En la época de Cervantes, la imagen cómica de don Quijote lanzándose contra los molinos de viento tenía también un trasfondo político. En las clases populares, tres cuartas partes de la dieta eran harinas y los cereales tenían que molerse en esos molinos que, al igual que los hornos, actuaban en régimen de monopolio forzado. El señor de la zona cobraba un tributo por el uso de una infraestructura que podía ser común y que, en algunos casos, lo había sido. Los molineros eran odiados y solían protagonizar canciones o narraciones satíricas, y oír a alguien decir sobre los molinos de viento que “es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra” tenía un doble sentido casi revolucionario que ya no entendemos y no porque hayan desaparecido los usos feudales, sino porque el pan ya no lo es todo.
En la época de Cervantes, la imagen cómica de don Quijote lanzándose contra los molinos de viento tenía también un trasfondo político. En las clases populares, tres cuartas partes de la dieta eran harinas y los cereales tenían que molerse en esos molinos que, al igual que los hornos, actuaban en régimen de monopolio forzado. El señor de la zona cobraba un tributo por el uso de una infraestructura que podía ser común y que, en algunos casos, lo había sido. Los molineros eran odiados y solían protagonizar canciones o narraciones satíricas, y oír a alguien decir sobre los molinos de viento que “es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra” tenía un doble sentido casi revolucionario que ya no entendemos y no porque hayan desaparecido los usos feudales, sino porque el pan ya no lo es todo. Seguir leyendo
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia
Gabriele Rosso recoge los momentos estelares de un alimento cotidiano que engarza con la historia de la civilización, los mitos, la religión y la sociedad

En la época de Cervantes, la imagen cómica de don Quijote lanzándose contra los molinos de viento tenía también un trasfondo político. En las clases populares, tres cuartas partes de la dieta eran harinas y los cereales tenían que molerse en esos molinos que, al igual que los hornos, actuaban en régimen de monopolio forzado. El señor de la zona cobraba un tributo por el uso de una infraestructura que podía ser común y que, en algunos casos, lo había sido. Los molineros eran odiados y solían protagonizar canciones o narraciones satíricas, y oír a alguien decir sobre los molinos de viento que “es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra” tenía un doble sentido casi revolucionario que ya no entendemos y no porque hayan desaparecido los usos feudales, sino porque el pan ya no lo es todo.
Lo fue durante siglos. Para el historiador italiano Gabriele Rosso, la historia del pan es la de nuestra civilización y viceversa. Es el alimento total porque concentra la tierra, el agua, el tiempo y el fuego. Está en los mitos, los textos religiosos y los cambios sociales. Su precio ha provocado movimientos que han derribado imperios y su capacidad de transporte y elaboración ha decidido el resultado de guerras, como las napoleónicas. La historia del pan de Gabriele Rosso no es exhaustiva ni sistemática, pero es una buena puerta de entrada a la historia social de los alimentos. El libro recoge momentos estelares que desvelan la importancia social de ese elemento cotidiano, clave en la aparición del sedentarismo y la división social.
Las primeras sociedades cerealistas de Mesopotamia ya alcanzaron un notable nivel de complejidad en la producción del pan con decenas de variedades. Tanto en acadio como en sumerio, un mismo término designa no sólo el pan, sino la comida. Comer era comer pan y, por tanto, era vida. Ninguna creencia lo representa mejor que el cristianismo católico y romano, donde el alimento se transforma en presencia divina antes de ser ingerido. Quizá por la costumbre, no somos conscientes de la potencia simbólica y espiritual de ese momento.
La parte más interesante es la dedicada a los movimientos sociales vinculados al pan, el centro de la alimentación de la gran mayoría de la población hasta ayer. Normalmente, negro. Podía ser de diferentes calidades y orígenes: cereales, legumbres o frutos secos, como castañas o bellotas. O, en los malos momentos, raíces o tierra. La escasez provocaba asaltos concretos a los almacenes de cereales; a los hornos, como el que se describe en Los novios, de Manzoni; o a esos molinos que don Quijote quería borrar de la tierra. También, revueltas, desde la Grande Jacquerie de 1358 hasta la Revolución Francesa de 1789. Es muy interesante leer esas historias sobre qué sucede cuando los bienes fundamentales escasean y cómo los gobiernos se siguen moviendo en las mismas soluciones que, cuando no pasan por la redistribución, suelen provocar problemas.
Durante siglos se reclamó pan para todos y ya lo tenemos. Barras congeladas, chiclosas e insípidas que muestran un cambio social
El pan dejó de ser tan importante porque dejó de ser un elemento de distinción. El libro recoge cómo la estructura industrial logró abaratar la producción y distribución del blanco, históricamente reservado para las élites, aunque degradando su calidad. Durante siglos se reclamó pan para todos y ya lo tenemos. Barras congeladas, chiclosas e insípidas que muestran un cambio social. Todos los alimentos están pensados para cautivarnos con la promesa de un ahorro de tiempo que podremos dedicar a un mayor compromiso con el trabajo o con el consumo. Por otro lado, tenemos las panaderías de especialidad, donde se elaboran cada día casi un centenar de variedades a precios poco asumibles. Pese a la disminución de su consumo y la carbofobia generalizada, el pan sigue siendo importante y es posible que lo sea más por la inversión privada en alimentación. Quizá, no estamos tan lejos de reclamar pan, techo y trabajo como en las novelas del XIX.
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos
Archivado En
EL PAÍS

