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  Cine  Medio siglo exiliados en el desierto argelino
Cine

Medio siglo exiliados en el desierto argelino

julio 18, 2026
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En los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf, levantados tras el éxodo de 1975, viven unas 173.000 personas atrapadas en un limbo que dura ya medio siglo y cuya vida cotidiana depende de una ayuda humanitaria cada vez más precaria En los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf, levantados tras el éxodo de 1975, viven unas 173.000 personas atrapadas en un limbo que dura ya medio siglo y cuya vida cotidiana depende de una ayuda humanitaria cada vez más precaria  

Tinduf, en Argelia
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Sáhara Occidental

En los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf, levantados tras el éxodo de 1975, viven unas 173.000 personas atrapadas en un limbo que dura ya medio siglo y cuya vida cotidiana depende de una ayuda humanitaria cada vez más precaria

El viento del desierto agita las lonas de las jaimas levantadas junto a las casas y mueve la arena, que se cuela por los rincones. Es imposible barrerla del todo de las escuelas, los dispensarios o los hogares donde viven unas 173.000 personas, según datos de Naciones Unidas. El paisaje pedregoso de la hamada argelina, un desierto dentro del desierto, un erial donde apenas crece la vida y las temperaturas alcanzan extremos, ha visto nacer, crecer y morir a varias generaciones de saharauis en los campamentos de refugiados de Tinduf, en el suroeste de Argelia. Concebidos como asentamientos temporales, se han convertido en el escenario de uno de los exilios más prolongados del mundo. Desde hace medio siglo son el hogar de quienes huyeron tras la ocupación marroquí del Sáhara Occidental y de sus hijos y nietos, que han crecido sin apenas conocer otra tierra que este rincón del desierto argelino. Sus habitantes, que dependen en gran medida de una ayuda humanitaria cada vez más mermada, han levantado colegios, hospitales, escuelas de cine e incluso piscifactorias para intentar construir una vida en un lugar pensado para ser provisional. En la imagen, una vista general del campamento de Auserd, el 29 de abril de 2026.
Mònica Torres
La población saharaui vive exiliada desde mediados de los años setenta en los cinco campamentos de refugiados bautizados con los nombres de las ciudades que dejaron atrás en la antigua colonia española del Sáhara Occidental: Bojador, Dajla, El Aaiún, Auserd y Smara. Un territorio, controlado en la actualidad en un 80% por Marruecos, del que decenas de miles de personas se vieron obligadas a huir tras la retirada española de la que fue su provincia número 53 y el inicio de la ocupación marroquí a finales de 1975, tras la llamada Marcha Verde, con la que el rey Hasán II ordenó el asalto popular sobre la colonia española.
En la imagen, dos mujeres acompañadas de dos niñas con batas escolares posan en el campamento de refugiados saharauis de Auserd, en la provincia argelina de Tinduf.
Mònica Torres
La vida en los campamentos depende, en gran medida, de una ayuda humanitaria cada vez más precaria. La distribución de alimentos, la atención sanitaria, el agua potable o el acceso a la educación siguen siendo posibles gracias al apoyo de organizaciones internacionales, aunque los recortes en la financiación ponen cada vez más presión sobre la población refugiada. “En noviembre del año pasado la Media Luna Roja Saharaui presentó el plan de respuesta humanitaria. Se necesitan 177 millones para cubrir las necesidades entre 2026 y 2027. Todos los planes de respuesta que se han presentado previamente nunca las han llegado a cubrir en todas las áreas. Siempre están infrafinanciados”, explica Aida Sanz, coordinadora de Médicos del Mundo en los campamentos. En la imagen, tomada en mayo de 2026, un hombre carga los camiones con sacos de alimentos del Programa Mundial de Alimentos (PMA) que salen de los almacenes centrales de la Media Luna Roja Saharaui en Rabuni, centro administrativo de los campamentos de refugiados saharauis en Tinduf, Argelia. Mònica Torres
La población saharaui es víctima desde hace medio siglo de un doble exilio. Las condiciones de vida y la falta de incentivos hacen que muchos saharauis hayan migrado o pasen temporadas en otros países para trabajar o estudiar. Los colegios, hospitales y otros servicios se sostienen con el trabajo voluntario de los propios refugiados, que reciben unos incentivos económicos cada tres meses a través de los fondos de la ONU y otras ONG. Sin embargo, la cantidad es muy reducida y eso hace que en sectores como la educación la rotación del profesorado alcance hasta un 25%, ya que muchos abandonan su labor de forma periódica. «Esto provoca que los niños establezcan vínculos con sus profesores y, de repente, dejen de verlos porque esos docentes son, al igual que ellos, refugiados», resume Tamara Abu Saham, jefa de la oficina sobre el terreno de Unicef en Tinduf. Algo similar ocurre en el sector sanitario. «El Ministerio de Salud es el encargado de gestionar esos incentivos para todo el personal sanitario, en todos sus niveles. El problema es que la mayor parte de la financiación procede de la ayuda humanitaria. Como existe una dependencia casi total de esa ayuda, cuando se recorta, el impacto es directo en los salarios», explica Sanz.
Mònica Torres
Más de 65.000 niños y adolescentes crecen en uno de los campamentos de refugiados más antiguos del mundo. Muchos de ellos nunca han conocido otra vida fuera del desierto, donde las temperaturas alcanzan los 50 grados durante los meses de julio y agosto. La gran dependencia de la ayuda humanitaria hace que los niños tengan que enfrentarse cada día a dificultades que afectan a su salud, su nutrición y su educación.
Actualmente, alrededor de 40.000 de ellos asisten a la escuela en los cinco campamentos. “Para los niños, el colegio no es solo un aula. La educación es un salvavidas: les permite aprender habilidades para la vida, crecer, cuidar su salud mental, relacionarse con otros niños, jugar e imaginar un futuro mejor”, explica Abu Saham. Su educación es posible gracias al trabajo de 2.000 docentes y profesionales del ámbito educativo, todos ellos voluntarios de la propia comunidad saharaui. “Nuestro principal reto es garantizar que los niños tengan acceso a una educación de calidad. Alrededor del 60% de las escuelas necesitan mejoras en el suministro de agua y en los servicios de saneamiento, mientras que el 80% requiere distintos niveles de reparación y rehabilitación”, explica. Algunas tienen ya 35 años y cuentan con infraestructuras muy básicas que no fueron concebidas para ser permanentes y que sufren con frecuencia el impacto de las tormentas de arena, las inundaciones y de las altas temperaturas. En la imagen, una clase de quinto de primaria en uno de los colegios del campamento de Auserd. Mònica Torres
Para Abu Sham, de Unicef, una de las principales preocupaciones es el impacto que supone nacer y crecer en los campamentos y las consecuencias que esta crisis prolongada tiene para la salud mental de los niños.
«Hay poca evidencia sobre ese impacto. Sin embargo, sabemos que muchos niños, según observan, por ejemplo, los profesores o los padres, muestran signos de ansiedad y estrés. Y esto está relacionado con vivir en las duras condiciones del desierto, además de estar expuestos a numerosos fenómenos climáticos extremos que, realmente, ningún ser humano debería tener que afrontar de forma habitual. A eso se suman las condiciones básicas de vida que tienen y el hecho de saber que probablemente seguirán viviendo como refugiados hasta que se encuentre una solución para ellos», explica.
Esta situación, subraya, no solo condiciona el presente, sino que puede tener consecuencias a largo plazo. «Cuando ese niño crezca y se convierta en joven y después en adulto, ¿cómo será realmente su dimensión emocional? La salud mental y el bienestar en su conjunto son, para nosotros, una verdadera preocupación», añade.
Mònica Torres
Otro de los problemas más acuciantes es la escasez de vacunas infantiles provocada por los recortes. «Para septiembre no contaremos con las vacunas necesarias para inmunizar a todos los niños que deben recibir determinadas vacunas contra enfermedades prevenibles, a pesar del llamamiento de financiación y de los esfuerzos de Unicef por reasignar internamente algunos recursos para cubrir ese déficit. Aun así, no podemos cubrir completamente esa carencia. Para nosotros, se trata realmente de una emergencia en materia de salud infantil», explica Abu Sham. «Hemos lanzado recientemente un llamamiento para recaudar más de 1,1 millones de dólares con el fin de hacer frente a esta situación», añade. La responsable de Unicef advierte de que el impacto de los recortes globales a la ayuda es «inmediato, pero también duradero», especialmente para los niños que deberían recibir las vacunas del calendario sistemático o poder asistir plenamente a la escuela. «Cuando estos recortes afectan a los programas dirigidos a la infancia, lo que vemos es, lamentablemente, el desarrollo de una catástrofe», concluye. En la fotografía, una niña camina al atardecer por el campamento de refugiados saharauis de Auserd.Mònica Torres
Cada familia de los campamentos dispone de depósitos de agua y es frecuente encontrar al lado de las viviendas depósitos flexibles tipo ‘bladder’, grandes bolsas de lona o PVC donde se almacena el agua para abastecer a las familias. El agua procede de una planta de tratamiento situada a unos 50 kilómetros y se distribuye posteriormente entre los distintos campamentos mediante camiones cisterna, gestionados por la Asociación de Trabajadores y Técnicos sin Fronteras (ATTsF), la ONG navarra encargada del mantenimiento y reparación de la flota y de la distribución de agua en los campamentos.
Este sector ha sido uno de los más afectados por los recortes en la financiación de la ayuda humanitaria. Eduardo Irigoyen Soria, director de ATTsF, explica que en 2023 la flota estaba formada por 36 camiones cisterna. En 2025, Acnur financiaba 26 vehículos, además de los salarios de los conductores, los mecánicos y las labores de mantenimiento. Esa financiación desapareció en enero de 2026. Durante varios meses, el sistema operó con tan solo 10 cisternas, aunque un acuerdo con la Dirección General de Protección Civil y Operaciones de Ayuda Humanitaria de la Comisión Europea (ECHO, por sus siglas en inglés) permitió ampliar el servicio hasta 16 vehículos, una cobertura garantizada hasta marzo de 2027.
De cara a la campaña de verano, la flota ha aumentado hasta las 28 cisternas gracias a la incorporación de cuatro vehículos financiados por entidades locales navarras y otros 12 camiones cisterna aportados por el Gobierno de Argelia, explica Irigoyen. En la imagen, uno de los camiones cisterna rellena los depósitos en una casa de Auserd.Mònica Torres
Las duras condiciones de vida, la precariedad y los recortes de financiación han agravado los problemas de salud en los campamentos. La última encuesta nutricional realizada en 2025 reveló que la desnutrición aguda entre los menores de cinco años alcanza el 13,6 %, un nivel considerado crítico según los estándares de la Organización Mundial de la Salud (OMS), y una malnutrición crónica de un 37%.
Además, casi uno de cada tres niños presenta retraso en el crecimiento y alrededor de dos de cada tres padecen anemia. La falta de hierro también afecta al 60% de las mujeres embarazadas, lo que aumenta la probabilidad de tener un embarazo y un parto de riesgo y de que el bebé tenga anemia al nacer. Debido a esto, el bebé tiene más probabilidad de sufrir infecciones desde que nace y a lo largo de la vida, advierten desde Médicos del Mundo. «Otro gran reto es que hay numerosas personas, entre un 11% y un 20%, con enfermedades crónicas que necesitan tener un seguimiento que ahora mismo no está siendo adecuado. También tenemos bastante inseguridad alimentaria, un 67% de inseguridad alimentaria», resume Sanz. En la imagen, un sanitario entra en uno de los departamentos del Hospital Nacional Bachir Saleh en Rabuni, en el centro administrativo de los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf.Mònica Torres
«Estamos intentando garantizar los mínimos, el mínimo operativo del sistema sanitario», explica Sanz, de Médicos del Mundo. “Todos los eslabones son débiles para reforzar esta salud de la población. Tenemos, por ejemplo, una persona mayor que tiene diabetes e hipertensión y que no tiene acceso continuado a los medicamentos necesarios. Eso puede tener consecuencias irreversibles y rápidas en su calidad de vida”, resume. «Garantizamos anualmente un 75% de los medicamentos esenciales para la población refugiada saharaui a través de financiación de ECHO y Médicos del Mundo. Pero no sabes cuándo puede haber una ruptura del stock porque va a haber más necesidades. Tenemos un 25% que no está cubierto y que es muchísimo para hacer seguimiento a todas las enfermedades que necesitan de esos medicamentos esenciales», ejemplifica.
En la fotografía, tomada el 29 de abril, la ginecóloga de la brigada de médicos cubanos María Ofelia Benítez atiende a una mujer embarazada de gemelos en una de las consultas del Hospital Nacional Bachir Saleh, en Rabuni, centro administrativo de los campamentos de refugiados saharauis en Tinduf, Argelia. Mònica Torres
El Sáhara Occidental sigue siendo uno de los lugares con mayor concentración de minas del mundo, según el Servicio de Naciones Unidas de Actividades Relativas a las Minas (UNMAS, por sus siglas en inglés), que advierte de que los explosivos que quedaron enterrados del conflicto que se libró de 1975 a 1991 entre el Frente Polisario y Marruecos continúan representando una amenaza para la población civil, los pastores nómadas y el ganado, especialmente los camellos. A cientos de kilómetros de esos campos minados, en Tinduf (Argelia), las secuelas de aquella guerra siguen muy presentes. En el Centro Mártir Chreif de Víctimas de Guerra y Minas, levantado en mitad del desierto, viven desde hace décadas personas que sobrevivieron a la explosión de estos artefactos. En una de las habitaciones del complejo reside Ahmed Salam, de 78 años y natural de El Aaiún.
Sentado encima de una alfombra de piel de animal, este hombre de ojos claros que aún guarda su DNI español, recuerda con gesto sereno cómo el 31 de diciembre de 1984 perdió las dos manos y a uno de sus compañeros. Ese día se encontraba con otros dos militares en la zona de Zamour, cercana a la frontera con Mauritania. Se habían parado a descansar bajo la sombra de unos árboles. Encendieron una hoguera y, de repente, todo saltó por los aires. Ahmed perdió las dos manos, uno de sus compañeros murió y el otro sufrió heridas leves. Desde hace años vive en este centro, que hoy acoge a medio centenar de pacientes, la mayoría hombre mayores, según explica su director, Moulud Saklma.
Mònica Torres
Después de tres décadas, el 13 de noviembre de 2020 se rompió el acuerdo de alto el fuego entre Rabat y el Frente Polisario tras un incidente ocurrido en la conocida como zona desmilitarizada de Guerguerat, al sur del Sáhara Occidental, junto a la frontera con Mauritania. Las fuerzas marroquíes expulsaron a un grupo de civiles saharauis que había bloqueado la carretera hacia Mauritania para exigir a la ONU la celebración del referéndum de autodeterminación prometido desde 1991.
Desde finales de 2020, Marruecos y el Frente Polisario han librado un conflicto de baja intensidad en el Sáhara Occidental que alcanzó sus cotas más elevadas el pasado mes de junio, cuando un ataque con drones marroquíes cerca del muro de arena construido por Hassan II mató a tres combatientes saharauis, entre ellos Lahbib M. Abdelaziz, de 37 años, dirigente y mando militar del Frente Polisario e hijo del exlíder saharaui Mohamed Abdelaziz, quien dirigió el movimiento independentista entre 1976 y 2016.
Semanas antes, se había producido otro incidente, tras el ataque con artillería del Polisario contra una base militar marroquí en Smara, al noreste del Sáhara Occidental, sin víctimas.
En la imagen, un grupo de militares del Frente Polisario escolta a los visitantes y a las autoridades durante la celebración del FiSahara el pasado mes de mayo.Mònica Torres
En la fotografía, tomada el 29 de abril de 2026, un militar permanece sentado en un puesto de control situado en la entrada del campamento de refugiados saharauis de Auserd, uno de los cinco asentamientos en los que, desde hace 50 años, vive la población refugiada saharaui.Mònica Torres
Los campamentos son hogar de distintas iniciativas locales, como una piscifactoria, un laboratorio de producción de medicamentos, una escuela de cocina, un centro de estética o una escuela de enfermería. También son la sede de iniciativas culturales y deportivas, como la maratón del Sáhara e incluso un festival de cine, que cada año transforma este territorio marcado por el exilio con proyecciones al aire libre, charlas y talleres. “El festival FiSahara nació en 2003 de un deseo común entre el pueblo saharaui, la solidaridad y el mundo del cine español en un momento en que se vislumbraba una solución todavía, porque había habido algunos avances con respecto a las negociaciones para hacer el referéndum en el Sáhara Occidental, pero le faltaba más visibilidad y un impulso a la causa”, explica María Carrión, directora ejecutiva del festival. “La idea también era celebrar la cultura saharaui, visibilizarla, reforzarla y hacerlo además a través del cine, abriendo una doble ventana: de los campamentos y del Sáhara hacia el exterior y del exterior hacia allí”, añade. Desde entonces, este festival de cine itinerante ha celebrado diecinueve ediciones (no todos los años se pudo realizar) en distintos campamentos saharauis y ha ido creciendo, internacionalizándose y abriéndose a otros pueblos y causas de otros territorios. Mònica Torres
Un grupo de personas asiste a una de las actividades del festival de cine FiSahara en Auserd. Durante una semana, la población saharaui, los invitados internacionales, activistas y periodistas conviven en los campamentos, en una cita que combina el cine con la visibilización de la causa saharaui.Mònica Torres
El festival también fue el germen de otra iniciativa en los campamentos: una escuela de cine. Carrión explica que todos los años el FiSahara ofrecía talleres de cortos que se proyectaban al final del festival. “Hasta que hubo un reclamo por hacer algo más permanente y es cuando se concibe esta escuela de cine, que abre sus puertas en 2011”, recuerda. “No se concibe el festival sin la escuela, ni tampoco la escuela sin el festival. Un proyecto nace del otro y se nutren uno del otro también. Cuando se apagan los proyectores de Fishara se encienden los de la escuela no solo con las clases, sino con las proyecciones durante todo el año. Al principio FiSahara era un ente muy extraño para mucha gente en los campamentos y se podía percibir como bastante occidental por el tipo de películas y por la naturaleza del evento. Pero el que exista una escuela y que esas películas sean saharauis ha llevado a una mayor aceptación”, explica la directora del festival. Los cineastas saharauis utilizan el cine, no solo para narrar la lucha de su pueblo y su historia, sino otros temas como el desempleo, las drogas y las adicciones o cuestiones cómicas o actitudes sociales en la sociedad saharaui.Mònica Torres
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