Si Bilbao tuvo su efecto Guggenheim, el emblemático Museo de Bellas Artes busca significarse como el gran museo de la ciudad, clásico y moderno. Tras una compleja y sofisticada ampliación de Norman Foster y Luis María Uriarte, el Bellas Artes da un salto de escala: gana más de 6.000 metros cuadrados, terrazas expositivas (el propio Foster ha donado dos esculturas de Anthony Caro y una de Anselm Kiefer) y un espectacular atrio de entrada que une el edificio neoclásico de 1945, diseñado por Urrutia y Cárdenas inspirándose en El Prado, con el de los años 70 proyectado por Líbano y Deascoa con influencias de Mies van der Rohe.
Tras una compleja reforma arquitectónica, el museo reabre con más metros expositivos, más mujeres artistas y una sólida museografía que huye de modas. «Más que una ampliación, es una nueva dimensión», reivindica su director Miguel Zugaza
Si Bilbao tuvo su efecto Guggenheim, el emblemático Museo de Bellas Artes busca significarse como el gran museo de la ciudad, clásico y moderno. Tras una compleja y sofisticada ampliación de Norman Foster y Luis María Uriarte, el Bellas Artes da un salto de escala: gana más de 6.000 metros cuadrados, terrazas expositivas (el propio Foster ha donado dos esculturas de Anthony Caro y una de Anselm Kiefer) y un espectacular atrio de entrada que une el edificio neoclásico de 1945, diseñado por Urrutia y Cárdenas inspirándose en El Prado, con el de los años 70 proyectado por Líbano y Deascoa con influencias de Mies van der Rohe.
«Más que una ampliación, la reforma de Foster aporta una nueva dimensión al museo», asegura su director Miguel Zugaza en el diáfano vestíbulo de entrada, que reabrirá el próximo 6 de octubre. Lo que antes fuera una plaza al aire libre se ha transformado en la primera sala expositiva, con la monumental fuente dedicada al compositor Arriaga, el Mozart español, esculpida por Francisco Durrio en 1933. La musa Euterpe sostiene una lira de la que brotan chorros de agua, las lágrimas por la muerte de Arriaga a los 19 años, y mira hacia el cielo, hacia el luminoso óculo proyectado por Foster y Uriarte. «Es el gran sueño de todo arquitecto: diseñar un óculo como en el Panteón«, compara Zugaza. A su alrededor, cual bosque de esculturas, contrasta el pesado y a la vez liviano metal de Chillida en su Homenaje a Calder o los dos bloques de acero de Bilbao de Richard Serra o la delicada vidriera moderna de Pablo Palazuelo. Esa es la tónica de toda la museografía: contrastes y afinidades casi espirituales.
«El museo es una colección de colecciones, prácticamente el 70% procede de donaciones y legados», resalta Zugaza. Nadie las conoce mejor que él, que con solo 32 años fue nombrado director del Bellas Artes. En 2002, tomó las riendas del Prado en los decisivos años de la ampliación de Rafael Moneo, y en 2017 volvió a Bilbao para liderar otro cambio histórico en el Bellas Artes.
«Hemos seguido un orden cronológico, algo que no está de moda… Pero recuperamos el tiempo de la historia del arte«, advierte como radical declaración de intenciones. La excepción es la muestra temporal La búsqueda del comienzo, dedicada a uno de los grandes filántropos del museo, Plácido Arango. Planteada como un homenaje al mecenas, en ella convergen un Velázquez cedido por la Hispanic Society de Nueva York, un Ecce Homo de el Divino Morales o una escultura suspendida de alambre de la venezolana Gego de la colección Patricia Phelps de Cisneros.
Tras pasar bajo dos figuras colgadas de Juan Muñoz que danzan en el aire, el viaje por el Bellas Artes empieza con unas valientes paredes en tono rosa pastel que potencian los Cristos crucificados del medievo o las tallas del Renacimiento. Soprende una fotografía en la pared, sostenida por unos finos clavos, de una joven Lorea Alfaro con una sudadera Nike en el Museo Arqueológico de Atenas junto a un kouros clásico con un pie algo avanzado. La artista vasca también da un paso, como la estatua, y titula la fotografía Nike, un juego con la marca deportiva y el nombre de la diosa griega de la victoria, Atenea Niké. «Es una imagen sencilla y modesta pero llena de significados», sonríe Zugaza, que ha concebido una osada museografía para paliar la gran ausencia de artistas femeninas a lo largo de la historia. «Para delatar esa ausencia, en cada sala donde no hay una representación femenina, sobre todo las del pasado, incluimos la obra de una creadora contemporánea», explica.
Desde la Antigüedad al siglo XX, el visitante transita por salas de distintos colores (azul para el Barroco o verde para el siglo XIX y las vanguardias) hasta llegar al edificio moderno de los años 70: paredes blancas para el arte pop, el minimalismo, el informalismo, etc. En la tercera y cuarta plantas, ya sí, irrumpen las nuevísimas salas Foster-Uriarte. Y si el atrio era espectacular, la última planta no se queda atrás: un vació de 1.300 metros cuadrados para exponer las piezas más radicales del nuevo arte vasco. Esculturas de June Crespo, las imágenes de una performance de Jon Mikel Euba que ocupan todo un lateral, la instalación sonora Respiración oceánica de Itziar Okariz, la Geometría de los agujeros negros de Ibon Aranberri… «Foster ha creado una de las más bonitas salas de exposiciones. El anterior museo habría sido incapaz de acoger obras de esta magnitud y escala», reivindica Zugaza. Fuera, una terraza de 700 metros que se abre a la ciudad y al parque.
El Bellas Artes termina en la Sala 13. «Desafiamos el maleficio», bromea Zugaza. «El Prado no la tiene, salta de la 12 a la 14. En mi época, traté de cambiar la numeración pero fue imposible, existía esa prevención…», admite. Siguiendo el lema vasco Ez Dok Amairu (No hay trece), que Jorge Oteiza propuso en los años 60 para la vanguardia cultural de Euskadi, la sala con vistas al parque de Doña Casilda despliega precisamente las piezas de pequeño tamaño del escultor. Se diría una biblioteca de esculturas, con una atmósfera íntima y los árboles tras el crsital, un poco como el ADN artístico de Bilbao, entre el bosque, el acero y la modernidad.
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