Quizá sin querer, Candela Peña señaló en La revuelta varios síntomas de la enfermedad de la democracia. Cuando se burló de Pedro Sánchez por recurrir a la ropa vaquera para transmitir buen rollo y cuando reprochó la agresividad con la que se comportan los políticos. Dijo que estos son como padres o referentes —que es una palabra más de 2026–, y que dan mal ejemplo.
¿Qué hace un padre cuando quiere bajar a la altura de sus hijos? Se pone ropa vaquera y coleguea, interpretando un papel que da mucho cringe
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¿Qué hace un padre cuando quiere bajar a la altura de sus hijos? Se pone ropa vaquera y coleguea, interpretando un papel que da mucho cringe

Borja Puig de la Bellacasa (EFE)

Quizá sin querer, Candela Peña señaló en La revueltavarios síntomas de la enfermedad de la democracia. Cuando se burló de Pedro Sánchez por recurrir a la ropa vaquera para transmitir buen rollo y cuando reprochó la agresividad con la que se comportan los políticos. Dijo que estos son como padres o referentes —que es una palabra más de 2026–, y que dan mal ejemplo.
De todas las maneras de concebir la ejemplaridad en la conducta pública, la comparación con los padres es la más impropia y, al mismo tiempo, la que más se adapta a estos tiempos ñoños y de emociones baratas. Los políticos se consideran padres en las dictaduras. Franco tenía una idea paternal de España. Stalin se hacía llamar papaíto en la propaganda. Las muertes de los dictadores dejan huérfanos a sus siervos, siempre dispuestos a perdonar un exceso de autoridad a cambio de una protección hipotética.
No se refería Peña a esa clase de paternidad. Hablaba en unos términos mucho más suaves y éticos, de una ejemplaridad entendida como un comportamiento austero y serio, lo que antes llamábamos institucional. Pero recurrir a la paternidad presupone una minoría de edad ciudadana. No se puede comparar a un presidente —o a toda una clase política— con un padre sin despojar de soberanía y agencia a todo el pueblo. El contrato social firmado entre adultos libres y conscientes se convierte en una relación propia de la sociedad del espectáculo: se le pide a un presidente lo mismo que a Taylor Swift o que a Rafa Nadal. Un presidente, en una democracia que se tome en serio, no tiene que ser referente de nada. Basta con que sea responsable y se tome en serio sus funciones en el seno del Estado. No es poco.
¿Y qué hace un padre cuando quiere bajar a la altura de sus hijos? Se pone ropa vaquera y coleguea, interpretando un papel que da mucho cringe porque no engaña a nadie: aun con el vestuario más de andar por casa, el padre sigue siendo un padre. Fingir que no lo es solo puede convencer a sus seguidores más convencidos, que se sienten halagados por la cercanía, pero en el resto de la gente se encienden las alarmas: ¿qué querrá este, con tanto jijí y tanto jajá?
El voto, claro. Los guindos de los que se caía la gente ya se extinguieron en España, pero no por eso deja de perturbar la estampa de un presidente que sale por la tele haciendo de papá enrollado: porque funciona.
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