Las calles adoquinadas del barrio viejo de Girona no están hechas para tacones. Su uso requiere el equilibrio de un funambulista, a riesgo de acabar de bruces, y con las rodillas peladas como un niño. Son zapatos capaces de elevar a quien los lleva y castigarla al mismo tiempo. Una forma de empoderamiento sufrido, que, como tantas otras cosas divertidas, funciona mejor como fantasía que como realidad.
Las calles adoquinadas del barrio viejo de Girona no están hechas para tacones. Su uso requiere el equilibrio de un funambulista, a riesgo de acabar de bruces, y con las rodillas peladas como un niño. Son zapatos capaces de elevar a quien los lleva y castigarla al mismo tiempo. Una forma de empoderamiento sufrido, que, como tantas otras cosas divertidas, funciona mejor como fantasía que como realidad. Seguir leyendo
Las calles adoquinadas del barrio viejo de Girona no están hechas para tacones. Su uso requiere el equilibrio de un funambulista, a riesgo de acabar de bruces, y con las rodillas peladas como un niño. Son zapatos capaces de elevar a quien los lleva y castigarla al mismo tiempo. Una forma de empoderamiento sufrido, que, como tantas otras cosas divertidas, funciona mejor como fantasía que como realidad.
El segundo pensamiento fugaz que atraviesa la mente, camino a los cines Truffaut de la ciudad de los cuatro ríos, es que nada se parece más al calor de Madrid que el calor de Girona. Seco y afilado, como la sierra del cuchillo para cortar pan. Por suerte, los Truffaut —un cine alternativo sin palomitas ni anuncios, envuelto en una polémica por si cambia de gestores— son un refugio climático. Un oasis, que permite un domingo cualquiera de julio, a las cuatro de la tarde, disfrutar de una película, sin duda en versión original, y casi en la intimidad propia de salón de casa.
La elegida es Caso 137, dirigida por Dominik Moll, sobre la revolución de los chalecos amarillos en Francia, en 2018. La protagonista es una policía de asuntos internos, que investiga abusos policiales durante las protestas. Nada más incómodo, como ella misma cuenta, que poner en duda a tus propios colegas de profesión. A medida que avanza el film, es casi imposible no pensar en todo lo vivido en Cataluña en la última década. Desde las duras protestas por la sentencia del procés, a Esther Quintana, a la que le destrozaron el globo ocular mientras caminaba pacíficamente por paseo de Gracia en una huelga general en 2012.
Como la víctima del Caso 137, Quintana sufrió un via crucis, desde la negación más absoluta de lo ocurrido, hasta la petición formal de perdón cuatro años después y una indemnización. Pero —cuidado, que va un spoiler— tampoco respondió ningún policía por haberle segado para siempre la visión de un ojo y la vida que la mujer llevaba hasta ese momento. Los dos mossos que fueron a juicio resultaron absueltos, y el Departamento de Interior siempre creyó que la verdad se escondía entre los integrantes de la furgoneta Dragó 414, que mintieron sobre su actuación.
Sin hablar de Cataluña o de Esther Quintana, Caso 137 habla de todo eso. Desde la dificultad que tiene un cuerpo policial para investigarse a sí mismo, al papel clave que desempeñan las redes sociales en la denuncia de los abusos policiales. Miles de teléfonos móviles captan a diario lo que ocurre. Dado el momento, si uno de esos vídeos se cuelga en X, es mucho más fácil que un responsable político levante el teléfono y pida explicaciones. Y que, de la contraposición de versiones, se pase a un debate mucho más cercano a los hechos.
Esa lógica impera hoy en día. El último ejemplo es el caso de la profesora empujada por un antidisturbios de la Policía Nacional en Valencia. En las imágenes, se ve como ella camina cuando el policía arremete por la espalda y la tira de cara al suelo. “Sin el vídeo se convertiría en un atentado a la autoridad. Le ha ocurrido a mucha gente”, opina un tuitero, después de que eldiario.es avanzase que el agente ha sido imputado judicialmente por tres posibles delitos: lesiones con el agravante de prevalimiento de función pública, contra la integridad moral y contra los derechos individuales.
Es cierto que las imágenes también son susceptibles de interpretación. El empujón “se ajustó a la normativa”, escribieron los policías en su atestado, que sostiene que la mujer animaba a los manifestantes a ocupar la calzada y cortar el tráfico. El juzgado decidirá, pero sin duda hoy, en parte gracias a las redes, es mucho más difícil ocultar un abuso policial. La fantasía consiste en confiar que sea suficiente para que alguien responda por ello.
EL PAÍS
