Una de las palabras que más repite Nuria Mora (Madrid, 1974) es obsesión. Si algo se le mete en la cabeza, la artista no para hasta salirse con la suya. Sucedió cuando se obsesionó con cruzar media España a lomos de una Vespa roja para observar el paisaje con lentitud y «bajar un ritmo de vida que me llevaba de aquí para allá sin ton ni son», recuerda. Y en ese tránsito apaciguado se obsesionó con los antiguos postes de la luz y con recuperar las protecciones cerámicas que los coronan. Aquellos cilindros curvados la inspiraron para trabajar la escultura y entonces se obsesionó con crear coloridas piezas colgantes que parecen boyas marinas. Después, vendría el aprendizaje autodidacta de la técnica cerámica, que ahora domina. Pero su primera obsesión, con la que comienza todo, fueron las paredes de Madrid, las que llenó de laberínticas geometrías abstractas en los 90. Nuria Mora, que en aquel momento colaboraba con su pareja y firmaban como Eltono y Nuria, fue una de las primeras artistas urbanas de nuestro país.
Una de las pioneras del arte urbano toma el Casal Solleric de Palma con tres instalaciones ‘subacuáticas’: pecios rescatados, algas de colores y mapas que no llevan a ningún lado
Una de las palabras que más repite Nuria Mora (Madrid, 1974) es obsesión. Si algo se le mete en la cabeza, la artista no para hasta salirse con la suya. Sucedió cuando se obsesionó con cruzar media España a lomos de una Vespa roja para observar el paisaje con lentitud y «bajar un ritmo de vida que me llevaba de aquí para allá sin ton ni son», recuerda. Y en ese tránsito apaciguado se obsesionó con los antiguos postes de la luz y con recuperar las protecciones cerámicas que los coronan. Aquellos cilindros curvados la inspiraron para trabajar la escultura y entonces se obsesionó con crear coloridas piezas colgantes que parecen boyas marinas. Después, vendría el aprendizaje autodidacta de la técnica cerámica, que ahora domina. Pero su primera obsesión, con la que comienza todo, fueron las paredes de Madrid, las que llenó de laberínticas geometrías abstractas en los 90. Nuria Mora, que en aquel momento colaboraba con su pareja y firmaban como Eltono y Nuria, fue una de las primeras artistas urbanas de nuestro país.
«Cuando empecé era la única chica, una chavala de 20 años que formaba parte de un grupo muy pequeño. No existía ni siquiera esa palabra: street art. Hacíamos grafiti o arte ilegal callejero, no había más», asegura Mora, que durante un tiempo compaginó el arte de guerrilla con su trabajo de azafata aérea. «Mucha gente que viene de ese mismo entorno o no han sabido o no han querido salir de esa subcultura, algo que me parece genial. Mi trabajo actual no se puede entender sin el arte urbano porque en ambos casos trato de crecer desde los márgenes», explica la artista. Y la exposición Había en el fondo del mar, que podrá verse hasta septiembre en el Casal Solleric de Palma de Mallorca, es un excelente ejemplo de ello.
Una de las tres grandes instalaciones que presenta en el palacete de la ciudad parte del mismo método que marcó sus intervenciones urbanas. Todo arranca con el hallazgo de un lugar capaz de generar una imagen sugerente. Durante la Bienal de Paxos en Grecia (2022), descubrió una caseta de pescadores que le interesó de inmediato y decidió cubrirla con miles de cintas de raso de distintos colores. Ahora, recupera aquella pieza en uno de los balcones del Casal Solleric con el mismo título, Respiración, y con voluntad similar: recrear las formas largas y finas del alga posidonia, típica de Baleares, para convertirlas en metáforas del fondo marino.
«Forma parte de la misma idea del naufragio que el resto de la exposición», señala Mora. «Casi todos los proyectos que realizo parten de un momento personal. En este caso concreto, de un fracaso familiar». La pieza más compleja de la exposición es una gran instalación en la que se acumulan decenas de objetos enredados en cuerdas y cables de colores, como si fueran un pecio de memorias rescatado del mar. Los restos de un naufragio.
«La gran mayoría de los elementos que lo componen han tenido una vida anterior. Los hice con moldes que encontré en una fábrica de muñecas en Segorbe», explica. En uno de sus viajes, la artista se coló en una fábrica abandonada en la ciudad valenciana dedicada a la fabricación de objetos de todo tipo. Aquella intrusión casual despertó una fiebre por aprender la técnica cerámica. «Me llevé todos los moldes que pude y empecé a hackearlos. Servían para hacer muñecas de porcelana, utensilios de hogar, teteras, cosas así… Esta obra habla de cómo puedes recomponerte y generar una nueva lectura a partir de cosas que tuvieron una vida anterior. Es un elogio del fracaso», destaca.
El conjunto es caótico, pero también energético y arrebatador. Nuria Mora utiliza una paleta de tonos vivos y ácidos que atrapan e incendian la mirada, ya sea en sus instalaciones, cuadros abstractos o piezas de diseño: alfombras, jarrones de flores e incluso joyas de lujo que ha realizado en diferentes colaboraciones con marcas muy conocidas. Esos tonos abrasivos y tropicales tienen su espacio natural en los lienzos que construye a base de paneles que luego pueden combinarse de diferentes maneras. «Es un formato que permite recomponer la obra y además adaptarse a los diferentes espacios. Esto también viene de mi experiencia en la pintura callejera, donde tenía que adaptar mis dibujos a las espacios limitados», compara.
Su serie de lienzos más reciente, que también se muestra en Palma, supone un nuevo comienzo. «Son como mapas de lugares no cartografiados… esa idea de irte sin saber dónde llegarás, de terra incognita. De largarte a un lugar donde no sabes lo que te va a pasar», relata. En ellos, llama la atención la superficie rugosa, como áspera, que Mora vincula al papel de lija con el que se cubre los monopatines en la subcultura skate, muy cercana a la del grafiti y de la que ella también formó parte. «Teníamos una música, una forma de vestir y una forma de pintar grafiti», reivindica.
Su voluntad de superar los diferentes formatos artísticos se adentra así en la filosofía del arte urbano. «Soy capaz de confeccionar cualquier cosa, porque tengo una mente analítica y porque vengo del do it yourself», reconoce Mora, que estudió Bellas Artes y también Arquitectura de interiores. Para demostrarlo, ahí quedan unos tótems cerámicos de cinco metros de altura -encargo de un coleccionista-, que muchos artesanos le dijeron que eran imposibles de realizar. «Si tengo que inventarme una forma para realizar lo que sea, sé hacerlo», asegura. Y para lograrlo, hace de la obsesión un método.
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