Lo primero que llama la atención de la nueva propuesta de Igor Legarreta es la posición del adjetivo que no está ahí para calificar al sustantivo, sino para condenarlo. Las hormigas no son ciegas. Las hormigas son la propia ceguera. El matiz importa. Y en correspondencia, lo que hace el director en la que es su tercera película es un meticuloso, duro, agrio, ríspido, triste y muy húmedo ejercicio de cine, que lo es también de adjetivación sustantiva, sustancial y hasta esencial. Toda su propuesta gira sobre la urgencia de transformar la puesta en escena en estado de ánimo, en argumento, en la verdadera historia de un drama que es a la vez, thriller, cuento de terror, fábula moral y manifiesto político. Suena tremendo y es solo una borrasca del norte. Pero de las gordas.
Igor Legarreta compone un ríspido y angustioso drama con modales de cuento de terror de la mano de una subyugante puesta en escena
Lo primero que llama la atención de la nueva propuesta de Igor Legarreta es la posición del adjetivo que no está ahí para calificar al sustantivo, sino para condenarlo. Las hormigas no son ciegas. Las hormigas son la propia ceguera. El matiz importa. Y en correspondencia, lo que hace el director en la que es su tercera película es un meticuloso, duro, agrio, ríspido, triste y muy húmedo ejercicio de cine, que lo es también de adjetivación sustantiva, sustancial y hasta esencial. Toda su propuesta gira sobre la urgencia de transformar la puesta en escena en estado de ánimo, en argumento, en la verdadera historia de un drama que es a la vez, thriller, cuento de terror, fábula moral y manifiesto político. Suena tremendo y es solo una borrasca del norte. Pero de las gordas.
En verdad, todo tiene su origen en el origen mismo. Suele ocurrir. La novela de Ramiro Pinilla en la que se basa la cinta no es un texto cualquiera; es un texto faulkneriano con todo lo que eso conlleva, que es básicamente desasosiego y una tragedia que respira en una sucesión de monólogos electrizantes por cada una de las heridas de los personajes. Personajes, por supuesto, bíblicos. Se cuenta la historia de una familia allá en lo más frío del frío invierno, en la España (País Vasco, para más señas) franquista del hambre mesiánico. Una mala noche un barco lleno de carbón encalla en las rocas y el pueblo se lanza a capturar los despojos de un mineral que está ahí como una lejana promesa de asuntos tales como fuego, calor y vida. El protagonista (soberbio Urko Olazabal) es padre de tres hijos y una hija. Cada uno arrastra lo suyo, cada uno con una historia de resentimiento, de dolor y, por qué no, de cariño. Y en frente, la guardia civil como testimonio de una injusticia que no acaba. Todo se dirime en una noche de tormenta que también lo es de agonía; todo se decidirá al límite mismo de una miseria más grande que la propia vida.
Con estos mimbres duros e inflexibles, Legarreta compone una película, en efecto, dura e inflexible. La idea no es otra que atrapar la tensión de lo crudo, el frío de lo oscuro y la desolación de lo perdido. Y así es. Lejos del patrón del folk horror últimamente recurrente, el director se las arregla para encontrar su propia voz, una voz con modales de catacumba. Lo dicho, es película, pero, en verdad, es pura ceguera.
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Director: Igor Legarreta. Intérpretes: Urko Olazabal, Itziar Ituño, Josean Bengoetxea. Duración: 101 minutos. Nacionalidad: España.
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