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  Libros  Aventuras con peces y sirenas en Formentera
Libros

Aventuras con peces y sirenas en Formentera

agosto 29, 2026
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Entre mis lecturas de este verano en Formentera han estado A la caza de los grandes peces (1953, la edición que tengo es de 1976 de Círculo de Amigos de la Historia), del aventurero pionero de la pesca submarina, realizador y fotógrafo francés Marcel Isy-Schwart, Zizi, que capturó en Brasil el mero más grande de que se tiene noticia (178 kilos, lo que a los precios del pescado en los restaurantes de la isla balear daría para hacerte rico), y la novela The sirens (Harper Collins, 2025), de la escritora australiana Emilia Hart, una bonita, honesta y conmovedora historia con ribetes fantásticos editada en castellano por Umbriel. Son dos libros que pueden parecer muy distintos e incluso contrapuestos pero que responden a dos de mis actividades favoritas en la isla: observar —en la medida de mis posibilidades de cauto nadador— la vida marina real, y buscar sirenas, echándole imaginación.

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 La vida marina real y la fantástica se dan cita en las lecturas y las experiencias en las vacaciones en la isla  

Entre mis lecturas de este verano en Formentera han estado A la caza de los grandes peces (1953, la edición que tengo es de 1976 de Círculo de Amigos de la Historia), del aventurero pionero de la pesca submarina, realizador y fotógrafo francés Marcel Isy-Schwart, Zizi, que capturó en Brasil el mero más grande de que se tiene noticia (178 kilos, lo que a los precios del pescado en los restaurantes de la isla balear daría para hacerte rico), y la novela The sirens (Harper Collins, 2025), de la escritora australiana Emilia Hart, una bonita, honesta y conmovedora historia con ribetes fantásticos editada en castellano por Umbriel. Son dos libros que pueden parecer muy distintos e incluso contrapuestos pero que responden a dos de mis actividades favoritas en la isla: observar —en la medida de mis posibilidades de cauto nadador— la vida marina real, y buscar sirenas, echándole imaginación.

Lo primero me ha reportado este año ver de nuevo el famoso pez roncador, golondrina de mar o xoriguer (Dactylopterus volitans), una criatura sorprendente que cuando se siente amenazado o se excita despliega las aletas laterales que son en forma de alas —aunque no son peces voladores— y están rematadas en los bordes con una preciosa tonalidad azul fulgurante. No son difíciles de encontrar si te fijas y de hecho lo hemos visto toda la familia (yo el primero, eso sí) haciendo buceo de superficie cerquita de la costa en las playas de Migjorn con gafas y tubo o con las máscaras de cara completa, que cuando van bien son un primor y parece que viajes en la proa- mirador del Nautilus o el Seaview. Cuando no van biente entra agua y entonces parece que vayas en el Kursk.

Peces roncador (Dactylopterus volitans), sobre un lecho marino de arena. Helmut Corneli (Alamy Stock Photo)

Pese a la belleza alada de sus aletas pectorales, el roncador, que se desplaza por los fondos arenosos (es un pez bentónico), es un bicho que si lo desconoces la primera vez que lo ves pegas un respingo y casi te ahogas, lleves la máscara como la lleves. No en balde en algunos lugares se lo conoce como pez diablo o pez demonio. Tiene una cabeza poderosa y parece salido de un cuento de hadas con ilustraciones de Arthur Rackhman; provoca tanta fascinación como alarma. El otro día, en la librería Tur Ferrer de San Francesc (que acaba de recibir el distintivo de comercio “emblemático de las Islas Baleares”), Joan me explicó que él había cazado roncadores hace años con fusil de pesca submarina, y que tienen la cabeza tan dura y acorazada —como el Shturmovik, el avión de ataque soviético— que la flecha rebotaba; en inglés se le denomina helmet gurnard. Comparó el sonido que hacen y del que procede su nombre popular de roncador al de “piedrecitas en una caja”.

También Ernest de Longis, dos de cuyas señas de identidad son regentar la popular pizzeria Sa Pizza de Sant Francesc y que en 2009 le atravesara la pierna un pez espada, me ha hablado estos días de los roncadores (pesce civetta o rondine di mare). Él, Ernest, originario de Benevento, en la Campania, es un gran buceador que ha visto cosas que no creeríais (por no hablar de lo del pez espada), pero admite que los roncadores, que son comestibles, aunque aparecen poco en las lonjas, y para nada venenosos, constituyen un espectáculo.

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Otra persona que sabe lo suyo de peces y que estaba estos días en Formentera, en casa de Sílvia en la Mola (juntas han estudiado el comportamiento playero del atractivo italiano-uruguayo Matteo, firme candidato a hombre del verano en la isla), es Núria Raventós, no en balde es bióloga marina del CSIC y experta en los otolitos de estos animales (parte de la estructura interna del oído de los peces y que arroja mucha información sobre ellos). Núria es de esas personas con las que tienes que tener mucho cuidado cuando hablas porque puedes quedar más tonto que aquel bocazas de la película Annie Hall al que Woody Allen calla haciendo aparecer al mismísimo Marshall McLuhan para que le rebata.

Un chorlitejo patinegro andando por el agua.Juan Gómez (SEO/BirdLife)

A mí, la bióloga me rebatió mientras cenábamos en el Macondo que los chorlitejos patinegros, esos simpáticos pajarillos playeros que tienen una colonia cerca del Vogamarí, fueran endémicos de Formentera, lo que fue un golpe en la línea de flotación de mi prestigio ornitológico (afortunadamente ya nos habíamos bebido dos botellas de un rosado estupendo y nadie se dio por enterado). Pero se lo perdoné porque admitió que los roncadores son muy bonitos, “a su manera de teleostos”, precisó, y sobre todo porque me explicó que los tiburones blancos están en recesión en Sudáfrica, y con ello el negocio de bucear en jaulas para verlos, por culpa de las orcas que ¡los atacan para devorarles el hígado!, al que por lo visto se han hecho muy aficionadas. Que te puedan contar algo así una noche cualquiera comiendo la famosa tagliata del Macondo revela qué fantástico es el mundo.

Pero es que además, resulta que Núria, que ha estudiado el pez payaso (“el de Nemo, para que me entiendas”) en Papúa-Nueva Guinea, pasó parte de su infancia y juventud (como yo) en Viladrau, donde residía con su familia —su padre era peletero— en la Granja de visones, cerca de la Noguera. Allí, ¡les visitaba Félix Rodríguez de la Fuente! (¡¡Félix en Viladrau!!) que era muy amigo de su padre y con el que iban a cazar al Pla de la Calma. Traté de competir con toda esa información contándole a la bióloga la historia, que ella desconocía, de un grupo de camellos del rodaje de Lawrence de Arabia en Almería que fueron a parar a Viladrau (causando el natural asombro frente a la pastelería Font), donde se los sacrificó para usarlos como comida para los visones, precisamente…

Marcel Isy-Schwart con un tiburón en la portada de uno de sus libros. Presses Pocket

A la caza de los grandes peces no es una obra de gran hálito literario y a algunos —como a Núria— les puede parecer un libro anacrónico y enervante en su entusiasmo por masacrar peces como deporte. Pero revela mucho del ambiente de aventura de esos pioneros del buceo, entre los que se contaba sin ir más lejos mi suegro, Carlos Poch, que se quedó sordo de sumergirse y al que hubo que quitarle con tijeras el primer neopreno que se vio en la Costa Dorada porque no se lo puso bien, no era de su talla y no había forma de que saliera del traje.

El aventurero, escritor y cineasta Marcel Isy-Schwart, fallecido en 2012 a los 95 años (una longevidad sorprendente vistos los peligros que corrió), fue todo un personaje al que se le conocía como “el hombre del collar de dientes de mono” por el adorno que le había regalado el famoso cacique kayapo Raoni (el amigo de Sting). Autor de 14 libros y otros tantos documentales sobre la vida marina, en A la caza de los grandes peces explica sus pinitos bajo el mar (una vez buceando en 1943 cerca de Antibes lo ametrallaron los nazis confundiéndolo ¡con un submarino Aliado!; en otra ocasión le acosó un pez espada) y sus peripecias en Brasil en 1951 persiguiendo presas y tratando a la vez de rodar un filme submarino. Cuenta que su captura favorita es el mero, pero tiene una sensibilidad especial, digna de Hans Hass, al describir a la raya, planeando entre dos aguas, batiendo lenta y suavemente las alas como una gigantesca águila marina. En Canarias encuentra a la gran raya llamada el Ángel de los Mares y a la gigantesca raya manta, de media tonelada y sobre la que los pescadores tejen mil leyendas. En aguas brasileñas es la jamanta de cuatro metros de envergadura y una tonelada, “una inmensa mariposa negra” y “un fantasma que asciende del abismo”.

Una mantarraya en el Oceanarium de Lisboa. Didem Mente (Anadolu via Getty Images)

Y está la barracuda “el tigre de los mares”, el pez más temido, dice, de todo Brasil: en una inmersión Isy-Schwart se encuentra entre una y un tiburón mako: “Estas cosas son también las que hacen tan excitante este deporte”.

Con A la caza de los grandes peces he podido vivir aventuras sin cuento fuera del agua, aparte de que he aprendido que a los tiburones martillo se les llamaba en España “guardias civiles” y que la costumbre de frotar una patata cortada para limpiar el vaho de las gafas de bucear es muy antigua.

En cuanto a las sirenas, tan de moda esta temporada con la Odisea de Nolan, desde hace años me llevo de vacaciones a Formentera algún libro sobre ellas. Es como un ritual que comencé al acabar los veinte tomos, leídos en la isla, de las novelas marinas de Patrick O’Brian sobre el capitán de la marina inglesa de la época de las guerras napoleónicas Jack Aubrey y su camarada el naturalista Stephen Maturin. A Maturin le hubiera apasionado dar con una sirena para diseccionarla; a Aubrey se le hubieran ocurrido otras maneras más carnales (¿la sirena es carne o pescado?) de aprovechar el encuentro, aparte de que los dos hubieran podido incorporar la voz de la criatura a sus veladas musicales a bordo. Este verano me he traído a la isla la citada The sirens, historia de dos parejas de hermanas separadas por el tiempo, unas son dos chicas australianas de ahora mismo enredadas en un secreto familiar y las otras dos gemelas irlandesas embarcadas penosamente a finales del XVIII en un barco de convictos, el velero Naiad, rumbo a la colonia penal de Nueva Gales del Sur. Las tramas convergen en un lugar misterioso de la costa, el ficticio Comber Bay, una especie de Hanging Rock marino célebre por sus naufragios y enigmáticas desapariciones (de hombres) en acantilados y cuevas.

El Sireno, escultura de Francisco Leiro en Vigo. Geography Photos / Universal Ima

Se agradece que Hart no sea muy explícita en su descripción de las sirenas —la protagonista vive su condición como una extraña enfermedad real de la piel, urticaria acuagénica y psoriasis de placas, de extraña belleza, como una exuvia de serpiente—, trazando un relato lleno de poesía (el firmamento nocturno azucarado con estrellas), onirismo y viejas leyendas (merrows, mermaids, el tír fo thuinn, el país bajo las olas) que acaba siendo un canto a la fraternidad femenina a través de los tiempos. En el libro hay referencias directas a la Odisea, que suenan muy actuales, y las pinturas de sirenas que hace una de las hermanas australianas, así como las menciones a Waterhouse, me han recordado las muchas que se ven por Formentera si te fijas… Las hay pintadas en los lavabos del Banana Roques (a su dueño, Piero, le hicieron borrar una que había hecho plasmar en el muro exterior del local), y dos de largas colas se habían acomodado en la proa de una de las lanchas que acudieron a la festiva bendición de embarcaciones de la festividad de la Virgen del Carmen, según puede verse en el número de este año del Formentera Report de Juan Picca.

Una joven caracterizada de sirena en una playa. Getty Images

Ha habido otras sirenas en mis lecturas estivales, las de Sylvain Tesson (Taurus, 2019) en Un verano con Homero —y qué más verano con Homero que este—, de las que dice que “su objetivo es arrancar al hombre de sus convicciones, de su destino, de su ‘línea de vida’”; las de Sarah Clegg en Woman’s lore (Head of Zeus, 2023), a cuya evolución, de las pajariles asexuadas de la Odisea a las eróticas bellezas de cola de pez, dedica todo un capítulo, Siren’s song.

Pero la mejor historia de sirenas es la que he encontrado en el extraordinario Siete décimas partes, el mar y sus umbrales (Almayer, 2026), del inclasificable James Hamilton-Paterson, que además de ser poeta, novelista y ensayista participó en la búsqueda del submarino japonés de la Segunda Guerra Mundial I-52 (¡ya hablaremos de ello!) embarcado en un sumergible ruso. Pues bien, Hamilton-Paterson, que habla de las Jenny Haniver, los cadáveres de rayas modificados para parecer sirenas que confeccionaban especialmente los marinos holandeses (dice que una estaba expuesta en un museo de Alejandría), cita el caso de los pescadores del Mar del Norte que al izar la red se quedaron petrificados al ver que entre el montón de pescados les miraba fijamente una muchacha con la boca abierta y ojos desorbitados. Al liberar la captura sobre cubierta, bajo el sol mortecino de un día cubierto y espectral, nadie se atrevía a meterse en la montaña de peces mientras contemplaban los miembros de la chica que parecían moverse cubiertos de escamas entre las pescadillas, cazones y calamares. Finalmente un valiente la sacó de debajo de un gran rape que aún coleaba: era una muñeca hinchable, amante desechada (o huida) de algún trabajador de plataforma petrolífera. De dentro de su boca de insaciable expresión brotaron cangrejos ermitaños. Sin poder dejar de pensar que habían atrapado una sirena, la devolvieron al mar echándola por la borda.

 EL PAÍS

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