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  Cultura  Fernando Aramburu a Consuelo Ordóñez: «Uno me llamó ‘escritor estatal’. Fue su manera de ponerme en el paredón»
Cultura

Fernando Aramburu a Consuelo Ordóñez: «Uno me llamó ‘escritor estatal’. Fue su manera de ponerme en el paredón»

agosto 27, 2026
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Si las víctimas del terrorismo etarra pudieran tener un hogar; si los familiares de los asesinados, los mutilados, los huérfanos, las viudas, todos, pudieran disponer de un espacio donde conectar, respirar en paz, reconocerse; si eso fuera posible, decíamos, serían los libros de Fernando Aramburu.

 Ella es víctima del terrorismo: en 1995, asesinaron a su hermano Gregorio de un tiro en la cabeza. Él es el autor cuya proa «está dirigida a la deslegitimación de la crueldad». Aquí hacen ovillo en torno a la vida y los libros. En septiembre, se cumplen diez años de su monumental ‘Patria’  

Si las víctimas del terrorismo etarra pudieran tener un hogar; si los familiares de los asesinados, los mutilados, los huérfanos, las viudas, todos, pudieran disponer de un espacio donde conectar, respirar en paz, reconocerse; si eso fuera posible, decíamos, serían los libros de Fernando Aramburu.

Con ese astrolabio entre las manos escribe.

Aquí lo tienen estrechando las suyas. Las de una mujer, Consuelo Ordóñez, cuyo hermano -el concejal del PP Gregorio Ordóñez- fue asesinado por ETA en 1995, las de una mujer que escuchaba la siguiente eres tú, las manos de una mujer valiente a la que también le temblaban las piernas.

En esta conversación hablan de la violencia, de los arrepentidos, de Camus, de los libros pendientes, del sangriento marcapáginas que puede llegar a ser el terror. Consuelo recuerda aquellos años: «Llegué a tener miedo al arrancar el coche».

Pregunta. ¿Por qué leemos?

Consuelo Ordóñez. Por la curiosidad de aprender, de meterte en otras vidas, en otras historias… Aunque por mi trabajo me pase todo el día leyendo [es abogada], no puedo decir que sea una buena lectora. Me niego a leer ensayos sobre el tema nuestro, prefiero la novela. Y ahí siempre está Aramburu.

Fernando Aramburu. Yo no sé por qué leen los demás. Yo sí sé por qué leo yo. Por tres razones: por motivos profesionales, por placer y porque, en un momento determinado de mi vida, entendí que leer me podía construir como persona sensible, como persona moral. En este sentido, he sido constante hasta ahora: yo sí soy un lector asiduo, leo a diario, antepongo la lectura a otro tipo de actividades.

P. Se van a cumplir diez años de Patria en septiembre. ¿Qué supuso ese libro para una víctima del terrorismo como tú?

C.O. Con Patria se logró lo que ni en cien vidas de COVITE [Colectivo de Víctimas del Terrorismo] se podría conseguir. Yo ahora vivo en Valencia y mis amigos de allí tienen mucha distancia con lo que se vivió en el País Vasco. No les interesa… Así que todos los que leyeron Patria creo que entendieron por primera vez lo sucedido, tomaron contacto con la realidad más profunda… Porque no tiene nada que ver ser víctima en el País Vasco que serlo en Valencia. Lo que consiguió Patria fue revolucionario. Leyendo el libro, mis amigos iban a saber lo que pasó, ya no tenía que contárselo.

P. ¿Por qué escribes, Fernando?

F.A. Te puedo citar tres razones. La primera es que quiero decirle algo a los demás, yo no escribo para mi propio placer, sino que adopto un tipo de escritura que aspira a dejar un rasguño en la conciencia del otro. Manejo la precisión y la claridad porque tengo en cuenta que mis libros van a ser leídos. Otro ingrediente es lúdico: considero que la lengua en la que escribo, que es la lengua materna, es el juguete que más me ha durado en toda la vida. Hasta el punto de que, cuando escribo, tengo las mismas sensaciones físicas que cuando era niño y jugaba con otros juguetes de la casa. Esto me procura equilibrio y me mantiene a buenas conmigo mismo. Y, finalmente, la tercera razón es que la escritura me ha construido como persona. Para mí es un complemento vital que me permite poner en claro lo que pienso, lo que siento, y llevar a cabo un proyecto que, como los cronistas de Indias, consiste en dejar una especie de crónica humana de la época que me tocó vivir.

«Negociar con terroristas es como si los ciudadanos se armaron con escopetas frente a los gobernantes para no pagar impuestos»

Consuelo Ordóñez

P. Tú has dicho en alguna ocasión, Fernando, que te gusta que las víctimas tengan un hogar en tus libros. Te pregunto a ti, Consuelo: ¿has sentido así sus libros?

C.O. Claramente. Nos conocemos desde 2006 y así lo siento.

F.A. Yo distinguiría entre mi literatura, en la que hay otros ingredientes, y luego está mi opinión pública, que está claramente dirigida a la deslegitimación de la crueldad. Por supuesto, soy un hombre sensible y siento pena, siento empatía por las personas a las que les han hecho daño… Yo en principio me habría contentado con ser un buen poeta, pero sentí que la sociedad en la que yo vivía estaba reclamando de mí algún tipo de respuesta. Porque no era grato desarrollarse en medio de aquella constante ristra de asesinatos, amenazas, extorsiones.

P. 23 de enero de 1995. Ese día asesinan a tu hermano Gregorio. Si existiese un libro que ficcionara sobre aquello, qué sería esencial.

C.O. Como hermana de Gregorio, yo era la que menos al día estaba de todo en lo que estaba metido. No me acordaba del trabajo de mi hermano, de todo lo que estaba haciendo. Primero, porque él me dejó al margen de la política. Cuando más me he empapado de mi hermano ha sido tras su muerte. Hoy le sigo valorando. Por cómo hizo política, por cómo vivió, por lo que luchó. Por eso he reprochado mucho siempre a sus compañeros de partido… Ahora estamos asistiendo al final negociado de ETA, vemos cómo los están sacando, las trampas al Estado de Derecho, esa cuestión de estado… Pues bien, tengo vídeos suyos del 92 y del 93 en los que ya hablaba de esto. Decía que no podía ser que los estuvieran excarcelando con las manos todavía chorreándoles de sangre. Que seríamos generosos, pero que esas excarcelaciones tenían que ser individualizadas, tras un cambio. Y no como se hacen ahora.

F.A. Para contar la historia de Gregorio creo que lo fundamental sería elaborar un relato complejo. Esto me llevaría a tener en cuenta la condición humana de todos los implicados. Y, por tanto, a considerar la perspectiva de todos los que estuvieron allí, planearon su muerte, ayudaron en la misma… La perspectiva del que entra al bar con la pistola es muy valiosa para mí narrativamente. Por eso las novelas golpean tan fuerte, porque obligan a ponerse en la piel de otros y te llevan al lugar de los hechos. Te obligan a preguntarte qué habría hecho yo.

P. ¿Hay temas intocables sobre este asunto? ¿Cosas que no se pueden decir, escribir?

C.O. El final negociado de ETA. Nosotros arrastramos ese tema desde hace muchos años… Zapatero negoció, pero quien cumplió con la negociación de Zapatero fue Rajoy. En 2010. Rajoy alardeó mucho de esa reunión en El Hormiguero… Las exigencias que estaban dispuestos a cumplir. Nosotros siempre pensamos que negociar con terroristas era como prostituir la democracia. Es como si los ciudadanos se armaran con escopetas y negociaran con sus gobernantes no pagar impuestos. COVITE nació en medio de esa negociación. Sabíamos que las víctimas íbamos a pagar ese precio por la paz. Paz por impunidad. Dirigentes de la banda convertidos en políticos. Siempre es así. Las víctimas dan las gracias a todo el mundo, pero nadie le da las gracias a las víctimas: las víctimas hemos evitado el conflicto, las víctimas rompimos la espiral de la violencia, somos las que hemos bajado el precio del terrorismo.

P. ¿Hay algún autor que debiera de leer alguien que esté embebido de violencia y de ira?

F.A. Hay un libro que, leído en la juventud, me supuso una vacuna contra la violencia: El hombre rebelde, de Albert Camus. Un libro que resalta la dignidad del individuo, con un prólogo magnífico. Me permitió ordenar mis pensamientos tras haberme alejado de la creencia religiosa, pues hasta entonces me manejaba con los principios de un niño educado en la religión. Llegó un momento en que no podía formular lo que sentía ante tanta violencia y aquel libro fue fundamental.

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C.O. Yo le tengo especial cariño a Los peces de la amargura, de Fernando Aramburu. En 2006, ya abordaba el sufrimiento de las víctimas cuando pocos lo hacían…

F.A. …y cuando ETA todavía actuaba…

«Me costó encontrar el tono para contar estas historias de etarras. Al principio, hacía demasiada literatura. Mi sintaxis era demasiado florida»

Fernando Aramburu

C.O. No era habitual hacerlo desde la literatura. ¿Qué te llevó a abordar este tema?

F.A. Me costó mucho tiempo encontrar el tono, la forma de contar estas historias de vascos, y de etarras, y de víctimas. Al principio, hacía demasiada literatura. Mi sintaxis era demasiado florida. No rodaba. Hasta Los peces de la amargura. Ahí creo que encontré la manera de tocar las teclas adecuadas. Me congratula mucho que ese libro se trate en muchos institutos. Me vienen alumnos, profesores, con redacciones… Fue la primera vez que me metí en este charco de caimanes sabiendo a lo que me exponía. No tardé en recibir las primeras muestras de hostilidad. También de algunos escritores. Uno me llamó «escritor estatal».

C.O. [Risas].

F.A. Era una manera de colocarme en el paredón.

C.O. Desde luego.

F.A. Lo presenté dos veces en San Sebastián. Uno en la librería Lagun, con José Ramón Rekalde y Maite Pagazaurtundúa. Además del librero, Ignacio Latierro, que estaba presente, cada uno llevaba sus escoltas. Había más escoltas que gente. Y luego lo presenté en unas jornadas de víctimas y os conocí. Expresé una ponencia que luego incorporé en Patria. Pensé que estaba en mi lugar como ciudadano moral. Aquella cena se me quedó muy grabada. No por la comida, no me acuerdo de lo que comí. Sino por el ambiente: la alegría. A mi lado estaba un hombre al que le pusieron una bomba porque era camarero y servía a policías.

P. Consuelo, ¿qué cosas te han llamado a ti por no callar?

F.A. Os dejo porque os vais a tirar aquí tres horas, eh [bromea].

C.O. No te imaginas cómo normalizas todo. A mí me han llamado de todo y me han hecho de todo. Me han hecho la campaña de persecución entera. Como se la hicieron a tantos más. Primero empiezan con señalamientos en sus medios de comunicación. Te encuentras con tu portal pintado. Luego un día amanece San Sebastián empapelada con tu cara. Con una diana. Pasó que, a los dos meses del asesinato, a mí me dio por ir a las concentraciones. Eran terribles. En pleno proceso de duelo. A mí me temblaban las piernas. Estábamos en silencio. Y toda la jauría gritándonos como locos. Escuchando: «¡ETA, mátalos!». Esos gritos no se me van a olvidar jamás. Es como si los tuviera ahora dentro del cerebro. Ese cuarto de hora insufrible. Pero es que no se conformaban con eso. Cuando acababa nuestra concentración, empezaban a lanzarnos piedras. Una de esas me abrió la cabeza. Y pasé de ser alguien anónimo o ser la mujer pancarta. Se pusieron de moda dos eslóganes: «¡Ordóñez, devuélvenos la bala!». «¡Ordóñez, a Polloe [el cementerio]!».

P. ¿Pensabas que te iban a matar?

C.O. Yo llegué a tener miedo al arrancar mi coche, claro que sí. Cuando te tiran cócteles molotov es el último aviso. Acababan de matar a López de Lacalle. Asesinaron a amigos de cuadrilla. Sabían todo de mí. Salí en los papeles de un comando… Te creas un mecanismo de defensa. Para poder vivir. Yo no me quería ir de allí. La decisión más triste fue cuando, en 2003, me dije que no me podía permitir el lujo de seguir. Ni siquiera me daban trabajo como procuradora.

P. ¿Nos salvan de algo los libros?

F.A. Es una frase noble, pero si los libros nos salvaran de algo negativo bastaría con ir con un helicóptero y arrogar libros para solucionar el problema. En cualquier caso, son una ayuda efectiva para alejar al bruto ancestral que todos llevamos dentro.

C.O. ¿Crees que la literatura abre espacios de escucha que no hay en la política ni en las instituciones?

F.A. Y sobre todo cuando ciertos libros giran en torno a un problema social, como es el ejercicio de la crueldad continuada. Si los partidarios de la crueldad están montando un discurso favorable a su pasado, a sus causas, a su proyecto, pero tienen ahí un libro, una obra, una película, que desmiente aquello, entonces sí que creo que hay ahí una utilidad… Yo he vivido muchas situaciones fuera de España en que gentes, tras leer libros míos, me han dicho que no se imaginaban que la situación fuera esa. Personas implicadas me han lloriqueado en voz baja. En varias firmas. Que me ha dicho: «Reconozco que estábamos equivocados». Siempre bajando el tono de voz. Ahí veo arrepentimiento. Esa palabra que es tabú para ellos. Sacarles la palabra arrepentimiento es como ponerles una mamba negra [serpiente venenosa].

«Los arrepentidos viven como ‘homeless’, totalmente apestados, de la caridad, en unas condiciones nefastas»

Consuelo Ordóñez

C.O. Yo tengo una enorme curiosidad con los arrepentidos. Cuando reaperturé el sumario de mi hermano, antes de que prescribiera en 2015, tuve acceso a unos testigos protegidos. Gente que ha salido de la cárcel. Yo me relaciono con ellos, vienen de la vía Nanclares. Les pregunto todo el rato y sé cómo viven: viven como homeless, totalmente apestados, de la caridad, en unas condiciones nefastas… Por eso los valoro tanto, porque son el arma más poderosa que tenemos para deslegitimar el terror vivido. Les he dicho que vengan a mi casa, pero todavía no se atreven.

P. ¿Por qué creéis que molesta la palabra arrepentido?

C.O. Porque es una línea roja que les ponen los políticos. «Ni arrepentimiento ni delación». Sus líderes se encargan de recordar cada poco que se vive mejor dentro de la mafia. Yo les pregunto: ¿estuvo bien matar? Es algo que nunca te contestan.

P. Diez años de Patria. ¿Qué te ha dado a ti este libro?

F.A. Estoy muy agradecido a este libro. Me ha procurado algo que yo antes no tenía: lectores y una dimensión internacional. He sido aceptado por personas a las que yo les tengo mucho aprecio. Me satisface saber que el libro es útil a colegiales. Que el libro haya adquirido un contenido simbólico es algo que yo no podía prever. Tengo la ilusión de que, cuando se juzgue el libro, no se pierda el esfuerzo literario que hizo su autor. Mi idea siempre es contar cómo se vivió, cómo se comportaba la gente, no qué pasó.

C.O. La genialidad de Fernando es que cuenta los grandes acontecimientos a través de personas cotidianas. Esa presión social que tan bien aborda en sus novelas. Yo creo que todavía hay que escribir de eso.

P. Contadme algún plan lector en este agosto.

F.A. Como me dedico exclusivamente a la escritura, no tengo vacaciones. Las semanas de agosto no se diferencian de las de febrero o noviembre. Escribo a diario, salvo los sábados. En agosto es cuando más trabajo porque no me da la lata nadie. Está todo el mundo en la playa. No tengo el concepto de lectura de verano, pero tengo la costumbre de poner en una balda los libros de próximo lectura. Y tengo uno desde hace como 50 años que quiero leer: es grueso y está amarillento, pero creo que va a caer. Se llama La familia Moskat, de Bashevis Singer.

C.O. Yo os voy a hacer una confesión: publico mis memorias en 2027. Me las ha escrito una de mis mejores amigas: Irene Muñoz Escandell, víctima también. Se titulará Sin tiempo para el odio. Ha habido momentos muy duros, porque ella estaba todo el rato interrogándome, interrogándome, interrogándome sobre temas que no quería abordar y que necesito borrar para no hacerme daño.

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