Imaginen que un día una diputada del Congreso entra a la cámara con gas pimienta, lo exhibe en un discurso como arma argumental, le recrimina la presidenta que más que eso se trata de un arma en toda regla y la expulsan. Jura y perjura que no está cargada, pero miente y le indica a un empleado de su grupo parlamentario que vacíe el contenido. Este hombre, no muy ducho en el manejo de artefactos de cualquier calibre, intenta lo que puede, preso de los nervios, y al tratar de deshacerse del gas tóxico lo activa y terminan por atender a 12 afectados en el edificio. Bien… Dejen de imaginar porque esto ya ha pasado. La mente que orquestó tal golpe de efecto se llama Ana Vázquez y es diputada del PP por Ourense.
Tras el ditirambo del gas pimienta en el Congreso protagonizado por la histriónica diputada del PP quizás la aparten de primera línea, pero, a lo mejor, la encumbran. Y mientras toda esta frivolidad toma cuerpo, Mari Carmen es desahuciada…
Imaginen que un día una diputada del Congreso entra a la cámara con gas pimienta, lo exhibe en un discurso como arma argumental, le recrimina la presidenta que más que eso se trata de un arma en toda regla y la expulsan. Jura y perjura que no está cargada, pero miente y le indica a un empleado de su grupo parlamentario que vacíe el contenido. Este hombre, no muy ducho en el manejo de artefactos de cualquier calibre, intenta lo que puede, preso de los nervios, y al tratar de deshacerse del gas tóxico lo activa y terminan por atender a 12 afectados en el edificio. Bien… Dejen de imaginar porque esto ya ha pasado. La mente que orquestó tal golpe de efecto se llama Ana Vázquez y es diputada del PP por Ourense.
Y, ahora, ¿qué hacemos contigo, Ana?
Para empezar, aplaudirla… Al menos es lo que demostró ayer miércoles su grupo —menos Alberto Núñez Feijóo, el jefe— cuando bajaba por las escaleras del Congreso para abandonar la sala y seguir con su número, esta vez frente a las cámaras de televisión. Antes de descarrilar totalmente con el embrollo que vino después, le faltaba arremeter contra la presidenta del hemiciclo al grito de: “¡Armengol es una hooligan!”. Pero a medida que avanzaba la mañana, lo que deseaban sus compañeros era que se le tragara la Tierra. Había arruinado la estrategia reina de los dos últimos meses contra el Gobierno en Ceuta y desaprovechado una nueva oportunidad al desviarse del objetivo con la performance que terminó en los baños, con el gas desatado, la docena de afectados, los despachos de Vox y Bildu desalojados y ella, aún, sin pedir la más mínima disculpa, danzando por varios programas de televisión.
Ana, además, es tertuliana, pero quiso ser policía nacional. El histerismo delataba su convencimiento de que el caso no quedaría en anécdota. Va a tener que afrontar las consecuencias. Su acción es otra muestra de lo que se ha convertido la política espectáculo cada semana: un paradigma sistemático de pura frivolidad, una ficción continua, derivada de un guion esperpéntico de estrategias enlazadas en pos del surrealismo hasta el infinito.
Un mareo ausente de argumentos de peso, con frases ocurrentes y muestras continuas de actuación para los más histriónicos a derecha e izquierda. Una plataforma circense de ocurrencias que justifiquen el bloqueo sistemático. El mejunje consagrado a las dinámicas de la destrucción. Un festival continuo de nihilismo barato. El acoso y derribo sin ningún aliento para cualquier elemento básico que haga brotar la esperanza.
En eso, Ana es todo un referente. Una alumna aventajada en su partido de un Miguel Tellado que fija y alienta este tipo de maniobras. Así que, no nos extrañe si en vez de enviarla al rincón de pensar, la encumbran y le ceden todavía más protagonismo. Son los tiempos: la moda de bramar frente a la discreción en la que son duchos esos malabaristas de la frase hecha y el golpe de efecto abonados a los extremos. Podríamos dentro de ese ámbito hacer una selección nacional tanto en la izquierda como en la derecha con defensa, mediocampo y delantera. Pero dan tanta pereza y merecen tan poco foco que no les vamos a nombrar.
Mientras este disparate de postureos sin fin ocurría en la Carrera de San Gerónimo, a escasos kilómetros, discurría la cruda realidad y Maricarmen Abascal era desahuciada de la vivienda donde había vivido más de 70 años. Nadie fue capaz de remediarlo. Ninguna administración, ninguna acción judicial, ninguna negociación pudieron detener el ansia devoradora de Urbagestión, el fondo buitre que se la llevó por delante.
No hubo atisbo de arrepentimiento entre los grupos responsables de impedir hace meses que una ley con armas normativas para haberlo evitado saliera adelante. Nadie fue capaz de detener su salida en camilla hacia la ambulancia, la derrota envuelta en la dignidad de sus arrugas y el ánimo vencido. Una vida desmantelada sin ni siquiera opción a que le recogieran los muebles, los enseres, esa alma y esencia de nosotros mismos impregnada en los objetos útiles e inútiles que decoran nuestros hogares.
Es una derrota colectiva, el signo doloroso, impregnado de vergüenza de una devastación social, el paradigma de la descomposición y la decadencia en la que ya estamos instalados, con líderes que alientan el desmantelamiento de los barrios, la fragmentación y la ley de la selva en base al derecho a la vivienda. La impotencia ante esa injusticia que nos acecha incluso con la fuerza de la ley. La victoria de la mera crudeza sin herramientas para detener el desamparo. Un mensaje inequívoco para quienes sobran a la hora de detener la dinámica voraz de un mercado sin contemplaciones. El poder del dinero engulléndose los despojos de un cuerpo envuelto en sábanas, camino del hospital, entre vítores y lágrimas, entregado ya sin remedio a la generosidad de unos parientes.
¿Hasta cuándo? Ceuta y el desalojo de Mari Carmen quizás sean la prueba de haber tocado fondo en las profundidades. De ahí, solo toca remontar, pero tendrá que ser sin rastro de las Anas Vázquez que asolan, enfangan y contaminan con todo tipo de toxicidades el espacio público.
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