Érase un hombre que hacía fotografías con un sombrero de prestidigitador. Un sujeto que, en vez de sacar de su chistera un conejo blanco, se empeña en mostrarnos agarradas por las orejas confusiones inauditas y equívocos impensables que desencajan la boca de imaginaciones cabales y abren sonrisas en las de sus entregados acólitos. Hablamos de alguien cuyas fechorías carecen de límites, que utiliza el humor blanco (y negro) a paletadas para tornar a grises inciertos lo que parecen verdades meridianas. Alguien con la lógica de tres pies al gato que ara dudas rotundas en el terreno de las realidades creídas certeras.
Enmarcado en el festival PHotoESPAÑA, La Galería Elvira González presenta los últimos trabajos del inclasificable fotógrafo madrileño
Érase un hombre que hacía fotografías con un sombrero de prestidigitador. Un sujeto que, en vez de sacar de su chistera un conejo blanco, se empeña en mostrarnos agarradas por las orejas confusiones inauditas y equívocos impensables que desencajan la boca de imaginaciones cabales y abren sonrisas en las de sus entregados acólitos. Hablamos de alguien cuyas fechorías carecen de límites, que utiliza el humor blanco (y negro) a paletadas para tornar a grises inciertos lo que parecen verdades meridianas. Alguien con la lógica de tres pies al gato que ara dudas rotundas en el terreno de las realidades creídas certeras.
Chema Madoz (Madrid, 1958), para muchos el fotógrafo más inusual del panorama internacional, expone la última hornada de sus trabajos en la Galería Elvira González hasta el próximo 10 de julio. Fiel a su estilo, da la alternativa al lado oculto de lo cotidiano. Son 34 obras realizadas entre 2024 y 2025, enmarcadas en un PHotoESPAÑA de exaltación a la figura humana y el feminismo. Espadachín del desconcierto, prescinde de ello y se enfrasca en su habitual cuerpo a cuerpo con los secretos que esconden las cosas.
El fotógrafo madrileño, Premio Nacional de Fotografía, exprime la esencia de lo que caiga en sus manos. El zumo que saca es a la fotografía lo que las greguerías de su admirado Ramón Gómez de la Serna a la literatura, las pinceladas de René Magritte a la pintura, los surrealismos de Dalí a los surrealismos.
Las imágenes de Madoz no necesitan un solo pigmento de color, tampoco ningún pie de foto, para mostrar una visión desbordada de lírica. Evidencias que materializan ideas abstractas en una puesta en escena tan sencilla que se comprende con igual facilidad con la que despierta los enigmas. «Me interesa percibir el misterio de lo cotidiano», recita como el mantra que define su trabajo de explorador de lo inédito.
Tenaz resistente al uso de cualquier tecnología digital y también a la IA, Madoz se sirve de una lente normal, iluminación sin artificios, prescinde de cualquier manipulación para materializar la elemental escenografía imaginada y lanza un disparo absolutamente ortodoxo. Esto es todo. Sus fotografías de hoy son como siempre han sido: austeras y minimalistas, pero con la contundencia de un uppercut al mentón; artesanía de laboratorio que destila imaginación, perseverancia y esfuerzo conmovedores.
Domador del lenguaje conceptual, a lo largo de los años Madoz ha elevado al olimpo de la metafísica a los objetos de a diario. Combina materiales aparentemente contradictorios y logra que entre ellos se establezca una interacción demoledora. Sus fotografías nos han abierto los ojos a nubes que lloran kanjis, a una araña que toca el piano, el alma de rompecabezas que tienen los espejos. Nos enseña sobres que no quieren ser lacrados con sangre, un ciprés campanario, el pubis que torna a copa de Rioja, helicópteros atraídos como mosquitos por la luz de una bombilla.
Sin salirse del camino que desbroza desde principios de los ochenta, la última gavilla de este artesano del asombro muestra lo incansable de su clarividencia. Anarquista de la lógica, Madoz recompone universos recurrentes mostrando sus esencias más impensables. Enreda con los objetos comunes para, con un simple ¡ale hop! obligarnos a exclamar ¡cómo no se me habrá ocurrido!, de palmarios que son sus resultados.
Esta vez el fotógrafo nos propone una partida de bolos con frágiles jarrones chinos; pulcro, en otro rincón amontona mariposas en un recogedor de basuras; una cerámica con cuernos de carnero, que es homenaje a Picasso; el duro yunque incapaz de hacer estallar frágiles pompas de jabón que impactan contra su esencia metálica mientras, al lado, otras mariposas han mutado en pinzas de la ropa.
Las fotografías de Madoz son el sumidero por el que se escapa la sustantividad de lo común. La ironía, el humor y el desenfado que maneja hacen pasar un buen rato, pero su obra no tiene nada de broma. La extraordinaria profundidad de foco del objetivo que maneja, aclara las nieblas que ocultan las cosas y desvela perspectivas inusualmente diferentes donde brilla cierta melancolía. Este hombre siembra la imaginación con campos de minas donde estallan metáforas que hacen trizas los ensueños de la gente.
De los fogonazos de Madoz brota una extrañeza inesperada que, al cabo, se torna inquietud. Frente a ellos asalta la duda de si la irrealidad de los artefactos que atrapa podría ser el retrato de la de nosotros mismos.
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