<p>La vida pasa y el oro pesa. O al revés, la vida, cuando quiere, pesa y el oro es de ley que pase, y lo haga de mano en mano. Si se quiere, <i>The Weight </i>(peso en castellano), de Padraic McKinley, se puede interpretar desde las estrictas leyes de la física. Como la propia magnitud a que se refiere el título, también esta película tiene que ver con la gravedad. Pero no solo con la interacción fundamental que atrae los cuerpos con masa entre sí, sino también con la otra, la grave. <strong>De hecho, todo su empeño es evitar, en un alarde de divertida y gozosa ligereza, que la gravedad, sea la fuerza esencial o el hondo sentimiento, la atrape.</strong> Por otro lado, si de densidad se trata, como la medida que relaciona la masa de antes con el volumen, <i>The Weight </i>puede presumir de girar toda ella alrededor del más denso de los materiales, el oro, y el más espeso de los sentimientos, la nostalgia. Y el oro, ya se ha dicho, pesa. Y la nostalgia también.</p>
El actor protagoniza en la Berlinale una solvente incursión en el cine de forajidos y aventuras tan ligera y brillante como culpablemente melancólica. La firma el debutante en el cine, antes director de series, Padraic McKinley
La vida pasa y el oro pesa. O al revés, la vida, cuando quiere, pesa y el oro es de ley que pase, y lo haga de mano en mano. Si se quiere, The Weight (peso en castellano), de Padraic McKinley, se puede interpretar desde las estrictas leyes de la física. Como la propia magnitud a que se refiere el título, también esta película tiene que ver con la gravedad. Pero no solo con la interacción fundamental que atrae los cuerpos con masa entre sí, sino también con la otra, la grave. De hecho, todo su empeño es evitar, en un alarde de divertida y gozosa ligereza, que la gravedad, sea la fuerza esencial o el hondo sentimiento, la atrape. Por otro lado, si de densidad se trata, como la medida que relaciona la masa de antes con el volumen, The Weight puede presumir de girar toda ella alrededor del más denso de los materiales, el oro, y el más espeso de los sentimientos, la nostalgia. Y el oro, ya se ha dicho, pesa. Y la nostalgia también.
Padraic McKinley, debutante como director en el cine tras firmar varias series, propone algo parecido a un juego. La primera secuencia con un padre, Ethan Hawke, y su hija lanzados por la carretera de arena en algo parecido a Ford T coloca al espectador ante un fragmento de un imaginario metraje perdido de, por ejemplo, Luna de papel (Peter Bogdanovich, 1973). Le seguirán retazos de Brubaker (Stuart Rosenberg, 1980), esquirlas de la violencia seca de Bonnie y Clyde (Arthur Penn, 1967) y mucho de la masculinidad enferma de Deliverance (John Boorman, 1972). Estamos en tiempos de la Depresión y cada secuencia posee en encanto de lo ya conocido, lo ya visto, lo recordado. Digamos que la película pasa y, en su levedad melancólica, pesa.
Se cuenta la historia de uno de esos personajes entre la derrota y la ejemplaridad moral que tanto le gustaba encarnar a Robert Redford. Viudo y solo con su hija, algo perdido y con muchas deudas que pagar, nuestro héroe acabará en la cárcel. Allí le espera un despiadado Russell Crowe dispuesto a aprovecharse de su habilidad para solucionar problemas, liderar voluntades y mantener promesas hasta la misma muerte si es necesario. A cambio de robar en unas minas perdidas y transportar con sus colegas de prisión unos lingotes de oro a través de un valle también perdido, se le ofrece la libertad primero y el reencuentro con la cría del principio después. Lo que sigue, lo han adivinado, es aventura, aventura de las de antes, aventura que, la verdad, más que pesar, simplemente pasa.
A un lado un guion algo errático cuyo único propósito es llevar al grupo de hombres adustos (solo Julia Jones rompe con solvencia la monotonía testosterónica) de un lugar a otro, la propuesta de McKinley se vive toda ella con la excitación y la ironía debida. Es cierto que algunas de las decisiones y giros del libreto resultan entre discutibles y solo incomprensibles. Superada la perplejidad inicial, la escena del lanzamiento de lingotes de un lado a otro del valle, por ejemplo, es tan entretenida como arbitraria y poco razonada. Da lo mismo. Qué más da. Aquí hemos venido a jugar. Lo que importa es la fiebre, el ritmo, la franqueza e inmutabilidad del héroe y, por supuesto, el oro. Toda pasa. Todo pesa.
The Weight se dispone así sobre la pantalla casi como una liturgia de reencuentro con el cine en la frontera entre lo boomer y lo X. Quién les iba a decir a los jóvenes turcos de los 70, los que le disputaron a los grandes estudios su hegemonía y discutieron al clasicismo sus maneras anquilosadas y académicas; quién les iba a decir, decíamos, que, con el correr del tiempo, iban a quedar ellos mismos transformados en canon, momificados en la memoria de una generación entera y elevados a la categoría de, en efecto, enemigo a batir. Ese juego del que hablábamos y con tanta gracia y gusto juega McKinley, mirado con cierta distancia, tiene bastante de trampa. Es ahora cuando a alguno se le puede escapar eso de que ya no se hace cine como antes. Y eso, no lo duden, es la señal inequívoca de que se está muerto o de camino. Pese a quien pese. Pase lo que pase.
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