He aquí una serie de televisión con instinto clásico y ritmo del siglo XXI. Se titula El peso de la justicia y nos llega desde Suecia. Una de abogados y criminales con ocho capítulos ya disponibles en Filmin. La trama sigue la vida en un bufete de Estocolmo especializado en derecho penal. El primer capítulo comienza con una fiesta de cumpleaños en la oficina. Hay miradas que nos indican que algo no va bien, que algo no encaja, que allí ya han pasado cosas. La narración nos lleva con unos y con otros para que podamos ver cada caso y luego ya lanzarse al vacío.
La serie creada por Jens Lapidus y disponible en Filmin es un potente ejercicio de narrativa legal con diversas tramas y personajes bien trazados
He aquí una serie de televisión con instinto clásico y ritmo del siglo XXI. Se titula El peso de la justicia y nos llega desde Suecia. Una de abogados y criminales con ocho capítulos ya disponibles en Filmin. La trama sigue la vida en un bufete de Estocolmo especializado en derecho penal. El primer capítulo comienza con una fiesta de cumpleaños en la oficina. Hay miradas que nos indican que algo no va bien, que algo no encaja, que allí ya han pasado cosas. La narración nos lleva con unos y con otros para que podamos ver cada caso y luego ya lanzarse al vacío.
El responsable es Jens Lapidus (acompañado en labores de dirección por Lissa Linnertorp) reconocido escritor de thriller y uno de los herederos directos de esa tradición sueca que nos cuenta las miserias del paraíso nórdico, corriente iniciada en los sesenta por la pareja de pioneros Maj Sjöwall y Per Wahlöö y continuada por nombres del nivel de Henning Mankell o Stieg Larsson. No solo eso: Lapidus ejerció muchos años como abogado en las mismas condiciones que sus personajes.

Kalle (Björn Bengtsson) lleva las riendas: es el jefe del lugar, tan buen abogado, tan fotogénico, tan responsable. Pero enseguida vemos la trastienda: su familia destrozada por el trabajo y su dejadez, sus pequeñas miserias, sus problemas de salud. A su lado, su socio Sasha (interpretado por un explosivo Arvin Kananiean): a él le tienta el sexo, el poder, el dinero y todo lo que está relacionado con esa parte de su trabajo. Es un personaje complejo, demasiadas veces con el pie en la línea que separa lo moral de lo inmoral. Suyo es el caso más polémico: un asunto de violación donde ha de defender al depredador. Ahí resulta estelar la fiscal, que interpreta Vivianne Treschov, de lo poco que vemos del otro lado de la ley. Gracias a ella, todo el debate sobre el consentimiento y los abusos machistas se pone en la palestra, sin grandes discursos, de forma sobria.
No pierde pie la narrativa visual y en ello juega un papel esencial Oscar, un joven abogado interpretado por Kitt Walker Johansson, que refleja la parte más barriobajera de la trama: es un niño bien, pero cuando tiene delante a un delincuente no se sabe quién es peor. Y, sin embargo, no deja de caer simpático, es un trilero, un pillo, un superviviente, otro que juguetea con los límites de la ley puestos al servicio de su ambición. Cuando él aparece, todo se acelera a ritmo de rap y la serie adquiere un tono de derrota, la que lleva encima desde la primera escena.
El peso de la justicia se fija también en la vida privada de los dos jefes. Y ahí vemos una intensidad muy marcada que no llega, sin embargo, a la exageración. Tampoco en la mirada cercana a los problemas de los secundarios. El contrapunto lo pone Tilde, la última incorporación del bufete, que creía haber aterrizado en un equipo de primera línea y está en un barco a la deriva. Ella sola vale otra serie, con esa mirada de cervatillo asustado y la determinación de una guerrera que va descubriendo poco a poco su valor.
A medida que avanza la temporada, la trama lleva a sus personajes al límite sin perder por ello el tono y el equilibrio y mantiene el clásico esquema de los thrillers, hacia arriba y hacia el fondo del desastre. El primer capítulo termina con un recurso que vuelven a usar en el octavo y último, un cierre impecable.
La serie es buena, tiene ritmo, está bien interpretada, cuenta historias que interesan y, además, las relaciones entre los trabajadores del bufete (condicionadas por su estatus social y por sus orígenes) están muy bien tejidas. ¿Alguien puede pedir más? El resultado es una producción que se queda corta, muy preparada para seguir temporada tras temporada, televisión clásica de abogados.
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