En 2020 un equipo de astrofísicos e ingenieros catalanes diseñó una ciudad en Marte. El proyecto, un prodigio de análisis científico y tecnológico, fue finalista en un concurso internacional. Guillem Anglada-Escudé, miembro del equipo y descubridor en 2016 del exoplaneta más cercano, lo veía “como una posibilidad real” que, gracias a las soluciones que planteaba, “podría servir para reformular el funcionamiento de la sociedad humana”. Sin embargo, no todo el mundo que ha pensado en una colonia marciana es tan optimista.
En 2020 un equipo de astrofísicos e ingenieros catalanes diseñó una ciudad en Marte. El proyecto, un prodigio de análisis científico y tecnológico, fue finalista en un concurso internacional. Guillem Anglada-Escudé, miembro del equipo y descubridor en 2016 del exoplaneta más cercano, lo veía “como una posibilidad real” que, gracias a las soluciones que planteaba, “podría servir para reformular el funcionamiento de la sociedad humana”. Sin embargo, no todo el mundo que ha pensado en una colonia marciana es tan optimista. Seguir leyendo
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia
Kelly y Zach Weinersmith desmontan en su divertido y riguroso ‘Una ciudad en Marte’ la posibilidad de vivir en un asentamiento extraterrestre

Toni Pou
En 2020 un equipo de astrofísicos e ingenieros catalanes diseñó una ciudad en Marte. El proyecto, un prodigio de análisis científico y tecnológico, fue finalista en un concurso internacional. Guillem Anglada-Escudé, miembro del equipo y descubridor en 2016 del exoplaneta más cercano, lo veía “como una posibilidad real” que, gracias a las soluciones que planteaba, “podría servir para reformular el funcionamiento de la sociedad humana”. Sin embargo, no todo el mundo que ha pensado en una colonia marciana es tan optimista.
“Marte es una caca” o “El espacio es muy chungo” son algunas de las categóricas afirmaciones de Kelly y Zach Weinersmith, una profesora de biología en la Universidad Rice de Houston y un físico e ilustrador que se dedican a la divulgación científica humorística y que son auténticos adeptos de la exploración espacial. Nada les gustaría más que ser testigos de la expansión de la civilización humana más allá de la Tierra. Tal es su pasión que a lo largo de cuatro años leyeron 27 estantes de libros y artículos, entrevistaron a decenas de expertos y asistieron a numerosas conferencias y lanzamientos de cohetes. Después de haber digerido toda esta información, se convirtieron muy a su pesar en unos pesimistas autodenominados “los cabrones del espacio”. “No éramos así. La culpa es de los datos”, aseguran.
Los Weinersmith han hilado esta cantidad ingente de datos en un libro tan divertido como riguroso y exhaustivo: Una ciudad en Marte. A diferencia de la gran mayoría de libros, artículos y documentales sobre posibles asentamientos marcianos, escritos por partidarios de la colonización espacial, su texto no rezuma tecnooptimismo sino que ofrece una visión de conjunto con una sensatez poco habitual. Con una grata combinación de chistes y argumentos científicos, los autores desmontan una por una las tesis que históricamente se han esgrimido a favor de la colonización espacial: desde la reducción de la presión demográfica sobre la Tierra, el enriquecimiento mediante la explotación de recursos espaciales y la mitigación de las guerras hasta la ganancia en sabiduría y la revitalización de la cultura terrícola.
Además de analizar los escollos más conocidos que entrañan los asentamientos espaciales (menor gravedad, mayor radiación, atmósferas tóxicas, temperaturas extremas, terrenos polvorientos o punzantes), el libro profundiza en uno de los ámbitos menos estudiados de la exploración del espacio, como mínimo a nivel divulgativo: el régimen legal que debería regular la presencia humana fuera de nuestro planeta. ¿Cómo funcionaría la democracia en una sociedad en la que el aire estaría racionado y, probablemente, bajo el control de una empresa? ¿Cómo se evitarían disputas territoriales si algunas regiones del espacio son mejores que otras? ¿Qué implicaría que los humanos no pudieran reproducirse naturalmente fuera de la Tierra? ¿Cómo se podría garantizar la seguridad en un sistema solar en el que decenas de naciones, corporaciones e individuos poderosos estarían en condiciones de lanzar objetos de gran tamaño contra la Tierra? Aunque algunas de estas cuestiones se antojan hoy improbables y, desde luego, obedecen a una visión un tanto pesimista de la humanidad, arrojan un reto incuestionable: los legisladores espaciales, que de entrada se enfrentarían a la enorme dificultad del consenso internacional, deberían considerar todos los escenarios posibles, algunos de los cuales tal vez no podamos ni imaginar hoy en día.
Tal como apuntan los Weinersmith, después de leer este interesante libro uno tiene la sensación de que llegar a las estrellas no nos hará necesariamente más sabios, sino que tal vez tendríamos que ser más sabios para llegar a las estrellas.
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