En 2019, el historiador, escritor y divulgador Alessandro Barbero fue invitado a un congreso de historia en el Palazzo Ducale de Génova a impartir una charla sobre historia y gastronomía. La conferencia giró en torno al sentido del tiempo vinculado a las comidas a lo largo de cuatro siglos y fue el germen del ensayo que hace unos días llegó a las librerías españolas con el título ¿Cuándo se come aquí? Breve historia cultural del horario de las comidas. Traducido por Fabrizio D. Morselli para la editorial Altamarea.
En 2019, el historiador, escritor y divulgador Alessandro Barbero fue invitado a un congreso de historia en el Palazzo Ducale de Génova a impartir una charla sobre historia y gastronomía. La conferencia giró en torno al sentido del tiempo vinculado a las comidas a lo largo de cuatro siglos y fue el germen del ensayo que hace unos días llegó a las librerías españolas con el título ¿Cuándo se come aquí? Breve historia cultural del horario de las comidas. Traducido por Fabrizio D. Morselli para la editorial Altamarea. Seguir leyendo
En 2019, el historiador, escritor y divulgador Alessandro Barbero fue invitado a un congreso de historia en el Palazzo Ducale de Génova a impartir una charla sobre historia y gastronomía. La conferencia giró en torno al sentido del tiempo vinculado a las comidas a lo largo de cuatro siglos y fue el germen del ensayo que hace unos días llegó a las librerías españolas con el título ¿Cuándo se come aquí? Breve historia cultural del horario de las comidas. Traducido por Fabrizio D. Morselli para la editorial Altamarea.
El ensayo profundiza sobre el aspecto cultural, económico y político de los horarios de la comida. Analiza las costumbres y subraya el papel fundamental que han tenido las clases adineradas en la domesticación de nuestros hábitos a la hora de comer.
En Italia, Alessadro Barbero, además de ser un prestigioso historiador, se ha convertido en un gran divulgador de historia medieval y contemporánea en su país. Sus conferencias, masterclass y reflexiones han conseguido miles de seguidores a través de YouTube y Spotify.

Conversó con EL PAÍS a los pocos días del comienzo de la primavera, cuando ya habíamos cambiado el horario. Barbero disponía de pocas horas antes de subir a un avión rumbo a Sudáfrica para una conferencia.
Pregunta. La Unión Europea ha dicho que hasta el 2031 seguiremos adelantando y retrasando nuestros relojes. ¿Cree que estos cambios de hora modifican nuestros hábitos y maneras de relacionarnos?
Respuesta. En absoluto. Todos sabemos que al cambio de hora uno se acostumbra en uno o dos días, y dado que los números que atribuimos a las horas son artificiales y no naturales, y que la hora solar no es más natural o auténtica que la hora de verano, todo termina ahí. Dicho esto, si de verdad la UE piensa eliminar el cambio de hora, no puede uno sino sentirse consternado, porque significa o bien que nuestros dirigentes europeos se han vuelto tontos ahora, o bien que durante toda la vida hemos estado sometidos a una práctica inútil o perjudicial, y no sé qué conclusión es más trágica; en cualquier caso, dice mucho de las élites que nos gobiernan…
P. En su libro habla de que los horarios de las comidas son una construcción cultural y que cambian no solo de un país a otro, sino también de una clase social a otra. ¿Comer a deshoras se podría considerar un acto político?
R. Los hábitos alimentarios y los horarios de las comidas forman parte de la cultura de una sociedad y, por tanto, tienden a ser compartidos y considerados naturales por la mayoría de las personas. En este sentido, quien dijera ‘todos comen al mediodía y yo, en cambio, como a las tres de la tarde’ estaría sin duda haciendo un acto político, por lo que sí podría considerarse así. Dicho esto, hay sociedades donde los horarios fijos y las comidas familiares en común forman parte de la cultura compartida, y otras donde es más habitual que cada uno coma cuando le apetece: yo pertenezco a una sociedad del primer tipo y, obviamente, la prefiero, pero no creo que las sociedades del segundo tipo sean necesariamente más débiles.
P. Y hoy en día ¿no influye también la inmigración en nuestros horarios de comida?
R. Los inmigrantes han llevado por todo el mundo los restaurantes étnicos y han acostumbrado a todos a relativizar sus propios hábitos alimentarios. Es decir, hoy todos sabemos que existen formas de comer distintas a las que hemos aprendido desde pequeños, y hemos aprendido a apreciarlas, mientras que antes era normal que quien entraba en contacto con hábitos alimentarios diferentes los encontrara horribles y los rechazara con asco; y esto es una novedad en la historia humana.
P. Existe un dicho popular que dice: “Desayuna como un rey, almuerza como un príncipe y cena como un mendigo”. ¿Cree que este dicho sigue vigente hoy en día?
R. ¡Los dietistas también aseguran que un desayuno abundante es beneficioso y que una cena demasiado pesada puede provocar problemas de digestión! Sin embargo, el problema es que cada persona es diferente, y es una ilusión pensar que existen reglas válidas para todos.
P. Hablemos de la hora del desayuno: ¿Es una costumbre necesaria o una moda creada por la alta sociedad?
R. Estamos en un terreno tan resbaladizo que ni siquiera estoy seguro de entender la pregunta: ¿Nos referimos al primer o al segundo desayuno? Si nos referimos al breakfast, tanto su consistencia como su horario son elementos culturales que varían de una sociedad y de una época a otra; la alta sociedad solo tiene que ver en el sentido de que hoy todos vivimos como la alta sociedad de antaño, solo que, para los campesinos de antes, que tenían que empezar a trabajar duro antes del amanecer, la cantidad y el horario del desayuno eran cuestiones vitales e inevitables.
P. En España siempre ha existido la sobremesa, es decir el tiempo de diálogo después de comer, y parece que se está diluyendo esta práctica. ¿En qué momento perdimos el hábito de socializar en una mesa después de una comida?
R. En el momento en que el asalto del capitalismo llegó también a los hogares y a la vida familiar, el predominio de la economía hizo olvidar todo lo demás, y cada persona empezó a ser valorada exclusivamente por su eficiencia en el trabajo. Es mi generación la que lo ha perdido todo: mi padre iba a la oficina por la mañana, volvía a casa a comer en familia y luego regresaba a la oficina por la tarde. Puede que no le quedara tiempo para el happy hour, pero creo que la vida familiar era mucho más sólida y feliz cuando se vivía así.
P. Tomemos la hamburguesa como ejemplo de la proliferación del fast food. No importa a qué clase social pertenezcas, todos comemos o hemos comido alguna vez una hamburguesa; Sin embargo, ¿el acto de comer una hamburguesa puede definir la política, la economía y la cultura de una sociedad?
R. Claro que sí, en la medida en que la hamburguesa es un producto y un símbolo de la cultura estadounidense, y su difusión mundial es una señal de la hegemonía cultural de EE UU. Después, se podría objetar que también encontramos pizza y kebab en todas partes, y eso no significa que exista una hegemonía cultural italiana o turca; sin embargo, la hegemonía cultural estadounidense en los siglos XX y XXI es un fenómeno en sí mismo, único hasta ahora en la historia, y, en ese sentido, el fast food también ocupa un lugar único.
P. Si esto lo vinculamos con la comida callejera vemos, por ejemplo, cómo eso de comer a cualquier hora ya no es habitual en una capital europea. ¿Cómo podríamos explicar esto desde el punto de vista histórico?
R. Yo creo que es justo porque en Europa estamos acostumbrados a tener horarios para comer, momentos en los que más o menos todo se para o va más lento, y por eso no hay tanta necesidad de tener comida disponible a cualquier hora.
EL PAÍS
