No se puede luchar contra el poder del viento. Esta es una de las lecciones que hay que llevar aprendidas cuando se decide viajar a las islas Eolias, que pueden abrazarte con su brisa o impedirte con su fuerza llegar hasta ellas. Por algo este archipiélago ubicado en el mar Tirreno, al noreste de Sicilia, fue bautizado por los griegos con el nombre del dios del viento, Eolo, a quien la mitología sitúa precisamente en alguna de las siete islas que lo forman: Lípari, Salina, Vulcano, Estrómboli, Filicudi, Alicudi y Panarea.
Amores de película, playas, baños de lodo, ‘trekking’ por un volcán, viñedos y otras paradas para saborear la esencia de este archipiélago volcánico
No se puede luchar contra el poder del viento. Esta es una de las lecciones que hay que llevar aprendidas cuando se decide viajar a las islas Eolias, que pueden abrazarte con su brisa o impedirte con su fuerza llegar hasta ellas. Por algo este archipiélago ubicado en el mar Tirreno, al noreste de Sicilia, fue bautizado por los griegos con el nombre del dios del viento, Eolo, a quien la mitología sitúa precisamente en alguna de las siete islas que lo forman: Lípari, Salina, Vulcano, Estrómboli, Filicudi, Alicudi y Panarea.
Eolo trató de ayudar a volver a casa a Ulises, el protagonista de La Odisea de Homero, cuya historia llega a los cines este 17 de julio de la mano del siempre inquietante Christopher Nolan, quien pasó varias semanas en 2025 filmando la película homónima entre Lípari y Vulcano. La mitología cuenta que Eolo le regaló a Ulises (Matt Damon, en el filme) un odre en el que encerró todos los vientos violentos para que pudiera regresar a Itaca, pero la codicia de sus marineros, que lo abrieron creyendo que escondía un tesoro, desató una tormenta que les devolvió mar adentro, frustrando su regreso. Y es que el viento es precisamente una variante a tener siempre presente en cualquier viaje a las Eolias. Por eso es fundamental viajar con tiempo y olvidarse del reloj, pues es bastante habitual que la furia de Eolo te deje, por ejemplo, varado en Lípari, que es la isla a la que se accede a las Eolias desde Milazzo, en Sicilia, o desde Nápoles.
Claro que quedarse atrapado en Lípari es, sobre todo, un regalo. La más grande de estas siete islas —todas ellas patrimonio mundial de la Unesco desde el año 2000 por su impresionante paisaje volcánico y por ser un laboratorio vivo de vulcanología—, ofrece todo lo que un viajero puede necesitar. Hay playas de aguas cristalinas como Canneto y Spiaggia di Cala Bianca; bodegas como la Tenuta di Castellaro, junto a las Cavas de Caolino, donde entre viñedos amables y acantilados que cortan la respiración hay una cantina excavada a 17 metros de profundidad que ofrece la posibilidad de degustar 10 variedades de vino, entre ellos el extraordinario malvasia, hecho con la uva homónima que puebla las islas.
En el restaurante Il Filippino, uno de los más antiguos de Lípari, el atún fresco se mezcla con alcaparras de producción local, el producto eoliano más famoso, preservando los sabores heredados de generaciones pasadas. Además, aquí la oferta hotelera es amplia, y en el mejor de los formatos: hoteles pequeños, como el Carasco, cuya tranquilidad, con balcones que caen sobre el mar, invita a sentirse felizmente aislado del mundo, o el Mea Lipari, con vistas de 180 grados sobre la isla.
Como colofón cultural, alberga el Museo Arqueológico Eoliano Luigi Bernabò Brea, una joya muy poco conocida más allá de Italia y que atesora la mayor colección de máscaras de terracota griegas del Mediterráneo, y otros objetos únicos extraídos de la necrópolis griega de la isla. El museo está en la Ciudadela, que se yergue en el centro del pueblo de Lípari, rodeado de restos arqueológicos que recorren la particular historia de una isla “cuyo puerto ya funcionaba en el año 5000 a.C., que habló griego hasta el año 1100, adonde nunca llegó el latín, que tuvo un ejército temido en el Mediterráneo y donde Mussolini encerró a múltiples opositores políticos, incluido el escritor e intelectual Curzio Malaparte”, nos cuenta el historiador Giuseppe La Greca. “Los españoles también dejaron su huella en los muros que rodean la Ciudadela, construidos por Carlos I, y en palabras como ‘diluvia’ y apellidos como ‘Lopez’ o ‘Rodriguez’, muy comunes en Lípari”, añade.

Parada obligada también es visitar la antigua mina de piedra pómez. El que fuera motor económico de las islas durante casi un siglo, cerró en 2005 obligada por la Unesco. Hoy mirarla es ver la cicatriz al aire del conflicto vivido por los eolianos, como nos cuenta Andrea Corrieri, el joven presidente de Brand Eolie, una organización de empresas locales que trata de replantear el turismo tras años en los que la llegada masiva de visitantes, organizada por empresas externas a las islas, ha creado muchos conflictos. “La mina dio de comer a muchas generaciones pero también provocó muchas enfermedades. Al cerrar, el turismo se convirtió en la principal fuente de ingresos de la isla pero, a veces, el exceso crea fricción. Por eso ahora tratamos de impulsar el turismo sostenible y reposado y ayudar a que genere riqueza para la gente local y que los isleños no se tengan que ir, sino que puedan abrir sus propios negocios”, explica.
Negocios como la Azienda Agrícola Biológica Caravaglio Antonino, en Salina, donde la degustación de vinos locales y platos eolianos es una experiencia enogastronómica que no hay que perderse. En las cinematográficas Eolias, esta isla es la que sirvió de decorado para Il Postino (1994), la premiada película con la que Michael Radford se imaginó la amistad entre un cartero y Pablo Neruda en su exilio italiano, aunque el poeta nunca pisó Salina, sino Capri. El filme puso de moda Salina en los años noventa, sobre todo por la espectacularidad de la playa de Pollara, donde se rodaron varias escenas.

Esta es la segunda isla más grande después de Lípari y quizás también la más mediterránea, porque es verde y muy fértil. Tomates y alcaparras locales aquí tienen un sabor único. A Salina se llega en ferri desde Lípari, que es la isla perfecta para utilizar como centro de operaciones si se quiere visitar el archipiélago ya sea en ferries de línea, alquilando botes de pescadores en el pequeño puerto de Marina Corta o uniéndose a grupos organizados.
Visitar Estrómboli es una de las excursiones más populares, ya que esa pequeña isla, de apenas 12 kilómetros de largo y con dos pueblos que juntos no suman ni 500 habitantes, ofrece un espectáculo único: ver desde el agua cómo la lava roja de su volcán activo se desliza y se sumerge en el mar al anochecer. La isla, además, está cargada de mitomanía, que se une a la que ya ha generado Christopher Nolan: Estrómboli no solo es un volcán aún activo, también da título a una de las obras cumbre del neorrealismo italiano, la película homónima dirigida por Roberto Rossellini en 1950 y protagonizada por Ingrid Bergman. Director y actriz se enamoraron durante el rodaje, lo que les llevó a separarse de sus respectivas parejas y a provocar un gran escándalo tanto en Hollywood como en Italia. Recientemente, su hija, la actriz Isabella Rossellini, en un curioso giro de guion, también acaba de añadirle lustre a la isla al participar allí en el rodaje de la película de Alice Rohrwacher Tres hermanas incestuosas y visitando los lugares donde estuvieron sus padres y contándolo en su cuenta de Instagram. Mick Jagger también participa en un filme al que el viento le complicó las cosas: el cantante, que interpreta a un farero, tuvo que quedarse dos días en Lípari al suspenderse los barcos por un temporal.
Como plató de cine también tenemos Vulcano, otra isla con película que lleva ese nombre, filmada el mismo año que Stromboli y protagonizada por la actriz Anna Magnani, que también fue amante de Rossellini y a la que el director abandonó por Bergman. Es muy diferente a Lípari, con un paisaje mucho más agreste y lunar pero también más singular. Aquí es posible hacer trekking sobre su volcán, en cuyas pendientes hay fumarolas, para llegar al Gran Cratere della Fossa después de una empinada caminata de una hora larga y ver desde allí todas las islas del archipiélago, una posibilidad que solo ofrece Vulcano. También se puede subir al Valle de los Monstruos, donde las formaciones geológicas han creado figuras fantásticas naturales.

Pero una de las grandes atracciones es, sin duda, darse un baño de lodos termales en la Pozza dei Fanghi, situada a cinco minutos a pie del puerto. Aquí el olor a azufre es muy fuerte pero la sensación al salir del fango, tras un máximo de 20 minutos en remojo, es la de haber adquirido una nueva piel. Los fangos tienen también propiedades terapéuticas para la circulación y la musculatura. Si, además, después se suma un baño en la playa contigua, la Spiaggia delle Acque Calde, donde hay chorros de agua caliente que salen de las tripas del volcán, la experiencia relajante es completa. Eso sí, el olor se queda pegado al cuerpo durante días, así que no es apto para olfatos sensibles.
Para disfrutar Vulcano al máximo lo aconsejable es moverse a pie o alquilar una bicicleta y en cuanto al alojamiento, es mejor buscar habitaciones en casas privadas, ya que no hay demasiados hoteles. Eso sí, para quien pueda permitírselo, el único cinco estrellas de las Eolias está aquí, Therasia Resort Sea and Spa, en el que además hay cuatro restaurantes, entre ellos Il Cappero, pluripremiado y con estrella Michelin, donde los productos locales y el pescado, cocinados con mimo, permiten experimentar la ilusión de una estrella de cine que ha dejado atrás el bullicio de la fama para relajarse en el pequeño universo eolio.
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