Dicen que llegó como extranjero y se quedó como leyenda. En Venecia y Roma ensayó sus primeros trazos, pero fue en Toledo donde su pincel encontró, por fin, la libertad de un lienzo abierto. Doménikos Theotokópoulos se asentó en 1577 en la ciudad custodiada por el Tajo para convertirse, simplemente, en El Greco. Casi 450 años después, su rastro sigue vivo entre los muros donde firmó una de las obras que hoy vuelve a despertar la curiosidad, abrir el debate y plantear preguntas.
Un sistema de aprendizaje automático cuestiona la participación del taller y de su hijo en uno de sus lienzos más enigmáticos. El análisis sugiere que las variaciones técnicas responderían al deterioro físico del artista
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