El día después de la victoria de Donald J. Trump en las elecciones de 2016, Anna Wintour, la legendaria y temida editora jefe de la revista Vogue en Estados Unidos, llegó como siempre temprano a trabajar y convocó una reunión de emergencia. Cuando se dirigió a su equipo, pasó algo inaudito: rompió a llorar. Con este episodio arranca Anna, una nueva biografía (editada en España por Debate) de la periodista Amy Odell sobre la poderosa editora que lleva décadas decidiendo qué está in y qué está out.
El día después de la victoria de Donald J. Trump en las elecciones de 2016, Anna Wintour, la legendaria y temida editora jefe de la revista Vogue en Estados Unidos, llegó como siempre temprano a trabajar y convocó una reunión de emergencia. Cuando se dirigió a su equipo, pasó algo inaudito: rompió a llorar. Con este episodio arranca Anna, una nueva biografía (editada en España por Debate) de la periodista Amy Odell sobre la poderosa editora que lleva décadas decidiendo qué está in y qué está out. Seguir leyendo
El día después de la victoria de Donald J. Trump en las elecciones de 2016, Anna Wintour, la legendaria y temida editora jefe de la revista Vogue en Estados Unidos, llegó como siempre temprano a trabajar y convocó una reunión de emergencia. Cuando se dirigió a su equipo, pasó algo inaudito: rompió a llorar. Con este episodio arranca Anna, una nueva biografía (editada en España por Debate) de la periodista Amy Odell sobre la poderosa editora que lleva décadas decidiendo qué está in y qué está out.
La anécdota es toda una declaración de intenciones ya que este libro, basado en más de 250 entrevistas, se propone humanizar a la esfinge y revelar quién es la persona que se esconde tras el icónico bob y las gafas de sol más reconocibles de la moda. Las páginas de Anna están espolvoreadas con multitud de detalles jugosos: que durante su paso por New York Magazine era conocida por tirar a la papelera los centavos y que enfureció a sus jefes al sacar un baúl de piel de cabra de 9.000 dólares en la revista. Que tras los atentados del 11-S regresó inmediatamente al trabajo. Que en una ocasión pidió que se retocara la grasa del cuello en la foto de un bebé. Que vetó el cebollino, el ajo y la cebolla de las cenas de la exquisita Gala Met porque dejaban mal aliento. Más allá de los entresijos de la industria, el libro intenta explicar la naturaleza de la influencia de Wintour, al tiempo que pone en valor el liderazgo de una mujer que ha ejercido el poder sin pedir disculpas, pese al doble rasero con el que ha sido juzgada. Desde Nueva York, S Moda entrevista a la autora de esta biografía.

Pregunta. Al comienzo de tu libro, mencionas que a muchas de las 250 personas que entrevistaste les resultó sumamente difícil explicar por qué Anna Wintour es tan poderosa y en qué consiste exactamente su poder. Me encantaría que nos expusieras tu tesis al respecto.
Respuesta. Creo que la clave reside en que su influencia trasciende verdaderamente los límites de las industrias. Tiene sus tentáculos extendidos en una infinidad de ámbitos distintos. Reflexionaba sobre esto a raíz del estreno de El diablo viste de Prada 2, y recordaba las entrevistas que realicé al director de la película, quien también se encargó de la secuela, así como al guionista, que también participó en la continuación. Rodaron la escena de la Gala Met en el Museo de Historia Natural, ya que era el único lugar de la ciudad donde Anna no ejercía influencia alguna. En cualquier otro sitio, la gente tenía miedo de ofenderla. Y aunque a ella la película le traía sin cuidado, ese episodio constituye una excelente metáfora de su influencia. Ha ejercido un peso decisivo en los sectores de la tecnología, la moda, el entretenimiento y el deporte, y, sobra decirlo, en el mundo editorial y los medios de comunicación. Le pregunté a André Leon Talley en qué consistía su poder, y él me respondió que su capacidad radica en lograr que alguien diga “sí” cuando, en realidad, lo que desea es decir “no”. Eso, precisamente, es influencia. Me puso un ejemplo relacionado con Karl Lagerfeld, el caso concreto giraba en torno a una Gala Met, una edición temática dedicada a Chanel. Lagerfeld se había mostrado reacio a participar, pues no sentía predilección alguna por la combinación de ropa y museos. Sin embargo, ella logró convencerlo de que aceptara. De hecho, circulan anécdotas muy pintorescas sobre cómo él tuvo que mantener en secreto su estricto régimen dietético durante el evento.
P. ¿Qué la motiva? ¿Cuál es el motor de ese impulso?
R. El poder. Acumular poder, consolidar su poder. Si observas Vogue, es más una marca que una revista. Ella ha delegado la parte editorial de la revista. Así, puede dedicarse a Vogue World, puede organizar la Gala Met. Puede asistir a la semana de la alta costura. A lo que dedica su tiempo.
P. Demos un paso atrás. Tras años de especulación, Vogue anunció por fin el año pasado que Vogue tendría una nueva editora, Chloe Malle. ¿Qué crees que fue lo que llevó a Wintour a dar un paso a un lado?
R. Simplemente es una manera de consolidar su poder. Ya no tiene que lidiar con la revista. Dirigir un sitio web es una labor verdaderamente ardua en la actualidad: tienes que gestionar tu canal de YouTube, Instagram, TikTok, Facebook, crear vídeos para cada plataforma, promover tus enlaces en todas partes para redirigir el tráfico hacia tu sitio, generar ingresos por afiliación y publicidad, mantenerte al día con el ciclo de noticias, optimizar para SEO, producir reportajes originales y realizar sesiones fotográficas exclusivas… Es muchísimo trabajo, pero con muchísimos menos recursos. Así que Anna, en cierto modo, se ha lavado las manos respecto a todo eso. Y ahora la vemos sentada en primera fila, junto a Gavin Newsom y Baz Luhrmann, en el evento Vogue World.

P. ¿Crees que ya no puede con la revista, que le da igual, o que se le ha vuelto demasiado difícil?
R. Creo que no le merece la pena invertir su tiempo en ello. Anna cree, y hay que reconocerle el mérito, que la caridad es importante. Cree en la labor benéfica. Piensa que Vogue debe retribuir a la sociedad, y ha realizado una gran labor filantrópica: no solo en apoyo a las personas con enfermedades mentales, sino también en el ámbito de la salud mental juvenil y en la lucha contra el sida. Es un tema que realmente le importa. Ella desea ser recordada por su filantropía.
P. Me sorprendió descubrir en tu libro que algunas de las cosas canónicas que hoy damos por sentadas en las revistas fueron inventadas por Wintour. Por ejemplo, poner a celebridades en las portadas. ¿Qué otras cosas estableció ella que terminaron convirtiéndose en la norma?
R. No sé si ella inventó, pero creo que demostró que era el futuro. Me parece que en lo que Wintour es realmente buena es en contextualizar la moda dentro del ámbito de la cultura. Si miras revistas Vogue antiguas, de los años sesenta y setenta, verás que hay mucho menos de eso. Se centraban más en la fantasía. Enviaban a un fotógrafo y a una modelo con un baúl lleno de ropa a Hawái durante semanas. Y era algo así como: “Volved con algo espectacular”. Y, a menudo, regresaban con material realmente extraordinario. Con Anna, la dinámica cambió. Ella decía: “Madonna es interesante en este momento, es una figura controvertida. Pongámosla en Vogue. Cambiemos la percepción de lo que es Madonna y de lo que representa Vogue al incluirla en la revista”. Y uno de los primeros grandes éxitos de Anna como editora ocurrió cuando trabajaba en New York Magazine. Allí realizó un reportaje editorial que estaba inspirado en el arte. Contactó a diseñadores neoyorquinos de moda, de los más cool, y consiguió que varios artistas crearan obras inspiradas en esas colecciones. Y luego fotografiaron el resultado en conjunto. Eso fue lo que lo llevó a contratarla para trabajar en Vogue. Y repitió esa misma fórmula cuando ya estaba al frente de la revista. Creo que ese es un ejemplo perfecto de cómo contextualizar la moda. No es simplemente un catálogo, ni se trata solo de mostrar las prendas que vimos en la primera fila de un desfile. Es sobre el lugar que ocupa la moda en la cultura y sobre cómo la cultura y la moda convergen.
P. Has hablado de Madonna. En tu libro cuentas que un tipo se sentó al lado de Wintour en el avión y que comentó: “Madonna nunca aparecería en Vogue”. Y Wintour pensó: “Pues la voy a poner ahora mismo”.

R. Ahora está haciendo lo mismo con Lauren Sánchez [la mujer de Jeff Bezos]. No creo que mucha gente crea que Sánchez es el estilo de Vogue.
P. Si tuvieras que elegir tres momentos emblemáticos o definitorios de su etapa como editora de Vogue similares al de Madonna, ¿cuáles serían? En términos de decisiones editoriales y portadas.
R. Creo que su primera portada es histórica, es un fragmento de la historia de la moda [fue la primera que la revista mostraba unos vaqueros en portada, señalando que Vogue quería convertirse en un producto más accesible]. La portada de Madonna es importante. La portada de Ivana Trump también lo es. Asimismo, creo que su gran error, probablemente el mayor de todos, fue aquel artículo complaciente sobre Asma al-Assad [la mujer del dictador sirio Bashar al-Assad]. Mucha gente ya se ha olvidado de aquello. Hubo quienes le advirtieron: “Oye, mira, no sé yo si esto es buena idea”. Y ella no hizo caso. Creo que su estilo de liderazgo le da buenos resultados la inmensa mayoría de las veces, pero ese caso en particular es un ejemplo de cuándo no funciona.
P. A menudo nos centramos en Wintour por su carrera en el ámbito de la moda, pero tu libro también destaca su perspicacia para los negocios en general. ¿Crees que habría tenido tanto éxito en una industria diferente, como las finanzas o la política, o consideras que su poder está indisolublemente ligado al lujo o a la moda?
R. Es difícil decirlo. Siempre ha sido muy lista, siempre ha estado muy bien relacionada. No obstante, comenzó su carrera a finales de los años sesenta y principios de los setenta, y no sé en cuántas industrias podían las mujeres alcanzar realmente un éxito rotundo en aquella época. Esa es la única razón por la que tal vez dudo al responder. Lo cierto es que ella ama la moda. Conoce ese mundo al dedillo, mejor que nadie, siente una verdadera pasión por ello. Ahora bien, observándola hoy y viendo en lo que se ha convertido, sin duda podría dirigir Net-a-Porter o una organización sin ánimo de lucro, podría dirigir el Lacma [el Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles].
P. Tu biografía abarca décadas de cambios masivos en la moda y en el consumo de bienes. ¿Qué comprendió Wintour desde el principio sobre cómo mantenerse vigente que tal vez otros pasaron por alto?
R. Ella siempre habla de mirar hacia el futuro. De no quedarse atrás. Creo que existen ejemplos de cómo esa filosofía le funcionó de maravilla. Ejemplos en los que actuó de ese modo y ejemplos en los que no lo hizo. Me parece interesante ver cómo la gente la culpa de que Condé Nast se quedara atrás en lo que respecta a internet. Yo no considero que eso haya sido culpa suya, pues fue ella quien, allá por el año 98 o el 99, pidió a los diseñadores que publicaran sus desfiles online. Ellos no querían porque les preocupaban las imitaciones y la piratería. Y ella les escribió una carta rogándoles: “Por favor, hacedlo”. Y lo hicieron porque ella lo pidió. Así fue como logró convertir un “no” en un “sí”.
P. De hecho, ella es una de las pocas editoras de la vieja guardia de aquella época que sobrevivieron al colapso total de la publicidad impresa. ¿Por qué ella logró aguantar mientras todos sus contemporáneos se marcharon o fueron destituidos?
R. Supo maniobrar y esquivar obstáculos, sobre todo porque estaba generando ingresos. Y lo cierto es que posee el poder de llamar a los anunciantes y decirles: “Pon un anuncio”. Además, ella quiere estar ahí. Tal vez sea la última en abandonar el barco.
P. La película El diablo se viste de Prada ha convertido a Anna Wintour en la encarnación de cierto tipo de jefe tirano que impone un ambiente laboral tóxico. ¿Qué descubriste cuando hablaste con sus asistentes?
R. Gran parte de lo que muestra esa película, a juzgar por mi labor de investigación, parece bastante fiel a la realidad. Ella no es maleducada; de hecho, concede una gran importancia a las buenas maneras. Y, sin embargo, había personas cuyos nombres ni siquiera se molestaba en aprenderse. De hecho, no recordaba a Lauren Weisberger, la autora de El diablo viste de Prada.
P. Me encantó el remate de ese capítulo, en el que Wintour, después de leer el libro, viene a decir algo así como: “Por más que lo intento, soy incapaz de recordar a esta persona”. ¿En qué puntos divergen el mito y la historia de la realidad?
R. [Cuando eres asistente de Anna] estás disponible en todo momento, siempre estás de guardia. Te envía correos electrónicos a cualquier hora y tienes la obligación de responder. Cuando llega a la oficina, tal como sucede en la película, entra hablando sin parar. Es como un flujo de conciencia, una lista ininterrumpida de cosas que necesita que se hagan. Las asistentes estaban listas para empezar a apuntar en cuanto ella entrara. Esa frialdad, esa gélida distancia y esa agudeza hiriente… Meryl [Streep] comentó que basó el personaje en Clint Eastwood, pero gran parte de ello resulta bastante fiel a la realidad. La gente sentía que tenía la obligación de usar tacones.
P. Aludes a la frialdad, pero en el libro planteas, y me parece un punto acertado, que el género influye en cómo se la percibe.
R. Como mujer que ha trabajado y leído innumerables estudios sobre las diferencias entre hombres y mujeres en el entorno laboral, creo que de las mujeres se espera que adopten una actitud más afectuosa y maternal. Un factor que la ha ayudado enormemente en su carrera es el hecho de que en el mundo de la moda abundan las mentes sumamente creativas, pero no siempre son muy diestras en reuniones de negocios. Y ella reúne ambas facetas: es una mujer de negocios, pero también es una creadora.
P. ¿Hubo alguna anécdota o momento específico en tu proceso documentación que la humanizara de una manera que no esperabas?
R. Imaginarla como abuela. Se lo pregunté a su amiga Anne McNally. Ella recordaba una ocasión en la que estaban juntas haciendo de niñeras a uno de sus nietos. Y yo le pregunté: “¿Le cambiaba los pañales?”. Y Anne respondió: “Si tiene que hacerlo, lo hace”.
P. Pero creo que, probablemente, todavía se la juzga de manera distinta a sus homólogos masculinos, ¿no te parece?
R. Oh, sin duda alguna. Si te fijas en Steve Jobs y en su comportamiento… ¿Leíste la biografía de Walter Isaacson? Él gritaba, y gritaba a la gente en la oficina, pero la idea central de ese libro es que él era un genio. Nadie habría escrito El diablo viste de Prada sobre Steve Jobs. Creo que es justo decir que, porque es mujer y a que su ámbito de innovación es la moda, una industria tradicionalmente femenina, no se la toma tan en serio. Jeff Bezos ha estado al frente de Amazon durante menos tiempo del que ella lleva dirigiendo Vogue. Su capacidad de permanencia es verdaderamente extraordinaria. No se le reconoce el mérito que eso conlleva. Sé que es un asunto complejo, y que no todo lo que ha hecho ha sido magnífico o popular. Lo que está ocurriendo ahora con Bezos es, por ejemplo, bastante controvertido. En cuanto supe que ellos iban a financiar [la Gala Met] y al observar la reacción de la gente, indignada, pensé que habría protestas. No sé si llegarán a formar un piquete a las puertas del recinto, pero algo va a suceder.
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