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  Libros  La mujer peligrosa de la que se enamoró Virginia Woolf
Libros

La mujer peligrosa de la que se enamoró Virginia Woolf

agosto 8, 2026
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No es autoayuda. A veces ocurre que un obstáculo abre un sendero agreste, un camino diferente. Es el caso de Violet Dickinson (1865-1948), amiga y mentora literaria de Virginia Woolf (1882-1941) en sus primeros años de adolescencia y juventud, cuando aún se llamaba Virginia Stephen. Dickinson era una mujer perteneciente a la rica aristocracia terrateniente de Somerset, de esas que no tienen ninguna necesidad de trabajar. También era una niña que aborrecía las muñecas y las conversaciones de cortesía, a la que su madre definía como “muy gorda y alegre”. Como todas las de su casta, desde su nacimiento la estuvieron preparando para su presentación en sociedad, un acontecimiento clave en la vida de una chica de su clase. Pero con 17 años medía casi 1,90 metros de estatura, un rasgo extraordinario entonces, una rareza que le impidió ser aceptada en el mercadeo matrimonial victoriano.

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 No es autoayuda. A veces ocurre que un obstáculo abre un sendero agreste, un camino diferente. Es el caso de Violet Dickinson (1865-1948), amiga y mentora literaria de Virginia Woolf (1882-1941) en sus primeros años de adolescencia y juventud, cuando aún se llamaba Virginia Stephen. Dickinson era una mujer perteneciente a la rica aristocracia terrateniente de Somerset, de esas que no tienen ninguna necesidad de trabajar. También era una niña que aborrecía las muñecas y las conversaciones de cortesía, a la que su madre definía como “muy gorda y alegre”. Como todas las de su casta, desde su nacimiento la estuvieron preparando para su presentación en sociedad, un acontecimiento clave en la vida de una chica de su clase. Pero con 17 años medía casi 1,90 metros de estatura, un rasgo extraordinario entonces, una rareza que le impidió ser aceptada en el mercadeo matrimonial victoriano. Seguir leyendo  

No es autoayuda. A veces ocurre que un obstáculo abre un sendero agreste, un camino diferente. Es el caso de Violet Dickinson (1865-1948), amiga y mentora literaria de Virginia Woolf (1882-1941) en sus primeros años de adolescencia y juventud, cuando aún se llamaba Virginia Stephen. Dickinson era una mujer perteneciente a la rica aristocracia terrateniente de Somerset, de esas que no tienen ninguna necesidad de trabajar. También era una niña que aborrecía las muñecas y las conversaciones de cortesía, a la que su madre definía como “muy gorda y alegre”. Como todas las de su casta, desde su nacimiento la estuvieron preparando para su presentación en sociedad, un acontecimiento clave en la vida de una chica de su clase. Pero con 17 años medía casi 1,90 metros de estatura, un rasgo extraordinario entonces, una rareza que le impidió ser aceptada en el mercadeo matrimonial victoriano.

No se casó y, contra todo pronóstico, aquellos centímetros de más le dieron carta blanca para desarrollar una luminosa biografía, convirtiéndose en una mujer libérrima que se dedicó a viajar, a escribir, a investigar la vida de sus antepasados, a ser alcaldesa en la ciudad de Bath por un año y a echar una mano como visitante y conversadora en el Reformatorio para Mujeres Ebrias de Farmfield. También cultivó amistades muy variadas: muchos nobles de antiquísimo abolengo, algunos de los miembros del clan Stephen, un puñado de poetas, un grupo de ladronas, ciertos coleccionistas de arte, una familia de enanos del viejo Londres o un inventor de una novísima técnica para crematorios.

Violet Dickinson (1865-1948), amiga de Virginia Woolf, en Londres en mayo de 1903.George C. Beresford ( HULTON / GETTY IMAGES)

Dickinson es también la protagonista de ‘Galería de amistades’, ‘El jardín mágico’ y ‘Una historia para hacerte dormir’, tres historias escritas por Woolf en 1907, cuando tenía 25 años. Son tres relatos apenas conocidos en una primera versión en borrador, a resguardo en la Biblioteca Pública de Nueva York. Hasta que en otoño de 2022 Urmila Seshagiri, especialista en la obra de la londinense, viajó hasta el condado de Wiltshire para investigar en los archivos históricos de Longleat House y halló un manuscrito inédito, fechado en 1908, de los mismos tres cuentos mecanografiados en tinta violeta, corregidos a mano por su autora.

El resultado de las pesquisas de Seshagiri —“un proceso impactante y mágico”, según confiesa— es The Life of Violet: Three Early Stories (Princeton, 2025), publicado en español como La vida de Violet (Lumen, 2026, en edición de la propia Seshagiri y traducción de Ana Mata Buil), y Violet (Páginas de Espuma, 2026, con prólogo y traducción de Patricia Díaz Pereda e ilustraciones inspiradas en la época a cargo de Andrea Reyes).

La vida de Violet es una “atrevida biografía burlona sobre una heroína que incomoda, redirige, convierte o imagina renovadas arquitecturas que conectan el pasado y el presente”, reflexiona Seshagiri, profesora distinguida de Humanidades de la Universidad de Tennessee, Knoxville. En el libro, Violet es la “malva loca más alta del jardín”, una giganta con poderes fantásticos que viaja por el mundo, disfrutando de todo y de todos, rechazando todo límite o convención.

En un principio, Woolf concibió los relatos como una broma privada para deleite de su amiga Mary Violet, una mujer llena de energía e ímpetu, capaz de arremangarse las faldas y correr detrás de los perros de caza, a la que Woolf llamaba cariñosamente tía Mary. A su vez, los cuentos denotan un instinto salvaje hacia la buena literatura, por su capacidad de reinventar la forma literaria como proyecto para “volver a concebir la vida de las mujeres”, según Seshagiri. Se trata del primer experimento literario de Woolf que anticipa el pensamiento y el universo creativo de sus obras posteriores.

“En Violet ya están muchos de los temas recurrentes de Woolf: las limitaciones que la sociedad impone a las mujeres, el deseo de ser ellas mismas, de experimentar y no conformarse con el papel que una sociedad patriarcal espera de ellas”, apunta Díaz Pereda, reconocida experta por su labor de rescate de textos inéditos, cartas y diarios de la autora británica.

Una “mujer peligrosa”

Según confiesa en alguna de sus cartas, al principio la joven Virginia catalogó a Dickinson de “mujer peligrosa” porque “no ejercía en absoluto una influencia adecuada sobre las jóvenes”. Esa desconfianza inicial dejó paso a la fascinación, a la amistad y a un cierto enamoramiento después. Según escribe Quentin Bell en Virginia Woolf: una biografía, publicada en 1972, “resulta claro para el lector moderno, aunque no fuera en absoluto claro para Virginia, que estaba enamorada y que su amor era correspondido”. Bell, sobrino de la autora de Al faro, afirma que Dickinson atraía a Woolf “porque era muy distinta a ella, puesto que tenía una seguridad airosa y masculina, un animado equilibrio imperturbable: era una altísima, poderosa y tranquilizadora torre. Pero debió de tener algo más que fuerza, cierta real grandeza de mente y de carácter”.

Por su parte, en Virginia Woolf’s Women (2002), Vanessa Curtis señala que Violet Dickinson “rebosaba alegría, sentido común sin rodeos, jovialidad y optimismo, cualidades todas ellas muy necesarias y admiradas por la joven Virginia”. Independientemente de los interrogantes que aún planean sobre la naturaleza exacta de su relación, para Curtis no hay duda de que “Violet fue el primer amor verdadero, tanto emocional como físico, de la vida adulta temprana de Virginia”.

Para Hermione Lee, autora de Virginia Woolf (1996), Dickinson desempeñó además un papel determinante en su escritura. “Utilizó a Violet como caja de resonancia para sus ideas en evolución sobre cómo vivir, cómo hablar y cómo escribir”, señala Lee. Y Díaz Pereda está de acuerdo: “En cuanto leyó los textos de Virginia entendió su talento. La ayudó, la animó y le presentó a personas clave en revistas como The Times Literary Supplement, The National Review o The Guardian, una publicación sin relación con el periódico actual del mismo nombre”.

Lo cierto es que Virginia quiso ser escritora desde que era pequeña. Y lo fue, hasta la mañana del viernes 28 de marzo de 1941, cuando dejó dos cartas de despedida, una dirigida a su marido, Leonard, y otra a su hermana Vanessa, antes de ahogarse con piedras en los bolsillos de su abrigo en el río Ouse, a dos kilómetros de su casa de Rodmell, en el condado de Sussex (su cuerpo fue encontrado tres semanas después).

Violet Dickinson (izquierda), con Virginia Woolf, alrededor de 1905.adoc-photos (ALBUM )

Mucho antes, de chiquilla, había sido un miembro fundamental en el Hyde Park Gate News, el periódico infantil de la familia, donde escribía chismes y novedades en el hogar de los Stephen, y también narraba fantasiosas adversidades de jovencitas atrapadas en el imperativo futuro del matrimonio.

Sola y feliz

El hogar familiar de los Stephen estaba en 22 Hyde Park Gate, a un paseo de los jardines de Kensington. Era una casa enorme, de cinco plantas, un lugar adusto, abarrotado de muebles, y muy ruidoso, donde convivían el padre y la madre, siete sirvientes, y ocho hermanos y hermanastros, fruto de anteriores matrimonios de los padres. En Momentos de vida, una recopilación póstuma editada en 1976 tras el hallazgo de varios manuscritos inéditos por parte de su marido, Leonard Woolf, y Quentin Bell, Woolf denuncia que dos de sus hermanastros, Gerald y George, abusaron de ella, el primero cuando era una niña de 6 años (y él tenía 18), y el segundo cuando Virginia era una adolescente.

En esa casa oscura, Virginia se sentía a salvo leyendo los libros de la biblioteca paterna. Y fue allí donde vivió la pérdida de su madre, Julia, en 1895, su hermanastra Stella tres años después, y su padre, Leslie, en 1904, al que solían venir a visitar artistas y escritores como George Eliot (seudónimo literario de Mary Ann Evans), el poeta Tennyson o el novelista Henry James, quien una vez tildó el hogar de los Stephen como “la casa de todas las muertes”.

Tras el fallecimiento del progenitor, los cuatro hermanos Stephen —­Virginia, Vanessa, Thoby y Adrian— optaron por abandonar la casa familiar y mudarse a vivir al barrio de Bloomsbury junto con varios amigos. Fue un movimiento tan subversivo en aquella época que ni siquiera Dickinson lo vio con buenos ojos, entre otras cosas porque entonces era considerado un barrio indigno de unas personas de su clase. Pero ese nuevo hogar, minimalista y lleno de luz, fue uno de los primeros sitios donde Virginia sintió que podía leer, escribir y vivir a su antojo.

La cuestión del lugar en el que se habita es constante material de reflexión en su obra. “La propiedad y la libertad de definir el hogar según los propios términos siempre fueron de vital importancia para Woolf. Reconoció que la plena integración de las mujeres en la sociedad dependía de la igualdad de derechos ante la ley; la propiedad de la tierra y el derecho a heredar y legar bienes eran elementos clave de esa igualdad. En otro nivel, Woolf escribió ficción que elevó la esfera doméstica, durante mucho tiempo trivializada, a un ámbito de profunda indagación filosófica y artística. Las casas se sitúan, por tanto, siempre en el centro de sus proyectos literarios”, argumenta Seshagiri.

Por eso tal vez resulta fascinante seguir el hilo casi invisible que rastreó Woolf, en su búsqueda de mujeres que tuvieron el sueño de tener un sitio propio y lo transformaron en realidad. Por ejemplo, siguió la pista de Emily Eden, tía abuela de Dickinson. En un libro titulado Miss Eden’s Letters, una compilación de su correspondencia entre 1797 y 1869, editada por Violet, hay una carta fechada el 28 de octubre de 1834 en la que Eden le confiesa a una tal señora Lister: “Ojalá pudiera escribir como la señora Hannah More [escritora del siglo XVIII-XIX, amiga de Samuel Johnson], y tuviera dinero suficiente para construirme un Barley Wood [una propiedad como], y la determinación necesaria para irme a vivir allí”.

Probablemente, uno de los gestos de Dickinson que más impresionó a la joven Virginia es que mandó construir su propia casa de campo, llamada Burnham Wood, en el condado de Hertfordshire. Fue allí donde se instaló la autora de La señora Dalloway tras sufrir una crisis nerviosa en 1904 por el fallecimiento de su padre, y allí tuvo su primer intento de suicidio. Se quedó en Burnham Wood durante ocho meses, en los que Dickinson la cuidó, dedicándole un relato titulado These Thoughts Were Written by Anthony Harte (estos pensamientos fueron escritos por Anthony Harte) donde escribe: “Igual que una mota de polvo provoca un estruendoso estornudo en la nariz, así en ocasiones un diminuto acto amable provoca el resplandor de la felicidad de un corazón solitario”.

En la vertiente ficcionada de la historia, recogida en La vida de Violet, Woolf narra que la protagonista tenía “breves razones para preferir construir su casa con sus propias manos a vivir en una construida por otras personas”. Y anticipando su idea desarrollada en Una habitación propia, publicado en 1929, Woolf hace manifestar a la protagonista Violet lo maravilloso que sería “tener un cottage propio”. Tras ello, la narradora prosigue la historia diciendo que una afirmación así “fue el inicio de la gran revolución que está haciendo de Inglaterra un lugar muy diferente del que era”. El relato continúa, y en un arrebato lírico, la autora detalla cómo Violet trabaja en la construcción de su hogar “cavando con furia en el jardín o agarrando zarzas por el pescuezo igual que algunos hábiles animales atrapan serpientes”, para exclamar después “nadie me desea pero estoy muy feliz sola”.

Para Seshagiri, una afirmación así es una declaración de independencia muy innovadora en su época. “Violet es una mujer que elige ser ‘muy feliz por su cuenta’, elige no vivir la soledad como una mera supervivencia o una lucha, y elige no desaparecer en la invisibilidad. Estas eran decisiones radicales en 1902, cuando construyó su casa; aún hoy pueden parecer radicales”.

De amiga a amiga

Woolf transformó la idea de ficción dando voz al sujeto interior, y sus ensayos revolucionaron la percepción de lo que es ser mujer. Pudo hacer todo eso sin tener que convencer a editores convencionales, gracias a su condición económica y social, al fundar Hogarth Press, una editorial propia donde sacar su obra (también publicó a Katherine Mansfield, a T. S. Eliot y a Sigmund Freud, traducido por primera vez al inglés).

Pero además, en varias de sus obras Woolf abrió el género biográfico a otros fondos y formas, como demuestran esta Violet, y también Orlando (1928), Flush (1933), El arte de la biografía (1939) y Roger Fry (1940). “Woolf consideraba que la biografía era el género que se adentraba en el corazón de la eterna pregunta del arte: ¿cómo entendemos nuestra mortalidad? ¿Qué significa vivir una vida, y cuáles son las formas artísticas más adecuadas para capturar y transmitir una vida individual? La biografía le pareció el género más fértil, original y dinámico para contar la historia de lo que significa ser humano”, explica Seshagiri.

Para la investigadora estadounidense, no hay duda de que Violet es “el antecedente directo, el laboratorio y la semilla estética de Orlando, dado que ambos textos funcionan como falsas biografías dedicadas a mujeres que Woolf amó”. Para Díaz Pereda, los puntos de unión entre las dos obras también son claros. “Uno es un texto primerizo, y el otro es la madurez de su genio. Pero en ambos hay cosas reales y otras inventadas, están inspirados en amigas —en el caso de Orlando es Vita Sackville-West— y están llenos de humor. Contrariamente a lo que se piensa, sobre todo en España, Woolf era una mujer muy divertida, muy ingeniosa. Cuando no tenía crisis, claro”.

En Una habitación propia, Woolf escribe: “Así somos las mujeres. Pensamos en el pasado a través de nuestras madres”. Muchos años antes, tal vez sin saberlo, quizás intuyó su radiante futuro literario de la mano de su formidable amiga.

Virginia Woolf
Traducción de Ana Mata Buil
Lumen, 2026
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Violet. Tres historias

Virginia Woolf
Ilustraciones de Andrea Reyes
Traducción, notas y prólogo de Patricia Díaz Pereda
Páginas de Espuma, 2026
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