Su vida podría inspirar uno de esos biopics de superación personal, pero Jahel Queralt (Alcanar, 43 años) dice que su destino es puro azar. Esta jurista, doctora y profesora de Filosofía política en la Universitat Pompeu Fabra pasó de criarse en una casa aislada sin agua ni electricidad en las Terres de l’Ebre a sentir que se colaba “en una fiesta con los zapatos equivocados” al llegar a la academia. Le pasó en 2007, en Oxford, cuando se encontró con Gerald A. Cohen, figura del marxismo analítico y uno de los mentores de sus tesis. Fue tan cercano que la joven bajó la guardia mientras comía con el resto de fellows en el comedor de All Souls, el más elitista de los colleges oxonienses. Allí pronunció la palabra prohibida que empieza por F: “You do this in Spain and you are totally fucked” (haces esto en España y estás jodido), enunció, para, acto seguido, escuchar carraspeos del resto de comensales. Todavía le preguntan en fiestas si ella es “la chica que dijo fucked en el comedor de All Souls”. Eso es lo que te pasa, según cuenta en una terraza cercana al colegio público de su hijo a pocos metros del Zoo de Barcelona, cuando “has aprendido inglés viendo The Wire”.
La jurista y doctora en Ciencias Políticas publica ‘Nadie merece nada’, un texto que pide rescatar la limitación a las desigualdades y desactivar la moral del éxito
Su vida podría inspirar uno de esos biopics de superación personal, pero Jahel Queralt (Alcanar, 43 años) dice que su destino es puro azar. Esta jurista, doctora y profesora de Filosofía política en la Universitat Pompeu Fabra pasó de criarse en una casa aislada sin agua ni electricidad en las Terres de l’Ebre a sentir que se colaba “en una fiesta con los zapatos equivocados” al llegar a la academia. Le pasó en 2007, en Oxford, cuando se encontró con Gerald A. Cohen, figura del marxismo analítico y uno de los mentores de sus tesis. Fue tan cercano que la joven bajó la guardia mientras comía con el resto de fellows en el comedor de All Souls, el más elitista de los colleges oxonienses. Allí pronunció la palabra prohibida que empieza por F: “You do this in Spain and you are totally fucked” (haces esto en España y estás jodido), enunció, para, acto seguido, escuchar carraspeos del resto de comensales. Todavía le preguntan en fiestas si ella es “la chica que dijo fucked en el comedor de All Souls”. Eso es lo que te pasa, según cuenta en una terraza cercana al colegio público de su hijo a pocos metros del Zoo de Barcelona, cuando “has aprendido inglés viendo The Wire”.
La anécdota se incluye en Nadie merece nada. Por qué la izquierda necesita la meritocracia(Anagrama, 2026), un ensayo con trazos autobiográficos en el que cuestiona la identificación entre meritocracia y capitalismo y desactiva la moral del éxito. “Todavía me pasan estas cosas, voy a congresos y estoy sentada rodeada de personas de la Ivy League, menos otro pardillo y yo con el que me reconozco, nos miramos y nos decimos: ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?”.
Pregunta. En el ensayo rememora una infancia utópica aislada, sin agua ni luz.
Respuesta. Era una vida ruinosa desde un punto de vista material, pero feliz. Nací de un embarazo adolescente no planificado. Mis padres no tuvieron una situación económica holgada. Mi padre era un poco hippy y estaba influenciado por Rudolf Steiner y sus ideas de ideas de agricultura biodinámica, lo que podía llevar a perder cultivos enteros. Mi madre, que combinaba esa labor con trabajos como la limpieza de casas, siempre quiso mantener la familia a flote. Fue ella la que en cierto momento pidió trasladamos ‘a la civilización’, a casa de mi abuela en Alcanar. Ellos no se compraron nunca una casa, pero siempre me dieron una gran sensación de libertad. Me repetían: “Tú, hija, vuela”.
P. Quería estudiar Filosofía pero acabó en Derecho.
R. Había crecido siendo muy consciente de no haber tenido dinero en casa. Quería un trabajo que lo diera. Pero, fíjate, hubo un momento en Derecho en el que no fui capaz de proyectarme en un gran despacho de abogados, sentía que no pertenecía. No me veía allí, tenía una sensación de inseguridad. Los pijos eran los que iban directos a los grandes despachos, ¿cómo iba a ir yo? Tampoco podía opositar a juez porque implicaba tener que volver al pueblo y me negaba a hacerlo. Así que, como siempre saqué buenas notas, me metí en el departamento de Filosofía del Derecho.

P. Detesta imaginarse como una mujer hecha a sí misma.
R. Existe esa tentación de superioridad moral, pero yo solo soy una persona afortunada. Por supuesto que le he puesto ganas y esfuerzo, pero nunca me presentaré diciendo: “Me lo merezco porque he trabajado”. Al revés, casi siempre veo a a gente que ha trabajado lo mismo que yo, o más incluso, y por lo que sea no le ha ido tan bien. Esa persona no encontró a la persona adecuada en el momento adecuado.
P. Defiende la idea del azar en el progreso personal.
R. Todo se reduce a las circunstancias. Todo influye, desde tu aspecto físico, a tu carisma, a que un día en un tren te encuentres con alguien que será crucial en tu vida. Creo que lo que hacemos ni siquiera es mérito nuestro.
P. Reivindica que la izquierda necesita la meritocracia, ¿por qué?
R. A veces, quien más critica la meritocracia es quien menos la necesita. Escribí este ensayo como reacción a La tiranía del mérito, de Michael J. Sandel y La trampa de la meritocracia de Daniel Markovits, con el que he coincidido varias veces y me parece brillante. Son dos personas de la academia muy influyentes, pero enmarcados dentro del liberalismo progresista de Estados Unidos, no necesariamente de izquierdas y más de centro liberal.
P. ¿Qué les recrimina?
R. La meritocracia no empieza con la ficción distópica de 1958 de Michael Young en contra de la meritocracia. La revolución meritocrática empezó mucho antes. Empieza en la Revolución Francesa, en el reformismo británico, el socialismo británico y los estados de bienestar posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Ahí se plantearon avances hacia una sociedad en la que no haya privilegios de sangre o discriminación. Básicamente, se ocuparon los puestos en función de quién tenía las capacidades y el pueblo tenía una oportunidad razonable de prepararse para lo que sea. Yo no puedo ser cantante de ópera y no pasa nada, eso no es injusto. Tú tendrás unos talentos, yo tendré otros. Lo que tenemos que asegurar es que la gente tenga oportunidades justas y razonables. Eso es la meritocracia.
Hemos asumido que meritocracia y mercado van juntos y no es así. La gran diferencia de precios entre los másters no compra conocimientos, compra atajos
Hemos asumido que meritocracia y mercado van juntos y no es así. La gran diferencia de precios entre los másters no compra conocimientos, compra atajos
P. Pero la meritocracia ahora es problemática.
R. Sí, porque no tenía la premisa que se le ha acoplado más tarde: la de que tú mereces este puesto y mereces todo lo que el mercado está dispuesto a pagarte. Eso no es meritocracia. Hemos asumido que meritocracia y mercado van juntos y no es así. La gran diferencia de precios entre los másters no compra conocimientos, compra atajos. Ahí la meritocracia no se está cumpliendo. Lo que produce es una paradoja: llegamos a un estado de las cosas muy poco meritocrático porque amplía las desigualdades.
P. De hecho, destaca que las sociedades más desiguales son las que más creen en la meritocracia.
R. Es la idea perversa en la moral del sueño americano, y es lo que es, un sueño: ahí un niño nacido en el quintil más pobre solo tiene un 8% de posibilidades de llegar al más alto, pero casi un 70% de la población cree que el trabajo duro y la determinación garantizan el éxito.
P. ¿Cómo se consigue una meritocracia para garantizar una sociedad más justa?
R. Yo no vengo a aportar soluciones, solo quiero recordar que la meritocracia bien entendida exige mitigar las desigualdades y corregirlas. Desde el punto de vista de la renta, por ejemplo, hay que hacer muchísima más redistribución de impuestos. Y en los colegios se debería flexibilizar el aprendizaje de los alumnos.
P. Y ahí entra directa en el debate de la herencia genética. Escribe: “Nacer con predisposición a la depresión, a la adicción o la obesidad es tan arbitrario como haber nacido en una familia pobre”. Cree que la izquierda ha convertido a la genética en tabú.
R. Es mi gran batalla. El problema no desaparece si se mejoran las condiciones materiales: incluso en una sociedad con una escuela pública muy fuerte seguirían existiendo diferencias importantes de capacidades, salud mental, aspecto físico o predisposición a determinadas dificultades. La naturaleza puede producir resultados profundamente injustos, y por eso deben ser nombrados y atendidos.
P. ¿Cómo evitar que el reconocimiento de las diferencias genéticas derive en estigmatización o eugenesia?
R. La respuesta no debería ser el silencio, sino el uso igualitario y cuidadoso de la información. Por supuesto que existe un riesgo de que el mercado convierta ciertos datos en desventajas, especialmente en contextos competitivos, pero no actuar e ignorarlo también puede tener consecuencias graves. Si una persona tiene una predisposición familiar a adicciones o problemas de salud mental, ignorarla por miedo al estigma puede privarla de apoyos preventivos fundamentales.
EL PAÍS
