“Trabajando de librero, se puede ver en vivo cómo muchos padres y educadores buscan libros para niños describiéndolos directamente, sin tapujos, como si fueran meras herramientas para la educación del niño lector: ‘¿Me recomiendas alguno para trabajar el duelo?’, ‘¿Qué cuento chulo tienes para trabajar la discriminación de género?”, escribe Santiago Gerchunoff en su ensayo La era de los niños cosa (Lengua de Trapo y Círculo de Bellas Artes, 2026). El filósofo y profesor, antes librero, denuncia lo que denomina el “imperativo de lo edificante”, es decir, la idea de que los libros infantiles deben servir, ante todo, para educar. “Sean cuales sean sus recursos, el libro infantil debe, en último término, educar a sus lectores”, ironiza.
Cada vez más familias buscan libros infantiles para abordar el duelo, las rabietas o la autoestima, pero los especialistas alertan de que esa tendencia empobrece la experiencia literaria
“Trabajando de librero, se puede ver en vivo cómo muchos padres y educadores buscan libros para niños describiéndolos directamente, sin tapujos, como si fueran meras herramientas para la educación del niño lector: ‘¿Me recomiendas alguno para trabajar el duelo?’, ‘¿Qué cuento chulo tienes para trabajar la discriminación de género?”, escribe Santiago Gerchunoff en su ensayo La era de los niños cosa (Lengua de Trapo y Círculo de Bellas Artes, 2026). El filósofo y profesor, antes librero, denuncia lo que denomina el “imperativo de lo edificante”, es decir, la idea de que los libros infantiles deben servir, ante todo, para educar. “Sean cuales sean sus recursos, el libro infantil debe, en último término, educar a sus lectores”, ironiza.
La misma lógica opera también desde el lado de quien recomienda libros. En una columna en EL PAÍS de 2022, la periodista Leila Guerriero contaba cómo fue a una librería buscando un título para un niño y la librera, para su sorpresa y extrañamiento, le recomendó uno que abordaba el miedo a la oscuridad y otro sobre el respeto a los animales. “Eran libros con objetivo”, apuntaba.
Anna Juan, investigadora del Grupo de Investigación de Literatura Infantil y Juvenil y Educación Literaria (GRETEL) de la Universitat Autònoma de Barcelona, recuerda que los “libros para” o “con objetivo” en el ámbito infantil han existido siempre y su dominio en el mercado es cíclico. “Se ha tenido ese punto didáctico, como que tiene que enseñar algo, porque parece que con la literatura no basta. Lo que pasa es que hay momentos, como en la actualidad, en que esa balanza se desequilibra mucho hacia esa madrastra pedagógica”, reflexiona.
“Hoy es muy difícil orientarse a la hora de buscar libros infantiles porque hay exceso de producción y escasos canales que dediquen espacios para las lecturas de los pequeños, de forma que resumir un libro en sus objetivos resulta cómodo y práctico, mucho más que contar argumentos literarios”, argumenta por su parte Ana Garralón, profesora, traductora y crítica literaria especialista en literatura infantil. A eso, añade, se uniría la falta de tiempo (o de ganas) de muchos padres para sentarse con sus hijos a tener conversaciones complejas.
“Todavía hoy, para muchas personas, el libro es como un objeto mágico al que le puedes pedir que un niño deje de tener rabietas o que se quite el pañal”, sostiene Juan. Los editores saben esto y, por tanto, “apelan a ese adulto que necesita que alguien le diga cómo educar a sus hijos o que tiene mucho miedo de no saber dar a su hijo la respuesta correcta”, afirma.
Consecuencias del imperativo de lo edificante
Entre los libros infantiles más vendidos en plataformas como Amazon o en La Casa del Libro para la franja de lectores entre 2 y 6 años hay multitud —muchos de ellos best sellers— que abordan temas como la gestión de las emociones, el respeto hacia el cuerpo de cada uno, las rabietas, el afrontamiento de los miedos, la retirada del pañal, etcétera. Algunos se venden directamente, sin tapujos, como “cuentos para potenciar la positividad y la autoestima de los niños”. “Son muy aburridos, predecibles, muy pobres literariamente hablando, menosprecian la inteligencia de los pequeños, dan recetas o respuestas simples a problemas difíciles, no desarrollan personajes, las voces narrativas son confusas porque quieren aleccionar y los finales son forzados”, critica Garralón.

¿Las consecuencias de este imperativo de lo edificante? Muchas. Juan, por ejemplo, menciona el desconocimiento por parte de los niños y las niñas del pacto de ficción, ese acuerdo tácito entre el autor y el lector por el que este último acepta como real la narración de unos hechos ficticios siempre y cuando el autor mantenga la coherencia de la trama y del universo que ha creado. “Cada vez más, cuando voy a compartir lecturas con pequeños, te encuentras a niños de 6 años que te dicen: ‘¡Eso que estás contando no puede ser, no puede pasar!’. Y yo, cuando les escucho, pienso que vaya tristeza de vida, porque les estamos negando la capacidad más interesante de la literatura, que es la de subvertir el mundo y transgredir las normas”, apunta la experta.
“Cada vez más los pequeños, a partir de los 8 años, abandonan la lectura y creo que es por este exceso de libros que les dicen lo que tienen que hacer en sus vidas”, señala Garralón. Una opinión que secunda Juan: “Les estamos dando la turra todo el rato con libros que nos facilitan la vida a nosotros, los adultos, no a ellos, que dejan de interesarse por la literatura”.
Y esos lectores extraviados por el camino, a su vez, se están perdiendo aquello que ofrece el contacto temprano con la buena literatura: entre otras cosas, según Garralón, vocabulario, estructuras para narrar, puntos de vista a veces contrarios al nuestro, una experiencia estética diferente a todo lo que nos rodea. “Si la literatura infantil tiene algún objetivo, ese debe ser la creación de lectores, acercarles a formas literarias diversas, al uso del lenguaje como algo excepcional y sorprendente, a situaciones y personajes que tal vez nunca conozcan en la vida real y, sobre todo, a la exploración de la condición humana”, argumenta.
Para Juan, una buena obra literaria enseña a leer, entendido ese “enseñar a leer” en el sentido en el que obliga a relacionarse con el texto de un modo diferente, lo que implica un trabajo muy activo por parte del lector para extraer sentido: “La buena literatura te hace entender que el lenguaje no es transparente, que, según el punto de vista desde el que te cuenten algo, una cosa puede ser una o la contraria”. “Ese ensanchar la mirada”, prosigue, “en una sociedad como la actual, en la que todo el mundo parece tener todo tan claro, ya me parece muy importante”.
EL PAÍS
