Dentro de un muy bien cuidado cuaderno, Julia Guzmán Watine (Viña del Mar, 50 años) guarda una serie de fotografías, algunas en blanco y negro y otras en colores. Allí aparece junto a su madre, la francesa Inés Watine, su hermana Sandra, y su padre, Juan Guzmán Tapia, fallecido el 22 de enero de 2021, a los 81 años. Son recuerdos familiares, íntimos, en los que el primer juez que procesó en Chile a Augusto Pinochet (1973-1990), por la Caravana de la Muerte y la Operación Cóndor, está en su faceta de esposo, padre y abuelo. Parte de esa historia, pero en especial su carrera en el Poder Judicial, que abandonó en 2005, y cómo cambió su vida y su mirada tras investigar a partir de 1998 cientos de violaciones a los derechos humanos ocurridas en la dictadura, es la que se plasma en el libro Juan sin miedo (Lom Ediciones), recientemente publicado y en el que Julia, profesora de Castellano y escritora de novelas negras, Juego de villanos (2018) y La conjura de los neuróticos obsesivos (2021), se encargó de la edición y compilación de 31 relatos que retratan a Guzmán.
Julia Guzmán Watinne, editora del libro recién publicado “Juan sin miedo”, que reúne 31 retratos sobre su padre, cuenta cómo el caso cambió la vida al magistrado chileno, fallecido hace cinco años
Dentro de un muy bien cuidado cuaderno, Julia Guzmán Wattine (Viña del Mar, 50 años) guarda una serie de fotografías, algunas en blanco y negro y otras en colores. Allí aparece junto a su madre, la francesa Inés Wattine, su hermana Sandra, y su padre, Juan Guzmán Tapia, fallecido el 22 de enero de 2021, a los 81 años. Son recuerdos familiares, íntimos, en los que el primer juez que procesó en Chile a Augusto Pinochet (1973-1990), por la Caravana de la Muerte y la Operación Cóndor, está en su faceta de esposo, padre y abuelo. Parte de esa historia, pero en especial su carrera en el Poder Judicial, que abandonó en 2005, y cómo cambió su vida y su mirada tras investigar a partir de 1998 cientos de violaciones a los derechos humanos ocurridas en la dictadura, es la que se plasma en el libro Juan sin miedo (Lom Ediciones), recientemente publicado y en el que Julia, profesora de Castellano y escritora de novelas negras, Juego de villanos (2018) y La conjura de los neuróticos obsesivos (2021), se encargó de la edición y compilación de 31 relatos que retratan a Guzmán.
En Juan sin miedo. Juan Guzmán Tapia, el juez que procesó a Pinochet, colaboraron además la abogada Patricia Albornoz, quien empujó a idea, y Sandra Guzmán, la hija mayor del exmagistrado. Julia describe el libro como “un mosaico” de distintas miradas y recuerdos que se aproximan a “un hombre público, polémico, díscolo y, a la vez, condescendiente, inocente y noble”. Para los retratos convocaron a un expolicía, un periodista, abogados, académicos, amigos, testigos de las causas y familiares de víctimas. También escribieron el exjuez español Baltasar Garzón, que en octubre de 1998 ordenó la detención de Pinochet en Londres, y el cineasta Costa-Gavras. En 1972 filmó en Chile Estado de sitio, una películaen la que dos jóvenes, Juan Guzmán e Inés Wattine, lograron un pequeño papel como extras gracias a su perfecto francés. En 1982, en Missing, el cineastacontóla historia de la búsqueda del periodista estadounidense Charles Horman, fusilado en el Estadio Nacional tras el golpe de Estado de 1973. Dos décadas después, el caso estuvo entre los cientos que investigó Guzmán y Costa-Gavras testificó. “El juez quería conocer las fuentes de información con las que yo conté para escribir el guion (…) La declaración duró largo tiempo. Él conocía cada detalle, cada palabra de la película”, rememora en el libro.
Julia recibe a EL PAÍS en una tarde otoñal de Santiago, en su casa en el sector oriente. Sobre la mesa tiene un manuscrito de su padre, que le ayudó a elaborar un esquema —como los que él hacía en sus indagatorias— para Juego de villanos. La novela estáinspirada en una causa, una millonaria estafa, que Juan Guzmán investigó en los años 80 cuano era ministro de la Corte de Apelaciones de Talca, en la zona centro-sur de Chile. “Recuerdo a mi papá en el living de la casa, sentado siempre en su sillón junto a los expedientes, estudiando. Escribía con su pluma en un block de papel roneo. Nunca lo vi nunca trabajar con lata [hastío]”, dice.

“Las cosas van a cambiar”
Hasta 1998, Guzmán era conocido solo en el ambiente judicial y académico. El 12 de enero de ese año se presentó la primera querella contra Pinochet en Chile (después vendría una avalancha), cuando la entonces presidenta del Partido Comunista (PC), Gladys Marín, fallecida en 2005, y el abogado Eduardo Contreras, la interpusieron por los crímenes en 1976 de la Calle Conferencia, cometidos por la DINA, la policía secreta de la dictadura, que secuestró y asesinó a dirigentes del PC, entre ellos a Jorge Muñoz, marido de Marín.
El caso, por el turno judicial, recayó en Guzmán, ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago. Por el comportamiento que tuvo el Poder Judicial en la dictadura —que rechazó miles de recursos de amaaro que se presentaban por los detenidos desaparecidos— aun en democracia se dudaba si el libelo tendría algún futuro. Se sumaba que en 1998 Pinochet seguía con mucho poder: era senador vitalicio y todavía comandante en jefe del Ejército, un cargo que dejó en marzo de ese año.
En enero de 1998 Julia tenía 23 años y estudiaba Literatura en la Universidad Católica de Santiago. Recuerda que una tarde su padre entró a su dormitorio, se sentó a los pies de la cama y le dijo: “Las cosas van a cambiar”. Luego salieron a caminar por la calle y se tomaron un helado. “Me contó que pensaba que tenía que acoger la querella. Él tenía clarísimo cuáles eran las implicancias de esa decisión, y que lo que venía iba a ser muy difícil y que iba a tener un impacto en su carrera, tanto si la acogía o no. Pero no tenía ninguna duda de su decisión”.
En cambio, cuando en 2001 procesó por primera vez a Pinochet, lo guardó en reserva. “No nos dijo nada. Yo caminaba por la calle y leía los titulares de los diarios. También recuerdo que ese día el teléfono de la casa no dejó de sonar”.

Hasta 1998, Guzmán no había investigado causas de violaciones a los derechos humanos. En uno de los relatos de Juan sin miedo, el abogado Contreras, fallecido en 2024, contó que con el tiempo consideró “una suerte” que el caso recayera en un hombre “profundamente católico” y que “en el pasado parecía haber estado más cerca de la derecha”, pues eso lo mostraba como “un ciudadano libre de toda sospecha”. También rememoró la primera audiencia frente al juez. “Me señaló su preocupación porque hubiéramos tal vez podido exagerar los horrores que denunciábamos. Dudaba al comienzo que en este país se hubieran podido cometer crímenes de tal magnitud. Pero se empezó a desarrollar el sumario (…) Fue la terrible verdad lo que convenció al magistrado de no había exageración alguna en las querellas”.
En palabras de Julia: “Hay una tesis, también aceptada por mi papá, que él cambió enormemente con el juicio a Pinochet. Yo creo que sí se modificó su conocimiento y su profundidad. Se sumergió en los horrores de las violaciones a los derechos humanos y con ello su sentido de la responsabilidad aumentó exponencialmente. Y con eso también afloró una culpa por haber sido tan miope [admitió que en 1973 respaldó el golpe de Estado, pero años después de arrepintió], y también por ser parte de un Poder Judicial que no acogió los recursos de amparo de las familias de las víctimas de la dictadura, aunque él los acogía [en Talca], pero era un voto solitario”.
“Don Juan: esto no le sirve al país”.
Para Julia, su padre no sopesó que a medida que avanzaban las indagatorias, buscaba por Chile a los detenidos desaparecidos e interrogaba a exagentes de la dictadura, la situación cambiaría. De pronto, la casa de los Guzmán Wattine se rodeó de grupos de pinochetistas que protestaban en la puerta gritando groserías en contra del juez.
“En esa época yo era muy aprensiva con mis padres porque eran muy relajados. Por lo tanto, mi papá no me contaba las cosas que le preocupaban. Pero, en un momento, como en todas nuestras conversaciones importantes, entró a mi dormitorio, se sentó a los pies de la cama y me habló de una forma que me asustó. Me dijo que había entendido el sentido de su vida con esta causa, que comprendió la importancia de su trabajo, y que por fin todas las preguntas que se había hecho estaban llegando a un término. Para mí, eso fue una despedida. Fue rarísimo”.
Tiempo después, Julia comprendió el sentido de esa conversación, y por qué de un día para otro, ella y su hermana tenían guardaespaldas. “Después me enteré que a mi papá lo habían retenido un par de horas cuando iba a camino a la casa. Dos autos le hicieron una encerrona y lo obligaron a estacionarse en una calle muy solitaria. Tres señores se sentaron en su auto, uno adelante y dos atrás, sin identificarse. Fueron ‘amables’, digo irónicamente, pues nunca lo apuntaron con un arma, pero le dijeron: ‘Don Juan, usted sabe que esto que está haciendo no le sirve al país».
También le recordaron a Guzmán, agrega su hija, que él también era parte “de la familia militar” y que, por lo tanto, le tenía “respeto a las Fuerzas Armadas”. Se lo dijeron, señala Julia, porque gran parte de la familia de la madre del juez, Raquel Tapia, era del mundo uniformado.

Raquel Tapia, que murió a los 99 años en 2014, tenía la misma edad de Pinochet cuando su hijo investigaba el caso. Y eso, dice Julia, su padre lo tenía muy presente. “La decisiones no eran fáciles y él, en privado, hacía un paralelo con ella. No dudaba en las decisiones de encargar reo a Pinochet, pero sentía un peso por la edad”.
Guzmán interrogó dos veces a Pinochet, en 2001 y en 2004. Poder hacerlo fue muy complejo, pues la defensa se oponía argumentando razones de salud. El general, frente al juez, solía no recordar. “Mi papá dijo que Pinochet era una persona que sabía bien qué responder; que sabía qué decir y qué callar. Pero tenía claro que podía procesarlo. Si hubiese tenido alguna duda, no lo hubiese hecho”.
En esta historia, hay también algo que Julia Guzmán no deja escapar. Lo ha dicho varias veces en esta entrevista, y lo escribió en Juan sin miedo: “Existe un gran porcentaje de chilenos que, más o menos directa o indirectamente, responsabilizan al juez Guzmán por el hecho de que Pinochet haya muerto sin condena, o más específicamente, que haya sido sobreseído permanentemente en los juicios criminales en su contra”. Pero, agrega, que en eso hay injusticia y un recuerdo inexacto: “Mi papá hizo lo posible por lograr la justicia, pero esto se frenó por la Corte Suprema de la época”.
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