que no se ven… Exponemos nuestra vida entera porque nuestras canciones son un trozo de corazón que nos quitamos y le damos al mundo. Encontrar el equilibro es muy complicado. ¿Imposible? No, no lo es con un equipo que te comprenda, te conozca y te mande a la sierra cuando te ven agobiada.
- Deduzco que me va a decir que usted lo descubrió al estrellarse alguna que otra vez.
- A mí me costaba al principio tomar decisiones porque escuchaba más las voces de fuera que la mía. Tenía mucho miedo, me sentía muy nueva. Para mí ha sido primordial hacer terapia psicológica desde que empecé. Ya no porque esté mal o tenga depresión, que la he tenido, sino porque necesito un gimnasio de mis sentimientos, analizar lo que siento y por qué lo siento para tomar decisiones desde el interior.
- ¿Ese control ha hecho su música mejor o, al menos, más honesta?
- Analizar las emociones te da claridad aunque los humanos tengamos miedo a esa emoción. Hoy puede ser ansiedad, peligro o tristeza y mañana, orgullo, paz y calma. Yo intento crecer como ser humano a través del arte. Cuando estoy triste y pierdo la esperanza en el ser humano y en el mundo, voy a museos porque allí recuerdo que las personas somos capaces de hacer cosas maravillosas. Aunque poniendo la tele veamos tragedias y cosas horribles de algunos poderosos sin escrúpulos, en los museos se encuentra un parte sublime del ser humano que transforma lo malo en algo bellísimo.
- En ‘Ultrabelleza’ estaba decidida en la aceptación de todas las belleza. ¿Qué le interesa en esta nueva etapa que arranca?
- Ahora solo quiero jugar, no quiero que la muerte me pille sin haber disfrutado de la vida. Espero que la muerte me pille jugando, no encerrada como mucha gente en un despacho o en una vida triste. Estoy en un momento en el que quiero saltarme todas las reglas para hacer arte y dejar algo mejor de lo que yo encontré cuando llegué aquí.
«Es muy fácil que en la música te conviertan en una Barbie, metida en una caja, a la que desenfundan solo para subir al escenario»
- Ser libre, en definitiva.
- Yo rompo con todas las etiquetas que me ponen desde fuera, con todos los códigos de esta profesión que te atan, sobre todo siendo mujer. Te miran más, te intentan dirigir, también en tu aspecto físico, todo el rato. Tengo alma y este cuerpo, como me lo ha dado mi madre, lo pienso tratar bien para que aguante. Yo no soy ni las normas, ni las exigencias, ni el comentario de un hater. Soy un ser humano tan simple y tan complejo que siente y da muchísimo amor. Quizá mi forma de darlo sea dejar canciones y poemas.
- ¿Ha conseguido romper esas cadenas?
- Es muy complicado porque hay una lucha constante entre lo que tú deberías de ser a ojos de los demás. Pero cada ojo es distinto. Yo me he desquitado de muchas cadenas propias y muchos traumas. Ahora tengo mucho menos miedo porque sé que lo que yo soy no depende de lo que los demás digan. Yo me visto para mí y si no te gusta, no necesito saberlo. Solo quiero gustarme a mí. Si soy ejemplo de algo, quiero serlo de cómo soy, no de cómo parezco.
- Ahí hay otro elemento que va de la mano de este oficio suyo: la exposición.
- Siempre te hacen creer que hay algo malo en ti, por eso también en Ultrabelleza recalcaba la belleza de lo diferente y que no hay nada malo en ti. Somos naturaleza por el hecho de estar vivos y eso es más grande que nada. Claro que a la vida hemos venido a mejorar cada día, pero no desde el machaque del otro o de ti mismo.
- Antes hablaba de la importancia de Andalucía y de ese arte mestizo. Hace unas semanas tratábamos este mismo tema con Judeline, con la que le puedo encontrar alguna similitud.
- Ella es fantástica y creo que falta que nos conozcan un poco mejor para desmontar algunos estereotipos banales. La cultura andaluza tiene tanta riqueza, una cultura del trabajo tan grande que reducirnos a un estereotipo banal no nos hace justicia. Yo vengo de una familia de agricultores y ganaderos que en los 60 se fueron a trabajar a una fábrica en Barcelona. Mi abuelo hacía ese suelo de flores tan mítico barcelonés. Pues a mí cuando estudiaba allí me denigraban por mi acento, me pasó muchas veces. Y yo no podía evitar recordarles que el suelo que pisaban lo habían hecho mis abuelos trabajando en la fábrica.
- Ahora que tanto se habla de la inmigración en este país, ¿ser de una familia migrante, aunque sea interior, le ha forjado un carácter, una personalidad o una conciencia de clase?
- Mis abuelos y mis padres son los únicos que han creído siempre en mí pese al miedo que tenían de perderme porque me veían muy sensible para este mundo. De ellos aprendí a poner límites. El primer consejo que me dio mi abuelo fue: ‘Canta, cobra, pero no te vendas’. Y yo eso lo llevé grabado a las primeras reuniones con multinacionales. A quien me quería cambiar, le dije que no. Los que quisieran hacer este camino juntos, lo íbamos a hacer y, por el momento, el camino es precioso. Pero yo no hubiera sido capaz de poner esos límites siendo tan joven, de no haber venido de clase obrera, de no ser nieta de agricultores y ganaderos.
- Tengo la sensación de que usted siempre tuvo muy claro quién quería ser y cómo iba a serlo.
- Tengo muy claro lo que soy desde que nací. Me ha costado mucho llegar a ser artista y que todo el mundo lo viera tan claro como yo. En el pueblo, cuando se enteraron de que me habían dado una beca para Barcelona, mucha gente le decía a mis padres que estaban locos, que solo era la hija de un electricista. Pero yo no me iba a morir sin intentarlo. Ahora voy al pueblo y muchos niños me dicen que quieren ser artistas también. Y, por supuesto, aquí voy a estar yo para ayudarles.
- ¿Que esos niños que son como fue usted algún día la tengan ahora como referente qué le hace sentir?
- Me hace mucha ilusión y cuando me los encuentro en la puerta de mi casa les invito a pasar, a echar un rato y que vean el Goya que gané. Así pueden ver que una persona de su barrio puede hacer un Tiny Desk o ganar un Goya sin ser una diva borde. Yo no soy superior a ellos, me gusta que se vengan a comer unos churros a casa. Aprendo más de ellos yo que ellos de mí. El arte es una prolongación de la vida de nuestro tiempo, mientras más se produzca más sincero será el relato de lo que somos en el siglo XXI. Yo quiero que haya muchos artistas que empiecen a mirar al mundo, a tener su propio relato.
- ¿Qué importancia le da a tener ese relato propio? Sobre todo en un momento tan complejo políticamente y donde sus fans les exigen pronunciarse.
- Yo hice una reflexión hace mucho tiempo sobre cómo quería mirar el mundo y prefiero mirarlo desde la apreciación porque el desprecio me duele mucho. No me centro en los seres horribles que comenten genocidios sino hacia las personas normales y corrientes que aún siendo humildes son grandes. Muchas veces no estamos capacitados para hablar de cosas que no conocemos del todo, pero los artistas somos humanos y podemos opinar. Si el suelo es gris, es gris. Si están cometiendo un genocidio en Gaza, lo están cometiendo. Yo no me avergüenzo, ni me limito, ni me siento menos artista por esto. Tampoco más. El mundo en el que vivimos está económicamente controlado por personas horribles y, sin ser conscientes, cometemos el fallo de financiar indirectamente esas empresas, a esos magnates horribles que hacen atrocidades. Es lo que tiene este mundo capitalista, pero yo intento cambiarlo en cada decisión que tomo.
María José Llergo, profundamente libre. Folclórica.
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