<p>Cuando tenía 16 años, Ruth Asawa (Norwalk, 1926) vio cómo dos agentes del FBI se presentaban en la granja de su familia para llevarse detenido a su padre. No había hecho nada, salvo ser japonés en 1942, en plena psicosis post-Pearl Harbor. Su madre, sus seis hermanos y ella no le volverían a ver hasta el final de la guerra. Unos meses después el resto de la familia recibió la orden de hacer dos maletas por persona y de presentarse en <strong>el antiguo hipódromo de Santa Anita, reconvertido en un ‘centro de internamiento’ para japoneses-estadounidenses</strong>, eufemismo para los infames campos de detención que proliferaron en Estados Unidos y a los que el presidente <strong>Roosevelt </strong>dio luz verde. Más de 100.000 ciudadanos -la mayoría nacidos en el país pero de ascendencia japonesa- fueron detenidos durante años.</p>
Es una de las grandes artistas estadounidenses aunque su ascendencia japonesa la llevó a un campo de internamiento en 1942. El Guggenheim de Bilbao le dedica su primera retrospectiva en España, tras el éxito de su estreno en San Francisco y Nueva York
Cuando tenía 16 años, Ruth Asawa (Norwalk, 1926) vio cómo dos agentes del FBI se presentaban en la granja de su familia para llevarse detenido a su padre. No había hecho nada, salvo ser japonés en 1942, en plena psicosis post-Pearl Harbor. Su madre, sus seis hermanos y ella no le volverían a ver hasta el final de la guerra. Unos meses después el resto de la familia recibió la orden de hacer dos maletas por persona y de presentarse en el antiguo hipódromo de Santa Anita, reconvertido en un ‘centro de internamiento’ para japoneses-estadounidenses, eufemismo para los infames campos de detención que proliferaron en Estados Unidos y a los que el presidente Roosevelt dio luz verde. Más de 100.000 ciudadanos -la mayoría nacidos en el país pero de ascendencia japonesa- fueron detenidos durante años.
A principios de los 90, cuando Ruth Asawa ya era una reconocida artista con varias esculturas públicas en San Francisco, su ciudad, recibiría el encargo de diseñar un memorial de bronce de cuatro metros en el centro de San José sobre la vida en los campos. Solo en el de Santa Anita había cerca de 18.000 personas hacinadas en cuadras: el lugar más inverosímil para que una joven Ruth diera sus primeros pasos artísticos con tres artistas japoneses que habían trabajado en los estudios Disney, también detenidos, y que le enseñaron a dibujar del natural. Las manos de la adolescente ya estaban curtidas: cada día, después de la escuela tanto ella como sus hermanos trabajaban en el campo hasta que oscurecía, recogiendo judías, plantando cebollas, clasificando tomates… El molde en bronce de sus manos, menudas, fuertes y aún así delicadas, es una de las piezas más simbólicas y sugerentes de la magna retrospectiva que le dedica el Guggenheim de Bilbao, coincidiendo con el centenario de su nacimiento. Es su primera antológica en España y prácticamente en Europa (Oxford le dedicó una en 2022), que después viajará a la Fundación Beyeler de Suiza.
«Para el público español será un descubrimiento. En Estados Unidos ya se la reconoce como una de las grandes artistas del país, aunque como tantas otras creadoras fue marginalizada en la historia del arte del siglo XX», apunta la comisaria Geaninne Gutiérrez-Guimarães sobre otra exposición de bandera en el Guggenheim, como la de la pintora sueca Hilma af Klint, la norteamericana Helen Frankenthaler, la japonesa Yayoi Kusama, la brasileña Tarsila do Amaral...
«En la década de los 50, Asawa emergió como una creadora potente, exhibió en galerías de San Francisco y Nueva York, participó en la Bienal de São Paulo de 1956… Sus obras aparecieron en revistas como Time o Vogue coincidiendo con el auge del minimalismo. Se la vincula a figuras como Alexander Calder y Naum Gabo, por su manejo de la transparencia y las estructuras colgantes», contextualiza Gutiérrez-Guimarães.
La antológica viene precedida por su gran éxito en Estados Unidos: la estrenó el San Francisco Museum of Modern Art, donde recibió más de 285.000 visitantes, todo un récord, y cuando llegó al MoMA de Nueva York lo hizo a lo grande, con muchas más obras (casi 400) y siendo la muestra más grande jamás dedicada a una mujer en la historia del museo.
Ver sus espectaculares esculturas en las diáfanas y amplias salas del Guggenheim, con cerca de 250 obras, tiene algo de justicia histórica. Tres veces solicitó Asawa una beca de creación a la Fundación Guggenheim: en 1952, en 1987 y en 1994. Tres veces fue rechazada, incluso en los 90, cuando pretendía escribir un libro sobre su investigación para crear el Memorial de San José.
Pero la palabra escultura se queda corta para definir a Asawa. Ella va más allá. Con un simple alambre que entrelazaba hasta el infinito era capaz de crear un universo natural, espiritual o abstracto. Descubrió la técnica en México, en el popular mercado de Toluca, donde eran habituales los cestos de alambre en forma de gallina para guardar los huevos, y la perfeccionó en el experimental Black Mountain College. Pero Asawa desarrolló su propio camino: en sus esculturas late la danza (estudió con el gran coreógrafo Merce Cunningham), el gesto de la caligrafía japonesa, cierto espíritu zen… Todo para formar una «forma continua dentro de otra forma», como ella misma lo llamaba. Como una cinta de Moebius.
«Hoy valoramos su obra más allá de lo artesanal, reconociéndola como precursora del minimalismo y de conceptos como transparencia, volumen y espacio. Asawa desafía la tradición escultórica: sus piezas no son masivas, estáticas ni ancladas al suelo, sino objetos que capturan aire y volumen», señala Gutiérrez-Guimarães. El Guggenheim despliega todas las facetas de Asawa, sus casi seis décadas de creación, de 1947 a 2006: sus grabados, sus dibujos, sus primeros cuadros… «En 1989 le diagnosticaron lupus y perdió fuerza para seguir con las esculturas. Entonces se volcó con dibujar las flores de su jardín, creando incansablemente mañana, tarde y noche. Su legado es impresionante, nunca paró», añade la comisaria. Cuando el alambre empezó a pesar, siguió dibujando el aire.
Comisarias: Janet Bishop y Cara Manes, con la colaboración de Geaninne Gutiérrez-Guimarães. Hasta el 13 de septiembre
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