Una moqueta vieja, cuatro paredes empapeladas de amarillo con motivos geométricos y un falso techo plagado de fluorescentes. Hace siete años, una fotografía de lo que parecía un antiguo almacén irrumpió en la polémica web 4chan. El espacio era anodino, familiar, pero ese minimalismo tan crudo producía una sensación de extrañeza que atrapó en seguida a los usuarios. Sobre esa fotografía se construyeron leyendas que advertían del riesgo de quedar atrapado en un laberinto formado por infinitas estancias similares a esa almacén. El fenómeno se bautizó como backrooms, en español se traduce como trastienda, e inauguró el interés por los llamados espacios liminares.
Una moqueta vieja, cuatro paredes empapeladas de amarillo con motivos geométricos y un falso techo plagado de fluorescentes. Hace siete años, una fotografía de lo que parecía un antiguo almacén irrumpió en la polémica web 4chan. El espacio era anodino, familiar, pero ese minimalismo tan crudo producía una sensación de extrañeza que atrapó en seguida a los usuarios. Sobre esa fotografía se construyeron leyendas que advertían del riesgo de quedar atrapado en un laberinto formado por infinitas estancias similares a esa almacén. El fenómeno se bautizó como backrooms, en español se traduce como trastienda, e inauguró el interés por los llamados espacios liminares. Seguir leyendo
Una moqueta vieja, cuatro paredes empapeladas de amarillo con motivos geométricos y un falso techo plagado de fluorescentes. Hace siete años, una fotografía de lo que parecía un antiguo almacén irrumpió en la polémica web 4chan. El espacio era anodino, familiar, pero ese minimalismo tan crudo producía una sensación de extrañeza que atrapó en seguida a los usuarios. Sobre esa fotografía se construyeron leyendas que advertían del riesgo de quedar atrapado en un laberinto formado por infinitas estancias similares a esa almacén. El fenómeno se bautizó como backrooms, en español se traduce como trastienda, e inauguró el interés por los llamados espacios liminares.

Lugares de paso, vacíos y con una iluminación tan brillante que se volvía desconcertante, estos espacios se convirtieron en una obsesión para la generación Z. Pero lo que entonces era un nicho de internet, replicado en videojuegos como Pools o The Complex Expedition, ahora se ha convertido en un filón para los estudios de cine. Ante el flujo de estrenos con temática similar, la crítica ya habla del subgénero del terror liminar (o liminal, porque este anglicismo se utiliza con tanta frecuencia como liminar, el término aceptado por la RAE). En sí misma, esta fascinación por los laberintos mentales y el horror detrás de lo aparentemente mundano no es novedosa para el audiovisual. Allí están el interminable pasillo de El resplandor de Stanley Kubrick o la icónica Logia Negra de Twin Peaks de David Lynch. Pero ahora las historias integran abiertamente la mitología en torno a las backrooms creada de manera colectiva en internet.

Primero fue la televisión. La exitosa serie Severance se inspiró en este universo para construir la estética de su kafkiana distopía laboral y American Horror Stories incluso ambientó uno de sus capítulos en ese laberinto de moqueta y papel de pared. Sin embargo, el gran desembarco en el cine ha llegado este año con dos estrenos muy parecidos. Por un lado, Salida 8, adaptación de un videojuego japonés que encierra a su protagonista en los pasillos del metro, acaba de conquistar al público americano, aunque en España se estrenó antes de manera discreta y ya está disponible en Movistar Plus+. Por otro, Backrooms, cinta de terror clave para entender los motivos detrás del auge del fenómeno, llega a los cines este mayo de la mano de la productora A24.

Pero, ¿cuáles son los elementos estéticos concretos que consiguen generar esa mezcla de fascinación y pavor por estos lugares? Para analizarlo, Steward Hick, profesor de arquitectura en la Universidad de Illinois, recurre a esa primera imagen que popularizó las backrooms. “El espacio es a la vez genérico y específico, está suspendido entre dos estados. Nos da la sensación de que ya hemos estado allí, y al mismo tiempo parece irreal. Esto se debe a su completa falta de rasgos distintivos. Cada superficie contiene ese tipo de elementos pensados para ocultar rápidamente los entresijos de un edificio: falsos techos, papel pintado, moqueta. Es un espacio superficial, sin espectáculo, y material, pero sin apenas textura”, explica a ICON Design Hick, que también tiene un canal de YouTube donde divulga los fundamentos arquitectónicos detrás de este tipo de tendencias.

Madelyne Xiao, periodista de la revista The New Yorker, también compartía este diagnóstico en el artículo que le dedicó al asunto cuando comenzó a generar ruido en redes. “Las imágenes más inquietantes son las que despiertan un recuerdo lejano, casi olvidado, de una escena parecida o las que contienen suficientes elementos reconocibles como para que nuestra mente, guiada por los principios de la Gestalt, termine de completar lo que falta”, escribía. Con el tiempo, se descubrió que aquella imagen primigenia retrataba una tienda de muebles de Wisconsin en plena reforma. Después de esa, se popularizaron muchísimas otras estampas inquietantes con sus propias leyendas. Sin embargo, todas ellas coincidían en dos factores: mostraban lugares antiguos abandonados y se popularizaron durante la pandemia.
La explosión del fenómeno y el pavor a quedar atrapados en estos laberintos mentales construidos por estancias idénticas llegó en 2020, momento en el que los jóvenes de medio mundo estaban encerrados en sus habitaciones y fantaseaban con cómo sería el mundo vacío fuera de sus hogares. Según Hick, este periodo fue fundamental pero solo aceleró un proceso que ya estaba en marcha: “La fascinación actual por estos lugares es una reacción general al hecho de que los espacios físicos hayan dejado de ser los escenarios de muchas de nuestras experiencias. Los espacios liminares solo tienen sentido como fenómeno que surge de un mundo físico desbordado y algo caótico”.

En sí, el término liminar se popularizó a finales del siglo XIX gracias al antropólogo Arnold van Gennep que lo utilizaba para designar a una de las tres etapas de los ritos de paso en las sociedades: separación, periodo liminar y reincorporación. Pero en el escenario posterior a la pandemia, el concepto se resignificó para referirse a la angustia de una generación a la que habían congelado su juventud y que veía con miedo y algo de nostalgia esos lugares que la digitalización iba a llevarse por delante. Desde los restaurantes sustituidos por el delivery a los centros comerciales desplazados por el comercio online. “Este tipo de espacios vivieron su auge cuando el consumo estaba muy parcelado y espacializado. Hoy cada vez se construyen menos porque ese consumo ocurre sobre todo en internet”, añade Hick.
En arquitectura, defiende, el concepto que más se acerca a esa liminaridad es el de “espacio basura” que acuñó el arquitecto y pensador neerlandés Rem Koolhaas en un artículo homónimo de principios de los dos mil. Koolhaas utilizaba este término para referirse a esos lugares que la modernización va dejando atrás: residuos de diseños y funciones que han quedado ya en desuso. En resumen, las consecuencias de una construcción desaforada guiada por el consumo y la réplica y en donde la arquitectura pierde la coherencia. “Esos espacios liminares no pertenecen a ningún lugar concreto y a la vez están en todas partes. Solo existen para proporcionar más volúmen de espacios acondicionados y exhiben las cualidades de una construcción barata. Además, pierden su sentido cuando la gente deja de habitarlos”, matiza Hick.
Pero la generación Z, experta en sentir nostalgia por épocas que no han vivido, se niega a dejarlos desaparecer. Por lo menos a su representación virtual. El caso más representativo quizás es el de Kane Parsons, youtuber de 20 años que está a punto de convertirse en director novel con la esperada Backrooms. Como todos los de su edad, vivió el fenómeno de las backrooms encerrado en su habitación, pero él se propuso expandirlo a través de pequeños cortos en los que exploraba la leyenda de esos laberintos mentales con programas de software libre de diseño 3D. Estos cortos hicieron de la tendencia un asunto global y consiguieron que la prestigiosa productora A24 se fijará en él para adaptarlos al cine.
¿Por qué siguen despertando tanto interés estos espacios tantos años después? “Conectan con una ansiedad colectiva en torno al sistema económico e industrial que lleva mucho tiempo gestándose”, respondía Parsons hace unos días en la revista The Hollywood Reporter. Para retratar esa ansiedad, explicaba, en la película han decidido construir un fastuoso laberinto con el mismo papel de pared, moqueta y falso techo de aquella primera foto, pero de casi 3.000 metros cuadrados de extensión. Todo un monumento a los espacios que se perdieron y a los que nunca existieron que, como cualquier decorado de cine, también está condenado a desaparecer una vez se rueda la película.
EL PAÍS
