Victor Hugo describió la catedral de Notre-Dame como una «vasta sinfonía en piedra», testigo de los siglos y las revoluciones, el mascarón de proa que domina la Île de la Cité. Pero hay otra isla más desconocida río abajo, cuando el Sena serpentea hacia la banlieue de Boulogne-Billancourt: la Île Seguin surge con un destello dorado en su punta y cuenta otra historia de París. Olvidada durante años, fue la gran fábrica de Renault hasta que en 1992 salió el último Super 5 de sus talleres. En su cadena de montaje trabajó en una fresadora la filósofa Simone Weil mientras escribía sus diarios de fábrica, y allí un jovencísimo Robert Doisneau se estrenaba como fotógrafo. Ya en los años 70, Sartre se subió a un barril para arengar a los obreros y repartir el periódico maoísta La Cause du peuple. Tras décadas de semiabandono y demolición de su pasado industrial, todavía entre grúas y maquinaria, la isla renace como un nuevo polo cultural del Gran París. Y lo hace con ese destello dorado, Large, un centro de arte contemporáneo diseñado por los españoles RCR Arquitectes (las iniciales de Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramon Vilalta).
Premio Pritzker en 2017, el estudio con sede en Olot inaugura Large, un impresionante centro de arte ubicado en una isla del Sena: «Es una prolongación de la ciudad hacia la naturaleza»
Victor Hugo describió la catedral de Notre-Dame como una «vasta sinfonía en piedra», testigo de los siglos y las revoluciones, el mascarón de proa que domina la Île de la Cité. Pero hay otra isla más desconocida río abajo, cuando el Sena serpentea hacia la banlieue de Boulogne-Billancourt: la Île Seguin surge con un destello dorado en su punta y cuenta otra historia de París. Olvidada durante años, fue la gran fábrica de Renault hasta que en 1992 salió el último Super 5 de sus talleres. En su cadena de montaje trabajó en una fresadora la filósofa Simone Weil mientras escribía sus diarios de fábrica, y allí un jovencísimo Robert Doisneau se estrenaba como fotógrafo. Ya en los años 70, Sartre se subió a un barril para arengar a los obreros y repartir el periódico maoísta La Cause du peuple. Tras décadas de semiabandono y demolición de su pasado industrial, todavía entre grúas y maquinaria, la isla renace como un nuevo polo cultural del Gran París. Y lo hace con ese destello dorado, Large, un centro de arte contemporáneo diseñado por los españoles RCR Arquitectes (las iniciales de Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramon Vilalta).
A unas cinco millas náuticas de la sinfonía pétrea de Notre-Dame, Large se alza como su reverso: un esbelto edificio-gesto que suena a groove de jazz, acompasado con el curso del Sena. «Queríamos que la gente tuviera conciencia del entorno natural: el agua. Una isla es un hecho excepcional y nuestra implantación no podía ser lo mismo, como un trozo de ciudad más. La presencia del agua es constante, se ve desde el museo, cualquier oficina, comercio o calle», explica Ramon Vilalta en el diáfano vestíbulo de Large, mirando, por supuesto, hacia el río.
En su primera obra en la capital francesa, RCR se estrena con este museo-faro de 5.000 metros cuadrados en la proa de la isla, pero ha diseñado todo un barrio, su vegetación, una grada escalonada hacia el Sena y un puente en forma de arco: más de 50.000 metros cuadrados. «La geometría de todo el proyecto viene determinada por la forma de la isla. Es una prolongación de la ciudad hacia la naturaleza», señala Carme Pigem mientras abre el brazo hacia las verdes colinas de la vecina Meudon, al otro lado del río, donde la ciudad recupera la vegetación y donde Rodin tuvo su taller durante 24 años, su refugio hasta que murió. Con sus líneas esculturales (¿una ola? ¿la carrocería de un coche?), Large se antoja como otro refugio: de París, hasta de uno mismo. Solo hace falta subir unas escaleras mecánicas blancas durante un minuto y 20 segundos: los RCR lo han convertido en una experiencia casi zen.
Es pronto por la mañana, en un típico día parisino, nublado y gris. Casi todos los medios franceses, además del Financial Times, The New York Times o Forbes, cubren la noticia: París estrena un nuevo museo. Otro más. La diferencia es que este lo firma RCR, el estudio que en 2017 marcó un antes y un después en el Premio Pritzker, considerado el Nobel de la Arquitectura. Fue la primera vez que tres personas lo ganaban y, además, fuera de cualquier tipo de capitalidad: desde Olot (díganle a alguien de Chicago, sede del Pritzker, que lo localice en el mapa).
A un suspiro de los Pirineos, Olot se sitúa en el corazón del Parque Natural de la Zona Volcánica de la Garrotxa, un paisaje de conos dormidos y coladas de lava que marca la arquitectura de RCR. O de Rafael, Carme y Ramon: tres amigos de la universidad que no quisieron abrir despacho en la eufórica Barcelona preolímpica sino volver a casa, a sus montañas, y desde allí diseñar una arquitectura que tiene algo de telúrico. «Nos decían que estábamos locos», recuerda Carme con una sonrisa. Unos locos que rehabilitaron la antigua Fundición Barberí, de donde salieron la mayoría de campanas de bronce de las iglesias catalanas desde el siglo XVI, para convertirla en un espectacular taller, una nave industrial-loft con un jardín interior y múltiples capas de historia.
Antes de RCR, solo un español había recibido el Pritzker: Rafael Moneo, en 1996. Dos décadas después, con los mismos edificios-icono proliferando en Londres, Roma o Singapur, los RCR se reivindicaban así: «Somos la antítesis de los arquitectos estrella». La suya no es una arquitectura del yo, sino del nosotros. «Entonces se empezó a percibir que el mundo estaba inmerso en un cambio, en el que aún seguimos hoy: el de valorar cada lugar y contexto. Históricamente, la arquitectura nace con un clima y las diferentes culturas dan sus respuestas. Pero con la irrupción de la tecnología pareció que las máquinas podían suplir lo que no aportaba la arquitectura tradicional. Ahora, con más conciencia del mundo y de la ecología, volvemos a valorar que la arquitectura se hace desde un lugar. Cada edificio es un paisaje. Para nosotros no hay diferencia entre diseñar una plaza en Ripoll, un museo en París o una torre en Dubái», reflexiona Carme. Pero podría ser Ramon o Rafael, que conforman una suerte de ¿imposible? yin yang a tres.
Hay un espíritu muy japonés en RCR, que se forjó en su primer viaje a Tokio, en 1990. «Nos impactó mucho la cultura japonesa, de la que entonces no sabíamos nada. Volvimos fascinados por su exquisitez y perfección, pero sobre todo por su estima hacia la naturaleza. Nosotros vivimos en un lugar con una naturaleza muy poderosa, pero quizás al tenerla tan cerca no la valoramos lo suficiente. Al ver esa devoción en Japón nos sentimos reflejados en un espejo, nos hizo despertar esa conexión», sigue contando la arquitecta. De aquel viaje iniciático regresaron con la idea de desterrar sus mesas individuales de la oficina: a partir de entonces trabajarían juntos alrededor de una sola. «No tenemos tres mesas ni tres despachos, eso es importante. Trabajamos sobre una gran mesa, que siempre está llena de papeles…», añade Carme.
De papeles y de acuarelas. Porque la primera aproximación de RCR a los proyectos siempre es un trazo a la acuarela, una intuición de lo que luego será paisaje: ya las han expuesto en el Pompidou, la Bienal de Venecia y varios museos (guardan más de 5.000 en su archivo: podrían llenar todo Large con sus propias obras). El primer esbozo del museo fue una pincelada en amarillo ocre suspendida en el aire y, debajo, el contundente azul del río. «Después convertimos este imaginario en líneas, en representación. La idea deviene forma, materia», apunta Ramon.
En París, uno de los principales objetivos de RCR ha sido renaturalizar la isla, devolviéndole parte de ese campo que fue durante el medievo y paliando la dureza industrial del convulso siglo XX. «Aún falta algún tiempo, esto cambiará mucho en unos años», advierte Ramon, dando margen al paisaje que han plantado en la terraza circular de Large y sus alrededores. Los arquitectos han recuperado la vegetación autóctona de un pasado luminoso y trágico que ni los parisinos recuerdan, aunque prácticamente resume su República: Louis XV ya usó la isla como lugar de paso de la corte hacia Versalles; su propietario posterior, el banquero Vendenyver, fue guillotinado en 1793; el químico Armand Seguin legó su nombre a la ínsula tras inventar un revolucionario método para curtir el cuero: desde aquí suministró el calzado a los ejércitos de la Revolución y de Napoleón; en el siglo XIX, la isla atrajo a los artistas que gustaban de pintar en plein air, como Paul Huet, Corot, Sisley y hasta Turner; durante la Belle Époque se puso de moda como destino de ocio náutico para pasear en bote y, desde el parque, practicar el tiro de pichón…
El siglo XX fue sinónimo de Renault. Durante la Primera Guerra Mundial la fábrica produjo tanques y vehículos para Francia, pero en la Segunda, con el país ocupado bajo el gobierno de Vichy, el material militar iría al ejército nazi y Louis Renault, antaño héroe, sería detenido en 1940 por un supuesto colaboracionismo, aún hoy polémico y que divide a los historiadores. Murió en prisión antes del juicio y el Estado nacionalizó la fábrica, que se convertiría en escenario de largas luchas sindicales. Hasta que quedó arrasada en el siglo XXI, pendiente de largos vaivenes burocráticos.
«Llevamos diez años con este proyecto», suspira Ramon. «Hoy en día hay algo de heroicidad en todo este proceso. Es una reflexión que va más allá de la arquitectura: afecta a todas las artes y profesiones, incluso a la manera de sacar adelante una empresa. Hemos perdido la capacidad de cooperación y hay que revertir esa tendencia. En época de Gaudí había los mejores artesanos, cada uno trabajaba con los mayores conocimientos en su área y juntos podían hacer una obra increíble. Ahora…», continúa. Pero entonces aparece un sonriente Laurent Dumas (no, nada que ver con el escritor), que saluda afectuosamente a los arquitectos. «Todo esto es gracias a ellos», les señala el filántropo, coleccionista y fundador del grupo Emerige, que impulsa Large. Y recuerda el impacto que le causó el Museo Soulages, que los catalanes levantaron en Rodez y que inauguró François Hollande en 2014 casi como un monumento nacional: «Me quedé sin aire. Era la mejor respuesta que había visto de la arquitectura hacia un artista», en referencia a Pierre Soulages, un mito en Francia.
En Large, la respuesta es al Sena.
En un día soleado, las aguas del río se proyectan en ondas sobre la piel de aluminio del edificio; al atardecer, sus escamas se encienden en tonos rosados o violáceos, como en un trencadís; bajo el cielo gris los matices terrosos se acentúan. «Queríamos captar la atmósfera particular del río: la niebla, el sol y el viento, esas condiciones efímeras, mágicas. El edificio cambia constantemente», afirma Ramon, un poco a la manera del pintor impresionista que pinta obsesivamente la catedral de Ruan o los acantilados de Normandía a todas las horas del día.
Entrar en Large es sumergirse en un paisaje interior que, esta vez, parece compuesto por Kandinsky: la marcada diagonal de las escaleras mecánicas, la rotonda que domina el atrio, las líneas curvas de las plantas superiores. La arquitectura resulta tan esencial que se diría abstracta. «Un centro de arte en vertical tampoco es habitual. El recorrido a través del museo tenía que ser una experiencia sensorial y las escaleras mecánicas te introducen en él, con esta vista impresionante alrededor», señala Carme.
¿Qué tienen de especial esas escaleras mecánicas? Durante más de un minuto el visitante atraviesa el espacio en diagonal: la vista va del Sena a las sombras tamizadas que proyectan los ventanales, como si fueran geometrías de luz sobre las paredes. Hasta la respiración se torna más lenta. Ramon lo describe así: «Es una aproximación que desconecta al visitante de las cosas externas. Te va vaciando, te olvidas del exterior y te prepara para entrar en la gran sala, para sentir la dimensión del espacio».
La gran sala está en la cuarta planta, tiene 14 metros de altura (imaginen un edificio de cuatro o cinco plantas) y ocupa mil metros cuadrados. Pero el impacto no es tanto esa monumentalidad de vacío sino la sensación de paz y, extrañamente, cierta intimidad: la de estar solo en medio de una isla. «No es una caja blanca con paredes para hacer cosas. Lo planteamos como una dimensión del espacio con luz. Queremos trascender la manera normal de hacer exposiciones. La sala es para ti: tanto para el artista como para el visitante, te prepara para gozar aún más de lo que es habitual», advierte Carme. «Ahí está la conexión con la obra de arte: la arquitectura va más allá de la función. Los espacios deben transmitir a las personas emociones, belleza…», añade. A su lado, Ramon tercia: «La arquitectura es para vivirla, no basta con mirarla, la experiencia del espacio no se puede sustituir».
Los arquitectos apuran su café antes de que empiece la visita a Motor imaginario, la exposición que ocupa todo el museo con 50 obras históricas de la colección Renault y una veintena de piezas contemporáneas. Destaca el gran friso que Julio Le Parc diseñó en los 70 para la cantina de Renault (y que se ha descolgado por primera vez), una furgoneta transformada en catedral con vitrales de Romuald Jandolo, las fotos en blanco y negro de Doisneau… Sorprenden las muchas obras de mujeres: la carrocería cual lienzo de Selma Selman; la biblioteca teñida de azul de Thu-Van Tran, que rescata las lecturas de los antiguos obreros; el casi videojuego de Sara Sadik creado con alumnos de una escuela de carrocería y pintura… Y es que la comisaria de la muestra no es otra que Cecilia Alemani, que dirige el programa de arte público de la High Line de Nueva York y fue la responsable la Bienal de Venecia dedicada al surrealismo y a las mujeres artistas. En Motor imaginario despliega una sugerente historia del coche como símbolo de libertad, objeto de deseo, catástrofe natural, máquina casi humana…
Una muestra que sintetiza la filosofia de Large y que la directora del centro, Paula Aisemberg, describe así: «Nuestra misión es mostrar la escena artística de Francia. Queremos que este sea un punto de entrada para todos los públicos, incluso el que no está especialmente interesado en el arte». Para expandirlo, el cercano cine Pathé programará películas relacionadas con las exposiciones: en la isla donde Renault fabricó sus coches ahora se proyectan Thelma & Louise, Gran Torino o Drive. Y París recupera su oasis de la Belle Époque.
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