Es algo que ha pasado en muchas casas españolas: llegado el mes de julio, mi hermano y yo éramos empaquetados por mi madre y enviados al pueblo natal hasta principios de septiembre. Pero mi pueblo natal es São Paulo, la ciudad más grande de Sudamérica, y julio en Brasil (o, al menos, en esa parte de Brasil) es tiempo de lluvia y frío. Así que en vez de infinitas tardes de bañarse en el río o en la playa, correr por el campo mientras la familia siestea y toda la mitología estival que en España está cristalizada en Verano azul (que nunca he visto), mis veranos —o, más bien, inviernos— eran pasar días y días en la casa de mis abuelos, fría y húmeda. Y aunque mi familia brasileña hacía todo lo posible para buscar excursiones y mantenernos entretenidos, 70 días eran muchos días, el tiempo no siempre acompañaba, y buena parte del día lo pasábamos delante de la tele.
Esperaba con ansia ir a casa de mis abuelos a ver una programación más variada y excitante que la de la TVE de entonces
Es algo que ha pasado en muchas casas españolas: llegado el mes de julio, mi hermano y yo éramos empaquetados por mi madre y enviados al pueblo natal hasta principios de septiembre. Pero mi pueblo natal es São Paulo, la ciudad más grande de Sudamérica, y julio en Brasil (o, al menos, en esa parte de Brasil) es tiempo de lluvia y frío. Así que en vez de infinitas tardes de bañarse en el río o en la playa, correr por el campo mientras la familia siestea y toda la mitología estival que en España está cristalizada en Verano azul (que nunca he visto), mis veranos —o, más bien, inviernos— eran pasar días y días en la casa de mis abuelos, fría y húmeda. Y aunque mi familia brasileña hacía todo lo posible para buscar excursiones y mantenernos entretenidos, 70 días eran muchos días, el tiempo no siempre acompañaba, y buena parte del día lo pasábamos delante de la tele.
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