Entre los veintiuno y los veintiséis escribió cuatro novelas, cuatro piezas de teatro, una colección de relatos y un gran número de artículos periodísticos y de poemas; antes de cumplir los treinta y dos, estaba muerto. Nadie ignora que su nombre no era Stig Dagerman, sino Stig Halvard Andersson, y que era hijo ilegítimo de un obrero y de una telefonista a los que prácticamente no conoció; en el campo, donde lo criaron sus abuelos paternos, Dagerman descubrió a los desplazados de las ciudades, a los trabajadores sin trabajo y a los disconformes que se convertirían en personajes de sus libros y en el objeto de su acción política. Su primera gran crisis nerviosa tuvo lugar en 1950, cuatro años antes de que se suicidase; de ella salió gracias a su mujer, la actriz Anita Björk, que solía trabajar con Ingmar Bergman. Pero este tipo de soluciones siempre es circunstancial y más bien anecdótico: cuatro años después, el escritor —cuyas novelas y artículos lo habían convertido en una persona rica, además de en alguien tremendamente influyente y famoso en su país de origen— se metió en el garaje y se asfixió con los gases de su automóvil.
Entre los veintiuno y los veintiséis escribió cuatro novelas, cuatro piezas de teatro, una colección de relatos y un gran número de artículos periodísticos y de poemas; antes de cumplir los treinta y dos, estaba muerto. Nadie ignora que su nombre no era Stig Dagerman, sino Stig Halvard Andersson, y que era hijo ilegítimo de un obrero y de una telefonista a los que prácticamente no conoció; en el campo, donde lo criaron sus abuelos paternos, Dagerman descubrió a los desplazados de las ciudades, a los trabajadores sin trabajo y a los disconformes que se convertirían en personajes de sus libros y en el objeto de su acción política. Su primera gran crisis nerviosa tuvo lugar en 1950, cuatro años antes de que se suicidase; de ella salió gracias a su mujer, la actriz Anita Björk, que solía trabajar con Ingmar Bergman. Pero este tipo de soluciones siempre es circunstancial y más bien anecdótico: cuatro años después, el escritor —cuyas novelas y artículos lo habían convertido en una persona rica, además de en alguien tremendamente influyente y famoso en su país de origen— se metió en el garaje y se asfixió con los gases de su automóvil. Seguir leyendo
Entre los veintiuno y los veintiséis escribió cuatro novelas, cuatro piezas de teatro, una colección de relatos y un gran número de artículos periodísticos y de poemas; antes de cumplir los treinta y dos, estaba muerto. Nadie ignora que su nombre no era Stig Dagerman, sino Stig Halvard Andersson, y que era hijo ilegítimo de un obrero y de una telefonista a los que prácticamente no conoció; en el campo, donde lo criaron sus abuelos paternos, Dagerman descubrió a los desplazados de las ciudades, a los trabajadores sin trabajo y a los disconformes que se convertirían en personajes de sus libros y en el objeto de su acción política. Su primera gran crisis nerviosa tuvo lugar en 1950, cuatro años antes de que se suicidase; de ella salió gracias a su mujer, la actriz Anita Björk, que solía trabajar con Ingmar Bergman. Pero este tipo de soluciones siempre es circunstancial y más bien anecdótico: cuatro años después, el escritor —cuyas novelas y artículos lo habían convertido en una persona rica, además de en alguien tremendamente influyente y famoso en su país de origen— se metió en el garaje y se asfixió con los gases de su automóvil.
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